Príncipe y tórtola, de Raúl del Pozo en El Mundo
DESNUDOS
Siempre que paso por delante de la mezquita Al Riyad me acuerdo de Camilo José Cela y de las tórtolas. Hay muchas en la Milla de Oro. Camilo, al verlas, me decía que la tórtola es melancólica, madrigal con alas, símbolo de la fidelidad. «Viuda tortolilla de sentible arrullar», escribe Miguel de Cervantes. Ya conté que cuando llegábamos a la mezquita yo decía: «Alá es grande». Y muchos segundos después, casi al alcanzar La Meridiana, Camilo contestaba con el célebre monólogo: «Enorme».
Las estrellas con cabellera son dardos de Alá y revelan las suras que los terremotos estremecen la tierra para soltar el fardo del mal. A las mismas horas que en Yakarta 100.000 musulmanes pedían que el califato abarque otra vez desde Filipinas a Andorra, temblaba España y se posaba en la Milla de Oro, entre un clamor de helicópteros, el príncipe Salman bin Abdelaziz. Las tórtolas huyeron tendiendo las alas y los perros aullaron como chacales. Llegó el serrallo en alfombra voladora con taconeras rubias que se cambian de nombre como las monjas.
Su yate, Shaf London, está en la bahía. El príncipe Salman, gobernador de Riad, guardián de las dos mezquitas, número 12 de los 40 hijos de Saud, besa al Rey Juan Carlos cada agosto. Es el hermano y heredero de un clan de beduinos que da nombre a un país de 8.000 príncipes, con un 50% de analfabetos. Pero como tiene debajo de las babuchas un mar de gasofa, los demócratas le comen el mangué aunque allá, con el rigor de la ley, se lapide a las adúlteras, se prohíba el cine, se proscriba el pedo y se les corte las plumas a los que se las descubren.
Los líderes del wahabismo, placenta o madrasa Al Qaida, cómplices de Bin Laden, reclaman el califato de Córdoba y Al Andalus. Desparecieron las ideologías y se edifica el odio sobre la ruina del monoteísmo y la nación mientras las tórtolas que dormitan revolotean en la azulada luz.
Los gatos se transformaron en kefías fugitivas.
