Hace casi cuarenta años, en los inicios de la revista Asturias semanal, Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942) acababa de regresar de Argelia, y mis únicas noticias sobre él tenían relación con un trabajo en el semanario Mundo sobre la miseria en el planeta, con su condición de descendiente de Clarín y con su fama de ciudadano muy al día sobre lo que se cocía al otro lado de los Pirineos: Barthes, Camus, Sartre, existencialismo, estructuralismo, consumismo, sesentayochismo y otros ismos variados. Había regresado, como un exiliado cultural en la dictablanda, con miles de libros en las maletas, a unos orígenes en los que renunció a ser convertido en un santón precoz que hablaba de Erich Fromm, de Lévi-Strauss o de Marcuse como si fuesen contertulios aparcados en el desaparecido Peñalba. Decían que era un comunista sin partido y que había sido compañero de tienda de un tal Felipe González en las milicias de Monte la Reina. JCA era la modernidad, la brisa nueva en un tiempo viejo, la ruptura con un mundo antiguo a través de un concepto festivo y alegre de la existencia en que se clamaba aquello de "la imaginación al Poder". Pero era, sobre todo, un tipo cordial y divertido que envolvía sus saberes y sus inquietudes en la convicción de que, para cuatro días que vamos a estar por aquí, no merece la pena tomarse las cosas, ni siquiera a uno mismo, demasiado en serio, y que debajo de los adoquines de la comunicología estaba la playa de la vida.

Este asturiano atípico es el inventor, con el seudónimo Plinio, de la crítica de televisión en los medios escritos, y a sus compañeros de redacción nos queda aún la incógnita de lo que significó su mujer, Rosa Corugedo, en tan novedoso género, ya que en las ausencias de Juan (festivales de cine, conferencias, cursos universitarios en el extranjero), sus folios seguían llegando puntualmente, con la crítica al episodio de El Séneca, serie castiza y cañí con guión de José María Pemán) emitido el día anterior. Años más tarde inventó una memorable publicación, Los Cuadernos del Norte, patrocinada por la Caja de Ahorros y que, cuando estaba en su esplendor, fue cerrada para dar paso a un cómic piojoso llamado Taponín: un lamentable paso atrás desde una época de esperanza a los tiempos del cólera.

Al inventor de las retransmisiones taurinas de Canal+ y del fútbol de calidad en la televisión se le han muerto hace poco dos amigos del alma, Chus Quirós, que era más que su hermano, y Rodrigo Uría, colega en la aventura frustrada de la Factoría Cultural, y se le han caído los palos del sombrajo que separa la serenidad del desgarro.