La creación de áreas metropolitanas supone la previa existencia de un conjunto de polis que extienden su influencia a un mismo territorio. Y su sentido último está precisamente en gobernar de forma coordinada aquellos aspectos que la realidad hizo comunes, más allá de las delimitaciones jurídicas. En este sentido es evidente que la pomposa palabra metrópolis no se inventó para hablar de Vigo o de A Coruña, sino de Nueva York, Londres o Buenos Aires.

Con el tiempo, y a pesar de que las áreas metropolitanas nunca funcionaron bien, la dichosa palabrita descendió cuatro escalones, y empezó a aplicarse a realidades urbanas intermedias que, como Barcelona, disponen de una ciudad que las vertebra y de una masa poblacional acumulada de varios millones de habitantes. Y así empezó a rebajarse la metáfora metropolitana hacia Sevilla, Valencia, Málaga y Bilbao, hasta llegar a Vigo, cuya población equivale al barrio de Gracia barcelonés o a una calle mediana de Buenos Aires. Por eso, porque jugamos con las palabras y olvidamos los hechos, estamos sometidos a una serie de discursos -con Abel Caballero a la cabeza- que nos recuerdan que «Lugo, Santiago e Vigo son tres aldeas moi grandes», y que, antes de hablar de las metrópolis de Galicia -¿ú-las?-, deberíamos hablar de las metroaldeas, en las que podrían integrarse estas barriadas «moi grandes» que aspiran a ser ciudad. Y la fórmula para eso no es un ente abstracto, sin base democrática, ni fiscal ni competencial, que se llama metrópolis, sino la reestructuración racional del municipio.

Resulta llamativo que, después de hablar de áreas metropolitanas durante tres decenios, se haya dado la salida sin consenso y sin ley que las defina, y sin que la Xunta haya ensayado un modelo de gobierno despegado del localismo que nos atenaza. Y, si los gallegos mirásemos más para el bolsillo y menos para las nubes, deberíamos preguntarnos en qué quedaron las comarcas de Fraga, y por qué no se desmonta su caprichosa e inútil estructura, antes de probar los nuevos inventos.

Las áreas metropolitanas gallegas, en las que se traduce la fascinación que producen las urbes en la mentalidad aldeana, no deberían progresar sin antes acometer una minuciosa reestructuración del mapa municipal y un cuidadoso desmontaje de todos los inventos que se han creado -sin resultado alguno- para evitar coger el toro por los cuernos y resolver el problema en términos de ahorro, eficiencia gestora y racionalidad democrática. Sólo después, cuando la jerarquía urbana sea un hecho reconocido y el crecimiento demográfico lo aconseje, vendrán las metrópolis. Pero eso es tema para el siglo XXII, salvo que, como ahora, hablemos de puro humo.