Hay una sede que nadie discute: la Santa Sede, como nadie discute la «sebe» ovetense, juego tras el que se esconde tanto el presunto «cerco» como un espeso juego de dobles intenciones; el resto de las sedes, por el contrario, están sujetas a la natural revisión de cada tiempo, incluso la sede de la ONU, que no falta quien sostenga firmemente que no debe seguir en Nueva York dado el peligro de que se prolongue sine díe la tendencia «bushsiana», belicista e intervencionista que durante los últimos años ha venido imprimiendo inquietante carácter ofensivo a la pacífica nación americana, confundiendo, incluso, a muy buenas gentes; unas, con todas las luces de un Blair; otras, adornadas con la sagacidad de un estadista universal, caso de un Aznar; y no pocas, adornadas con los limpios puños y puñetas donde se «abrochan» los mismísimos «gemelos» polacos.

Dada la tendencia de su Alcaldía durante los últimos lustros, tampoco parecería oportuno que el reino de España propusiera para sede alternativa del organismo internacional, amén de purgar el «fiasco» Rato, a la invicta, aunque «cercada», (¿por «sebe» enemiga?), capital de la comunidad asturiana; y ello, aún a pesar de que el fino humor y las buenas maneras que muestra en todos sus comentarios su nuevo primer teniente de alcalde, el robusto y rotundo señor Iglesias Caunedo, fuente mayor de las «agudezas» capitalinas, parezca prometer un sustancioso cambio de rumbo para la próxima legislatura a la que, seguramente, ya no optará el actual rector del distinguido solar que, dicen, dejará paso a este peso pesado de la política Vetusta, donde, gracias a Dios, ni un ápice se nota el que por sus aceras, y paseos, no discurran ya, por imperio de los años, ni los canellas, ni los aramburos, ni los prietos y serranos, como si el mismo Clarín estuviera a punto de rematar alguno de sus «Paliques», tal es el nivel, elegancia y galanura de sus actuales, y magníficas, «farolas» municipales.

La cuestión ahora en debate, a falta de inundaciones, incendios u otras desgracias connaturales a la estación y ocio veraniegos, no es otra que la de las sedes de los órganos mayores y menores de la Comunidad Autónoma, que tanto adornan como valen para mantener el nivel de ocupación y gasto de la «Bagdad» del Sur, la reluciente capital mártir...

La cuestión de las «sedes» y de las «sebes», viene de largo y antiguo. Hace más de un cuarto de siglo que comenzó la cosa, aunque hay quien sostiene que el caso comenzó antes que del hospicio se hiciera hotel, allá por las borrascosos noches de la Reconquista, mucho, pero mucho antes de 1980, justo cuando el abad Fromistano y su sobrino Máximo, ¡siempre la familia! en tiempos de «calamidad y prueba» fundaran el Oviedo primero, hoy tercero.

En 1980 fue cuando, de mano de otros políticos, y en tiempos también de «calamidad y crisis» financiera e industrial y reestreno de libertades, como en el viejo cine Asturias de don Ángel de Anleo, se comenzó a preparar y debatir el proyecto de Estatuto del que surgió el aún hoy, (¿feliz, desgraciadamente?), vigente.

Corría el mes de diciembre de aquel 1980 cuando el Consejo Regional de Asturias presentaba a información pública un anteproyecto de Estatuto de Autonomía elaborado -«¿La Comisión redactora ha pensado en Asturias?», se preguntaron Marcelino Arbesú, hombre bueno recientemente fallecido, y Antonio Masip al leer el texto- por una comisión de técnicos de los cuatro partidos políticos con representación parlamentaria, en cuyo artículo 4.º, al tratar de capitalidad y sedes podía leerse: «La sede de los órganos del Principado de Asturias es la ciudad de Oviedo, sin perjuicio de que por ley de la Junta General del Principado se establezca alguno de ellos en otro lugar del territorio».

El Consejo Regional abrió un período para formalizar sugerencias al anteproyecto y sólo los ya citados Marcelino Arbesú y Antonio Masip, el Partido de los Trabajadores (ORT-PTE) y Benigno Suárez Valdés hicieron aportaciones a la cuestión de las sedes.

Los señores Arbesú y Masip propusieron una redacción alternativa, «como más sencilla»: «La capital de la Comunidad Autónoma es la ciudad de Oviedo. La Presidencia y la Junta General tendrán su sede en la capital». El resto de los órganos administrativos, a tenor de la «aportación» de los dos insignes ovetenses, podrían radicarse en cualquier otro lugar que decidiera la región/provincia/comunidad.

Para el Partido de los Trabajadores de Asturias, era necesaria una nueva articulación y redactaba un nuevo artículo 6.º del Estatuto de la siguiente forma: «La sede los órganos de la Comunidad Autónoma de Asturias es la ciudad de Oviedo, sin perjuicio de que por ley de la Junta General, se establezca uno de ellos en otro lugar del territorio». Por la excepcionalidad de que sólo «un órgano» pudiera establecerse fuera de Oviedo, debían referirse los proponentes a uno de los tres órganos del Principado, enumerados en el artículo 11.º del anteproyecto: Junta General, Consejo de Gobierno y Presidente, sin comprender la limitación los órganos e instituciones «menores».

Por fin, Benigno Suárez Valdés proponía un nuevo artículo 7.º con la siguiente redacción: «Los órganos básicos de la Administración de la Comunidad son la Junta General del Principado, el Consejo de Gobierno y el Presidente del Consejo de Gobierno, que tendrán su sede plenaria en Oviedo, capital del Principado de Asturias». Redacción que dejaba abierta la posibilidad de que el resto de órganos, «no básicos» u oficinas no plenarias pudieran asentarse donde la conveniencia señalara.

Creo recordar con nitidez que en más de una docena de conversaciones el presidente del Consejo Regional, Rafael Fernández, el político prudente, había apuntado la idea de que la Junta General del Principado «pudiera» establecerse en Gijón, y más concretamente en el palacio Revillagigedo, haciendo de su Colegiata la San Felipe Nery local; lugar para el que también pensó, viendo imposible las «cortes», como residencia veraniega del Príncipe de Asturias. Tal era el interés que sentía don Rafael por conseguir que la ubicación de las instituciones sirviera para evitar los excesos de una nueva y posible «centralización» ovetense, punto que también preocupaba a otros políticos del momento, como Luis Vega Escandón, Juan Luis de la Vallina Velarde o Xuan Xosé Sánchez Vicente, como en siguiente capítulo tendremos oportunidad de comprobar.