Si la vida nos hubiera dado esa fortuna, hubiéramos celebrado sus siete décadas, comiendo en su restaurante favorito, le hubiéramos regalado unas cuantas corbatas -nadie hasta ahora las ha llevado con más elegancia que él...y por supuesto no habría faltado una botella de lavanda inglesa, la que utilizaba siempre, y que aún ahora después de su muerte, y ya han pasado siete años, no puedo oler sin romper a llorar.
Me van a perdonar si el tono del blog de esta semana es un poco amargo, pero es que este trece de agosto, mi padre cumpliría setenta años. No sé si ustedes, visitan los cementerios con frecuencia. Cuándo viajo, siempre reservo unas horas, para pasearme por los campos santos de las ciudades en las que habito accidentalmente, les puede parecer un programa poco seductor, sin embargo, si uno merodea por estas sendas, se puede encontrar con sorpresas agradabilísimas. Por ejemplo en el de Roma pueden encontrar la tumba del famoso rapsoda romántico John Keats, cuyo epitafio reza con humildad: "Aquí yace un poeta cuyo nombre fue escrito en el agua".
Teniendo en cuenta que rindo un homenaje anónimo a aquellos que reposan en los lugares que visito, entenderán que para conmemorar el aniversario de mi progenitor me dirigí al fosal de Les Corts. Qué difícil es ser persona en el mes de agosto¡¡¡¡¡. Ni mí madre ni yo recordamos que durante estos días uno no puede hacer más que desconectarse del mundanal ruido...
Cuándo se va al cementerio, lo más normal, digo yo, es que se lleve un ramito para agasajar el recuerdo del que está allí reposando, verdad?. Bien, mientras estaba conduciendo, hice un viaje astral y profeticé que no íbamos a encontrar ninguna flor que llevarnos al jarrón del nicho, y acerté.
Sí, ya sé, la culpa es nuestra por poco previsoras. Los amables vendedores que durante todo el año, haga frío o calor, están en la puerta ofreciendo ramilletes, en el mes de agosto descansan. Así pues que rápidamente buscamos una solución. La alternativa, creo yo que sólo es comparable, con las vías que nos va a ofrecer el señor Víctor Morlán, secretario de infraestructuras del Ministerio de Fomento, que parece ser que en estos momentos es la gran panacea, él va a obrar el milagro y el AVE va a llegar el 21 de diciembre y los trenes nunca más van a ser impuntuales...
Bien a lo que íbamos, mi respetada y yo nos dirigimos a la floristería del tanatorio, y allí, con perdón, empezó la fiesta.
Una señora estaba intentando entender, la razón por la cual un centro ya preparado no podía ser modificado. La mujer pedía que le insertaran tres rosas rojas en él y la vendedora le decía que no estaba autorizada para tal menester. En ese momento me di cuenta que papá se quedaría sin flores.
Cuando nos tocó el turno, le comenté a la señorita que nos atendía que queríamos comprar un ramo variado para el cementerio -gran error- me miró con cara de burócrata de ministerio de épocas pasadas y me dijo que lo sentía mucho pero que tenía que hacer un gasto mínimo de sesenta euros, porque aquellas eran las normas. Nos quedamos heladas y no reaccioné a tiempo.
Luego, cuando nos fuimos, pensé quién o qué normas debían medir el dolor por la ausencia y las costumbres de cada uno de nosotros. ¿Tan difícil es vender un ramo a un familiar que quiere mostrar su respeto? Cómo somos mujeres resolutivas, lo volveremos a intentar el día de Santa María, quizás cómo es un nombre tan popular, este recinto ofrecerá más posibilidades.
Suerte que para algunos el recuerdo no depende de los símbolos. El año que viene, les aseguro que saldremos preparadas de casa.

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