En el tercer año de la pasada legislatura se produjo un aumento tan brusco e inesperado en Cultura, que no sentó del todo bien

Tenemos aún pendiente un breve análisis comparativo de los presupuestos de Cultura de este inicio de la etapa Tresserras. Me doy por emplazado. Antes, aprovechando que es verano y no me leéis, y los pocos que leéis algo que no sea puro entretenimiento para las neuronas mecidas en hamacas o estiradas en tumbonas, es como si no leyerais de lo adormilados que debéis andar por estas fechas (el Ferragosto italiano, tan activo y vivaz en contraste con ese arrastrar de pies en la arena de la Mare de Déu d´Agost). En caso contrario, si de veras vais o estáis despiertos o hacéis trampas y lo dejáis recortado para leerlo a la vuelta, debéis prometeros no hacer un mal uso de la información que os proporciono en el párrafo siguiente. A fin de evitar que alguien se base en lo que afirmo y firmo para apuntarse a las tesis del francés Fumaroli y propugnar un alto inmediato, y hasta devolución de las subvenciones de Cultura, procuraré no ser del todo claro, aunque tampoco tan oscuro que no se entienda bien a las claras lo que voy a contaros.

Como bien sabéis, el president Maragall prometió doblar el presupuesto de Cultura en una legislatura, y como deberíais saber habría estado, al paso que llevaba, bastante cerca de conseguirlo, de no haberse visto forzado a convocar elecciones anticipadas. Sin embargo sucedieron dos cosas. Una, que a mitad de legislatura se dieron cuenta de que iban por mal camino, pues la generosidad del primer año se convirtió en cicatería en el segundo. Dos, que aún dando un formidable salto en el tercero, de manera que en el cuarto se cumpliera el objetivo previsto, la proporción de Cultura en los presupuestos generales de la Generalitat iba a la baja. Razón de más, esa de la disminución en porcentaje, para que el salto fuera de veras importante. Hasta ahí, nada que objetar, salvo remarcar una y otra vez que la proporción sobre los totales pesa más que la evolución de las cifras absolutas. Lo malo del caso fue que el Departament no estaba preparado, de golpe y sin previo aviso, para asumir, deglutir y convertir en algo eficaz un incremento tan súbito y elevado. El dinero se gastó, claro, pero de modo notorio a base de aumentar subvenciones y otros gastos finalistas, de manera que hubo como si dijéramos un desencaje al alza, de entrada bienvenido por los beneficiarios de tan inesperada lluvia, pero a medio plazo perverso, pues a subir todo el mundo está dispuesto, pero a bajar nadie se conforma. Cierto que cantidades poco despreciables fueron a parar a sectores acostumbrados a un trato económico exiguo. Pero en resumidas cuentas, aquel dinero no acabó de sentar bien a la maquinaria de la Administración de Cultura.

Lo pasado, pasado está. No puede acusarse de imprevisión a los encargados de repartir el incremento, pues se encontraron con un inesperado regalo que por nada del mundo podían rechazar. Por si fuera poco, hubo cambio en la titularidad, que pasó de Caterina Mieras a Ferran Mascarell. Pero de ahí sí cabe aprender algunas lecciones. Por ejemplo, que los planes plurianuales no son un mal invento. Aunque luego haya que ajustarlos, tener una previsión de la probable - mejor dos, de la probable y de la deseable- evolución presupuestaria a principios de legislatura no es ninguna tontería. En cualquier caso, conviene que el Departament esté siempre preparado por si se produce otro salto de las proporciones del aquí comentado. Hay tanto que hacer, tantas zonas de la cultura donde no llega ni siquiera un microrriego, que una medianamente buena planificación, basada en necesidades reales, habrá de arrojar buenos resultados aunque no vuelva a tocar la lotería.

Las políticas deben traducirse en presupuestos, ya que al revés es peligroso. Primero, un cuadro pormenorizado de las necesidades. Luego, compromisos plurianuales. Al final, ajustes para cuadrar. Nunca, nunca, improvisar, porque entonces se dan argumentos a los enemigos de ayudar a la cultura con dinero público