Fundamentalmente, ser madrileño es una pose. En un chotis famoso dicen, más o menos, que basta beber un trago de tintorro para sentirse como si uno hubiera nacido en la capital de toda la vida. No recuerdo bien la letra porque estas noches de fiesta a mí también se me ha ido la mano con el tintorro.

He ido recalando a todo lo largo y lo ancho de Las Vistillas, Latina arriba y abajo, entre una multitud de jóvenes y no tan jóvenes, abuelos que recuerdan viejos tiempos y señoras sonriendo al requiebro de los piropos, niños llevados a caballito, en una fiesta que no conoce horarios, y mozas vestidas para pisotear corazones al mejor estilo de una chulapa de Chamberí. Pura pose. Quiero decir, que por el pelo rubio las mozas parecían del este de Europa, los niños eran ecuatorianos y a uno de los abuelos le oí acento andaluz. Yo, que nací en Madrid, tengo muy claro que ser madrileño es no ser de ningún sitio, que esta ciudad acepta a todo el mundo con el desparpajo de un viejo chulo de barrio, cínico y sentimental, que se cala la gorra hasta los ojos. Anda, guapa. Dame un besito.

Al contrario que en otros lares donde presumen de folklore, de nación o de carnés, al madrileño le basta con un tinto de verano para sentirse en casa. Somos así de chulos: no necesitamos gaitas ni RH que certifiquen el runrún de un organillo en la sangre. Aquí el extranjero automáticamente deja de serlo y en estas fechas más todavía, porque Madrid nunca ha perdido esa extraña sensación de aluvión, de afluente, de gentes llegadas de noche con lo puesto, con una maleta de cartón en el andén de Atocha dispuestas a rehacer su vida. Por eso en Lavapiés se sigue forjando una república independiente a mitad de camino entre China y Marrueco. Los restaurantes hindúes y los locutorios pakistaníes han olvidado el conflicto de Cachemira, y hasta en el turbante gris de San Francisco el Grande, el templo más bello y más católico de la capital, hay trazas de la calle de la Morería.

Incluso La Almudena parece hermosa a la luz del resplandor eléctrico, con las casetas hirviendo de música y algodón de colores que se deshilacha en dulces cabelleras. El mismo feriante de toda la vida sortea la misma muñeca pepona de siempre con el altavoz a tope derramando cazalla en la garganta. A última hora de la noche me vuelvo hacia mi bar favorito de la zona, el Atril, en la calle de la Paloma, donde un par de amigos cubanos han levantado un santuario que lo mismo sirve para dar un concierto que un recital de poesía. Pero esta noche le han puesto una gorra de cuadros al busto de José Martí y han colgado mantones de Manila en las paredes. Más abajo, casi en la Puerta de Toledo, hay una reserva de auténticos madriles en extinción, sentados en las mesas, mirando a tres parejas de chulapos que evolucionan bailando el chotis como Dios y el arte mandan: la cabeza en alto, los zapatos firmes en el suelo girando al compás de un minutero.

Ellas llevan pañuelo en la cabeza, flor en el pelo, traje de lunares y garbo de la cabeza a los pies. Ellos son más chulos que los peces de colores. Pura pose. Son trajes para fardar, un traje que sienta bien a cualquiera. Hasta Gallardón, Sebastián o Simancas parecerían chulapos de toda la vida con ellos puestos. Me voy porque en medio del jaleo me parece haber visto a la Espe pidiendo una copa en la barra, con los nardos apoyaos en la cadera. Anda, guapo, ponme una horchata. Que mañana será otro día.

© Mundinteractivos, S.A.