TESTIGO IMPERTINENTE

Marbella es una parada con perspectivas. Con la 'operación Malaya' se ha quedado como la mujer de Lot

El secretario del príncipe Salman no volverá a un restaurante porque pidió huevos con caviar y le dijeron que no podían servirle huevos

Las damas van 'choparizadas' hasta las cejas

Francisco Robles ha dicho que existe un nuevo modelo de desempleado: el parado con perspectivas. Bonita ocurrencia. Robles es un maestro en eso: le dejas caer al azar el nombre de Paquirrín y él (Paco Robles, no Paquirrín) te hace una tesis doctoral sobre el genoma humano y sus caprichosas arbitrariedades. En clave Jardiel Poncela, eso sí.

Sobre el parado con perspectivas no hay mucho que decir, salvo que es la quintaesencia del eufemismo. Ayer, comentando la jugada con gente del verano, llegué precisamente a la misma conclusión, aunque lo expresé de forma menos rumbosa: Marbella es una parada con perspectivas. Con la operación Malaya, Marbella se ha quedado como la mujer de Lot: petrificada y absorta en sí misma. Ya no hay grúas ni andamios, y la construcción no devora el paisaje. Ahora todo el mundo está pendiente de «lo suyo», que en muchos casos es lo de todos.

Mientras se resuelve el lío urbanístico (algunos opinan que va para largo, pues el tema puede «judicializarse» con gran despliegue de recursos), las cábalas ocupan el tiempo. La esperanza está en el cálculo. ¿Cuándo se verá la luz del final del túnel? ¿Dentro de tres años, 10, 50? Todos cruzan apuestas. Con tal de que no sea el día del juicio final, aguantaremos, dicen los inversores. El caso es recuperar la inversión.

Pero el camino está lleno de espinas. Da la impresión de que muchos quieren sacar partido de la espera y aprovechan cualquier ocasión para llenarse los bolsillos de migajas. Pongamos un ejemplo. Durante mucho tiempo, dos puntales de la hostelería marbellí fueron Paolo Gerelli y Menchu Escobar. Paolo era propietario de uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad y Menchu regentaba una terraza musical que se convirtió en lugar de encuentro de Madrid y Andalucía. Fusión sociológica, para entendernos. Todo pasaba a orillas de la rumba. Ponían una rumbita y el hermanamiento venía solo.

A Menchu se la llevó un cáncer con el que peleó muchos años, y Paolo vendió su restaurante a un constructor llamado Emilio Rodríguez (don Emilione), cuyo propósito era montarse en el negocio del apartamento a la mayor velocidad posible. Por los pelos no le salió bien.

Emilio Rodríguez (sin Menéndez) no tuvo ni tiempo de frotarse las manos. La operación Malaya lo pilló echando cuentas y celebrando su amistad con el capo Roca. El juez Torres ya le había echado el ojo. Los apartamentos de lujo (para un constructor al uso marbellí, o malayí, el lujo es una palabra necesaria) pasaron a mejor vida y Rodríguez se vio obligado a reconvertirse en empresario hostelero. Así que el restaurante de Paolo sigue ahí, dejado de la mano de dios pero, sobre todo, de los hombres. Ahora sólo acuden a cenar los ingenuos, entre los que se incluyen algunos árabes endomingados, que salen del recinto tocándose la cartera y profiriendo extraños juramentos. El secretario del príncipe Salman dijo que no volvería más porque pidió huevos con caviar y le respondieron que podían servir caviar, pero no huevos. Todo es así. Por no hablar del aparcamiento, donde se producen situaciones inexplicables. O bochornosamente explicables, que es peor.

A propósito del lujo: en Marbella los constructores han impuesto una versión escatológica y chirriante. Para ellos, el lujo empieza en el cuarto de baño, siempre forradísimo de mármol, a imagen y semejanza del Taj Majal. Si no tienes bañera de mármol, inodoro con forma de trono y grifería chapada en falso oro, es que no entiendes nada de lujos.

El frustado imperio de don Emilione es quizás uno de los más representativos del nuevo gusto marbellí, pero no el único. Ahora las damas van choparizadas hasta las cejas, llevan taconazos a lo Victoria Beckam y han cambiado la lentejuela de ocasión por el animal print (estampación de cueros animales) a todas horas.

La cebra hace furor en las fundas de los sofás y el leopardo, en las tetas de las chicas. Marbella se la tiene jurada al lino, a las rayas marineras y, en general, a todo lo que pueda parecer importado de Mallorca. Aunque el tiempo no le de la razón, Marbella permanecerá fiel a sus esencias y los horteras serán los últimos en abandonar el barco. El único consuelo es que don Emilione no se saldrá con la suya.

(Notas en la moleskine: la duquesa de Alba es fotografiada, una y otra vez, yendo de compras o entrando en un restaurante. Hoy lleva una especie de vestido de Misoni, pero hecho como por una tricotadora amiga. El caso es no sucumbir a las tendencias y defender la suya propia. Tiene paciencia, la duquesa. Mientras su hija Eugenia se solaza en Ibiza, ella recibe doble ración de fotos en Marbella. Cayetana ocupa el epicentro de la Milla de Oro.

La prensa rosa semanal da cuenta del baño mallorquín de las infantas Elena y Cristina, de lo que se desprende que a la Familia Real no le importa ser fotografiada en traje de baño (y nosotros, sin enterarnos). La vida nos desmiente, en un segundo, lo que hemos tardado en averiguar tantos años. A ver si al final resulta que los royals están más pendientes de las razones del couché que el propio couché. No hay quien los entienda).

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