El mirador
Abandonen toda esperanza aquellos que esperaban que del Parlament de Catalunya surgiera ayer la luz,que el pasado 23 de julio dejó a cientos de miles de ciudadanos sin frío en sus neveras, sin imagen en sus televisores, sin aire en sus climatizadores y, al fin, sumidos en el desconcierto y la rabia de quienes de pronto descubren que viven en un país de verdad y no en el paraíso que les habían prometido durante una campaña electoral. Fue el fin de la inocencia.
Aposentado entre las coloniales palmeras y los napoleónicos plátanos del parque de la Ciutadella, rodeado por su equipo de filmación, acompañado por una de sus hijas y por las impresionantes Scarlett y Penélope, vestido de camisa azul pastel, de manga corta, pantalones chinos y una intolerable gorrita verde, Woody Allen perdía ayer por la tarde la ocasión irrepetible de rodar una de las más mejores escenas de su filme barcelonés.
A pocos metros del director neoyorquino, los miembros de la diputación permanente del Parlament debatían, y se debatían, en un interminable y farragoso debate, que sin duda habría maravillado al importado cineasta. Nadie le avisó y fue una pena, porque habría asistido, en vivo y en directo, a una frenética búsqueda de culpables, en un escenario donde nadie quiso asumir responsabilidad alguna por nada ni por ninguna de las desgracias, incidencias, desastres, retrasos, apagones y demás calamidades, que en las últimas semanas han afligido las vidas de cientos de miles de personas.
Lo de ayer en el Parlament era como el Proceso Paradine o, mejor aún, Falso culpable,uno de esos peliculones de guión judicial en el que jueces y fiscales, abogados y testigos se enzarzan en una trama cada vez más enrevesada, en la que nadie se fía de nadie, porque nadie dice la verdad, o porque no la conoce o porque tiene motivos (turbios, claro) para no decirla.
Hitchcock y los Hermanos Marx, juntos y revueltos, para explicar, sin aclarar, por qué se cayó un cable eléctrico, propiedad de Endesa, en Collblanc, y al rato ardió como una tea una estación transformadora, propiedad de REE, en el paseo Maragall, con el resultado de 300.000 abonados a oscuras. Improbable fenómeno, vive Dios, que sólo debería ocurrir "una vez cada 3,6 millones de años" (sic).
Había la esperanza, quizá, sólo quizá, de que la sesión de ayer arrojara luz sobre tan oscuras cuestiones, pues en el estrado, y no como testigos, precisamente, sino como presuntos culpables, declaraban los presidentes de ambas compañías. No fui yo, sostuvo Pizarro. Yo tampoco, replicaba Atienza.
Los consellers Nadal y Castells peroraban por la mañana, a salvo de los miuras que por la tarde se anunciaban. Mejor para ellos y, seguramente, mejor para todos, porque el espeso silencio que se apoderó de la sala, durante la intervención de Manuel Pizarro, revelaba dramáticamente que entre el mundo virtual de la política y el mundo real de la empresa media un abismo.
Torero cuando quiso y toro cuando le hizo falta, el presidente de Endesa aguantó embestidas con el temple de José Tomás y propinó cornadas con el peligro de Islero.Tiempo tardarán diputados como Jordi Miralles, Oriol Pujol o José Domingo en olvidar las réplicas afiladas que el presunto responsable de los platos rotos les propinó, con la sonrisa hacia dentro de quien no ha roto un plato en su vida.

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