En el último Diari de Vilanova, su director, el habitualmente ponderado Guillem Mercader, escribe "desde la indignación" que lo que está sucediendo en cercanías de Renfe "obliga a tomar medidas extraordinarias de manera inmediata", porque "tiene claros indicios delictivos y el Govern de la Generalitat y el de los ayuntamientos, en vista de que la Administración central nos ha abandonado desde hace años, tiene que actuar de manera contundente".
Denuncia Mercader, haciéndose eco del sentir general en una población de más de sesenta mil habitantes de la segunda corona metropolitana de Barcelona, que "éste es un gravísimo problema de nuestro país, y ya vale decir que no tenemos competencias". Por lo que propone "instar la intervención judicial contra Renfe por los delitos de detención ilegal, negligencia con resultado de lesiones, delito contra el medio ambiente o los que determinen los juristas".
Más todavía: propone "instar el cese inmediato de todos los directivos de Renfe en Catalunya y substituirlos por técnicos de la Generalitat: ya, no de aquí a seis meses". Y, entre otras cosas, "ordenar el control de las vías férreas por parte de los Mossos d´Esquadra, los bomberos y Protección Civil, para evitar sucesos como el del pasado viernes" 3 de agosto, en el que centenares de pasajeros de todas las edades quedaron retenidos durante horas y sin ninguna explicación en un convoy herméticamente cerrado, sin acondicionamiento de aire y a treinta grados de temperatura en el exterior.
En el mismo periódico, Francesc Gràcia, un usuario habitual de la línea C2 de Renfe, que une Vilanova con Barcelona y viceversa, denuncia que, habiendo ido a pedir explicaciones por la ausencia de información megafónica sobre la vía de salida de un determinado convoy y sobre el porqué finalmente se había anunciado que saldría por la vía tal y diez segundos después, cuando los usuarios bajaban las escaleras del paso subterráneo, el tren partió precipitadamente sin darles tiempo a tomarlo, él mismo fue a advertir a los empleados de la cabina de circulación "que no jugaran con la gente", lo que provocó que uno de ellos le insultara y amenazara, blandiendo lo que le pareció un bate de béisbol, mientras vociferaba: "¡Os jodéis, ya estoy harto de vosotros!".
¿Qué más tiene que pasar para que el tráfico de pasajeros en la red de cercanías de Barcelona vuelva a ser un servicio público eficiente en el que se trate al usuario con respeto? El problema, se nos dice, es que ha habido una dejación de inversiones. Pero esto no debe servir como excusa: el problema básico es de gestión. Y no sólo de gestión de las infraestructuras materiales, sino de gestión de los recursos humanos y de atención al cliente. La gestión, incluso en las peores condiciones, puede y debe mejorar, aunque requiera un sobreesfuerzo, si lo que prima es lo que debe primar, que es la preocupación por las necesidades de las personas.
Desde hace meses se nos dice que paciencia, que vamos a tener instalaciones envidiables, que dejemos de ser victimistas. Y ahora hasta el centralismo descubre que es mejor la gestión de proximidad. La cercanía - física, ¡pero también emocional!- suele dar mejores resultados. Donde hay monopolio y donde falla el control público, suelen darse los mayores abusos. ¿La satisfacción del cliente, su fidelización?, ¿para qué? - piensan los de la gestoría funcionarial-. Ave de paso, ¡trancazo!

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