RUTINAS DE VERANO

Durante años la Costa Brava se esforzaba por ofrecer a los catalanes lo que tenían en sus ciudades, pero ahora que está tomada por los extranjeros, Peralada se ha convertido en una buena elección para animar la noche veraniega

De todos es sabido que el verano no da para grandes esfuerzos culturales, especialmente si requieren un cambio de equipaje radical, algunos kilómetros en coche y la expectativa de un espectáculo más bien indigesto. Una cosa es sentarse en la plaza del pueblo de veraneo con pantalón corto y chancletas para escuchar el concierto de algún cuarteto ruso, barato y de fácil repertorio, a la luz de la luna y ante la expectativa de un posterior paseo y una copita con los amigos, y otra muy distinta ponerse de cuatro botones para escuchar las complejas melodías de una ópera barroca a 50 kilómetros de distancia.

Durante muchos años, en verano, los burgueses catalanes se trasladaban a la Costa Brava de tal manera que parecía sensato inventarse algún festival para distraerlos y darles más o menos lo mismo que tenían en Barcelona. Ahora las cosas han cambiado, la Costa Brava ya es de todos, o mejor dicho de los otros, es decir, de los extranjeros. Por eso han surgido festivales por un tubo, hasta el punto que elegir el espectáculo de cada noche es tan complicado como leer la guía del ocio.

Pero al buen entendedor le sobrarán las palabras y sabrá distinguir entre todas las ofertas, entre las visitas artísticas de cortesía que se prodigan cada verano en gira y los eventos originales que sólo veremos una vez en la vida. Peralada fue el primero de estos inventos que animan la noche veraniega, un reto ante la pereza y un atrevimiento cultural al que debemos pleitesía por su valentía y riesgo, al que, además, hay que tenerle respeto porque se juegan su dinero. Hay que tener una fe inquebrantable en el ser humano para plantarle al personal una ópera moderna, una filarmónica o las incomprensibles trayectorias de una danza contemporánea. Peralada abrió un filón que después han seguido CapRoig o Portaferrada, aunque abonados a un programa más facilón repleto de estándares musicales y viejas glorias de la escena o la canción.

Uno se pregunta si Peralada tiene truco, si al final todo es una excusa para acabar la noche en el casino. Las amantes no son posibles porque todo el mundo se conoce y escuece que se comente en el entreacto la existencia de algún lío. Tampoco parece probable que el éxito provenga de un desfile competitivo de ropa de noche; a Peralada se acude con lo puesto aunque ya se sabe que ciertas personas no necesitan ni vestirse para parecer inmaculadamente elegantes, mientras que a otras no las arregla ni Armani.

Con el paso de los años he llegado a la conclusión que no hay secreto oscuro. Primero fue el discreto encanto de una burguesía que se aburre en verano y después la costumbre, lo mismo que comer cada domingo en el restaurante favorito. Poca gente se pierde en las máquinas tragaperras y por supuesto no abundan los asientos vacíos, aunque algunas veces se note que los llenamos para hacerle un favor al casino.

Pero aun siendo cada día más víctima del pret à porter estival y de la indiferencia burguesa, para el aprendiz de brujo que no esté acostumbrado a los actos del «no te miro y que me miren», Peralada mantiene, en pleno verano, las mismas virtudes que una noche de estreno en el Liceo o el atractivo mágico del palco del Barça el día que se juegan la liga; una sensación extraña de haberte equivocado de lugar y que, sin embargo, te atrapa sin dejarte marchar. A escala catalana es una obra maestra del sentido de la exclusividad a la que no se acercan, ni de lejos, los festivales más populares que abundan en la misma época. En este sentido Peralada se ha impuesto al tripartito y a los que le vaticinaban una muerte anticipada.

Quizá sea el bufé que ofrece el restaurante al aire libre del Castillo de Peralada lo que le otorga su especial idiosincrasia.Es un bufé impresionante y económicamente asequible donde uno puede resarcirse perfectamente del correctivo al que le ha sometido la perfección de algunos bronceados o la magnífica calidad de ciertos armarios roperos veraniegos. En el bufé de nuevo somos todos iguales, humanos simplemente ante el mismo langostino, mientras nos recuperamos de la contundencia de un espectáculo fuera de temporada y nos abandonamos al ritmo veraniego que momentáneamente disfrutamos.

Hay que pasarse por Peralada como mínimo una noche de verano y no dejarse llevar por menudencias clasistas fuera de contexto.En Cataluña todo el mundo se conoce y, después del incendio, quien más quien menos ya tiene un abono en el Liceo.

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