No hay más remedio que recurrir al humor ante lo inevitable. Por eso tampoco existe otra forma de permanecer atento a esta nueva e insulsa discusión sobre la capitalidad de Asturias sin tomárselo a broma.

Los políticos aborígenes tienen sus cosas, y entre ellas cuatro o cinco obsesiones que los persiguen de por vida. Una de ellas, eso que llaman descentralización que consiste en desmembrar las cosas que vienen funcionando normalmente bien para que funcionen peor y, casi siempre, duplicando, triplicando o cuadruplicando los recursos materiales y humanos con cargo al sufrido contribuyente.

Soy de los que creen que con una décima parte de los ayuntamientos que existen y una única Administración, la central, viviríamos en este país mucho más felices y con menos gasto. Soy partidario, por tanto, de centralizarlo casi todo, entre otras cosas porque resulta más barato y menos engorroso.

Todas las razones que he escuchado hasta ahora sobre las ventajas de la descentralización pública -los gobiernos autonómicos, los servicios, etcétera- tienen un peso inferior al de los quebraderos que ha traído como consecuencia este cantonalismo desquiciado. Soy jacobino, sí, en cuanto a la concentración del Estado; es más, en mi opinión España debería haberse quedado en aquello de las casas regionales. Ahora bien, comprendo que los políticos piensen de manera distinta, ya que a mayor montaje administrativo mayor pesebre y más inútiles a chupar del bote.

Como es verano y no hay, al parecer otros pitos que tocar, se ha reavivado la discusión sobre la capitalidad, entre Oviedo y Gijón, la descentralización y la desconcentración institucional en una región con cuatro gatos, que viven a unos kilómetros unos de otros. En Avilés, el presidente local del PP ha aprovechado para insistir en el dichoso campus universitario y el jefe de IU, para pedir el traslado de Sogepsa.

Más centralizados y, no digamos, centrados nos ahorraríamos melones y melonadas. ¿Verdad?