TIEMPO RECOBRADO
Hay otra España que los medios de comunicación no reflejan, pero que está ahí desde siempre. Permanece silenciosa, ignorada, incluso menospreciada. Es la España de los miles de pueblos que sigue viendo con distancia y escepticismo lo que sucede en la capital.
Uno de esos pueblos se llama Briviesca. Tiene 6.000 habitantes. Está situado en el norte de la provincia de Burgos, donde antaño se cruzaban varias calzadas romanas. Briviesca es el centro de una próspera comarca dedicada al cultivo de trigo y cebada. Siguiendo una vieja tradición, los briviescanos están citados hoy -día de San Roque- a las dos y media de la tarde para cantar el himno del pueblo, acto que culmina las fiestas locales que se celebran esta semana.
El himno lo toca la banda municipal en el templete de la Plaza mayor, y la letra es cantada por un tenor y coreada por todo el pueblo. Doy fe de que es un acto emocionante, casi sobrecogedor, tanto para los nacidos en el pueblo como para el espectador que pretende mantener la distancia.
Ahora que se estimulan falsas identidades nacionales, el apego al pueblo, a la tierra natal, al paisaje en el que uno ha pasado su niñez, me parece uno de los sentimientos más nobles del ser humano. Nuestra patria es nuestra infancia. Nuestros símbolos son la iglesia en cuyos muros hemos jugado a la pelota o la fuente en la que saciábamos nuestra sed.
Como Briviesca es el pueblo de mi madre, y he pasado allí largas temporadas, cada piedra, cada calle evocan una infancia feliz en compañía de mis tíos y de mis primos. El contrapunto a esa sensación es la amargura de los seres queridos que han muerto, cuyo espíritu impregna la atmósfera del pueblo.
No sé por qué la vida y la muerte están mucho más próximas en los pequeños lugares que en los grandes. Tal vez la cercanía a nuestros orígenes nos haga ser más lúcidos. Las ciudades nos envuelven en una dinámica que nos lleva a perder la conciencia de lo que somos.
A medida que cumplo años, me doy cuenta de que nuestras raíces en el pasado son mucho más profundas de lo que tendemos a creer. Nuestra existencia es un minúsculo ladrillo de un gigantesco edificio que va construyendo el paso del tiempo. Pensamos que somos únicos, pero, si se adopta la suficiente perspectiva, somos como un grano de arena que tanto se parece a otro.
Klaus Mann lo expresó mucho mejor que yo en sus memorias: «Cada uno de nuestros gestos repite un ritual ancestral y, al mismo tiempo, anticipa los gestos de futuras generaciones. Hasta la experiencia más solitaria de nuestro corazón es la anticipación o el eco de pasiones pasadas o venideras».
Nuestra identidad está escrita en el pasado de los miles de pueblos que guardan la memoria de donde venimos. Viajar este verano por nuestra geografía rural es una gran ocasión para reencontrarnos con esa geometría de las pasiones y de los sentimientos que nos han legado nuestros tatarabuelos y que nos ha hecho ser lo que somos.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados