RUTINAS DE VERANO
Fiestas mayores hay muchas, pero la de gràcia es, sin duda, la más especial.
ES POR ESO QUE LOS GRACIENSES EVITAN AUSENTARSE EN TAN SEÑALADOS DIAS. UNO DE LOS ACTOS MAS ESPERADOS ES EL CONCURSO DE DISFRACES QUE LOS VECINOS PREPARAN
Si las Fiestas Mayores son un clásico del verano catalán, las del barcelonés barrio de Gràcia son, sin duda, las más especiales.Hay que señalar que los habitantes de tan insigne barrio no reconocen su pertenencia a la capital catalana, cosa que demuestran constantemente cuando bajan a Barcelona a trabajar, a comprar alguna cosa que no pueda adquirirse en las tiendas de la zona o en esa mirada penetrante e insidiosa con la que te recuerdan que eres un forastero.En Gràcia se es un extranjero hasta la cuarta o quinta generación y salvo que algún accidente cosmopolita (como el antiguo Teatre Lliure o el cine Verdi) te atraiga para visitarla, esa pátina te acompañará permanentemente aunque te hayas mudado al barrio y le profeses la fe del converso. Esa extraña suerte la viven miles de jóvenes que se afanan por instalarse en el barrio y acaban formando parte de una escenografía superficial que adorna sus calles sin que una sola gota de sudor penetre en sus adoquines.
Gràcia, conjuntamente con el barrio de la Rivera son el Village de Barcelona, una zona bohemia siempre despierta e imposible de transitar en coche (por supuesto que aparcar es una odisea), pero a diferencia del barrio marítimo, en Gràcia se puede vivir y con ello me refiero a poder pagar un alquiler, disponer de algo más de 30 metros y si es un ático subir en ascensor. Además, el barrio de Gràcia, aunque no quieras, te compromete porque hay un par de asociaciones de vecinos en cada manzana, un centro cultural cada 100 metros y una peña de amigos puestos a artistas callejeros en cada calle. Eso que ellos llaman pedigrí, y que en el fondo es un elixir de la eterna progresía, no impide que, una vez de mayores, sus habitantes sean mayoritariamente conservadores con una tendencia innata a organizar trifulcas con los okupas y los profesionales del botellón.
Por eso en las plazas de Gràcia, que son muchas y muy bellas, se organizan periódicamente epopéyicas batallas campales que tienen como objetivo básico recordarse los unos a los otros quién manda ahí. Es una guerra que le quita lustre al barrio y que lleva de cráneo a los jerarcas municipales, pero para los jóvenes foráneos es una guerra perdida porque la incombustible fe de los nativos en su barrio siempre acabara ganando.
Como no pudiera ser de otra forma, las Fiestas de Gràcia también son especiales, una rara avis en medio de tanto festejo anodino e institucional. Cada año, a mediados de agosto, las calles de Gràcia se engalanan en un prodigioso concurso de disfraces urbanos largamente preparados por los vecinos, que lo han pagado a escote y que se esfuerzan en poner en ridículo la calle de abajo. Es una competencia histórica que algún año ha acabado en incendios y destrozos porque la fiesta, vivida intensamente por los vecinos, se ha convertido en una notable y muy concurrida atracción veraniega para turistas de todo tipo y barceloneses faltos de vacaciones en el muy apagado agosto urbano. Las múltiples plazas de la vila de Gràcia «eufemismo utilizado por los nativos y adheridos para autocalificarse» ofrecen todo tipo de actividad musical hasta el punto que sus terrazas, ya de por sí repletas en verano, se convierten en lugar de peregrinación.
Los gracienses suspenden sus vacaciones y regresan de cualquier parte del mundo para vivir su fiesta, o las empiezan una vez acabada, pero raramente se ausentan en tan señalados días, no sea que alguien les pudiera afear el gesto, y todos compiten entre ellos para estar en alguna comisión organizadora: la general, la de alguna calle, o la que se dedica a las actividades infantiles.De hecho, a los niños se les apunta a la comisión ya desde recién nacidos y mucho antes que plantearse otras opciones como sacarle el carnet del Barça; así acaban todos de mayores siendo socios de tres o cuatro entidades culturales. Siendo como es, una auténtica postal de Barcelona, la Fiesta Mayor de Gràcia está concurrida de políticos y líderes sociales, algunos de los cuales no tienen nada que ver con el barrio y maldicen sotovoce lo inoportuno de las fechas.
Con los años y la progresiva insolvencia de los ritos populares, Gràcia se ha convertido en un laboratorio de pactos sociales.Unos meses antes de iniciarse, municipio, vecinos, policía y faunas urbanas de todo tipo acuerdan el protocolo de la Fiesta: cuántos litros de cerveza podrá beber cada vecino, cuántas horas se mantendrán abiertas las terrazas y cuántas se dormirá, se acuerda no quemar ninguna calle y a ser posible mantener el orden para no ser portada del periódico a la mañana siguiente de iniciarse.No siempre sale bien, pero al final lo importante es celebrarla y hacerlo como Dios manda.
© Mundinteractivos, S.A.

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