Llegan nuestros hijos de las colonias con la piel algo más tostada, el rastro indoloro de una picadura de avispa en el antebrazo y la cabeza rebosante de piojos saltarines. Se les ve un tanto aturdidos por el cansancio, adormilados, con la sien recostada en la ventana del autocar y los pies todavía polvorientos, acaso llagados por varias horas de caminata y el peso abrumador de la mochila a la espalda (se diría que, entre lo uno y lo otro, los niños vuelven habiendo cobrado un poco más de conciencia de su propio cuerpo). Los padres los mandamos de colonias convencidos de que se trata de una experiencia formativa sin parangón (recordamos aún nuestros campamentos infantiles como boy scouts de los primeros ochenta). De paso, gracias a esos pocos días de distancia, padres e hijos nos ahorramos algunos roces inevitables en una convivencia larga y soporífera, de casi un trimestre (¿alguien va a remediar algún día la cuestión de las interminables vacaciones escolares estivales?).
Esta vez, los niños estuvieron en un hermoso paraje del Bages, al que se llega por una carretera angosta y llena de curvas, por la que no se puede circular a más de cuarenta kilómetros por hora. Amén del peligro que entrañaría rebasar dicha velocidad, sin duda se trata de una inteligente medida turística, puesto que los aledaños de Castellnou de Bages - trigales rubios con redondas pacas de paja aquí y allá; bosques de pino; suaves lomas- son ciertamente hermosos y merecen el aplauso y la fotografía. Era un grupo de niños del Penedès: no tienen demasiados problemas de adaptación al medio y saben distinguir, a simple vista, un gallo de un pollo asado. Pero aun así, esa semana rural les vino como anillo al dedo. O, mejor, como brazalete en la muñeca, ya que uno de los clásicos de las colonias son los talleres de muy varia intención, en uno de los cuales se fabrica todo tipo de bisutería multicolor: pulseras, collares, trenzas para el pelo... Otros clásicos coloniales de ayer y de hoy son el juego de noche (la frontera, la bandera y demás), la noche del terror (con todo tipo de atroces atuendos y disfraces, confeccionados la mayor parte de veces con una gran imaginación debido a la radical pobreza de medios) o el día guarro (en el que se come con los dedos y el más asqueroso y lleno de pringue se lleva la palma).
Las cosas, en las colonias de verano, han cambiado bastante. Quizás se ha perdido algo de misterio. Una página web informa al dedillo de todo lo que se cuece en la casa y alrededores: del centro de interés (¡cuántos años sin oír esa expresión!), de los menús, de la noche de vivaque. Sin moverte de tu ordenador, puedes admirar a tus vástagos, capturados por la cámara al cruzar un río a nado o embadurnándose de lo lindo en un barrizal improvisado. No falta detalle, como diría mi amiga Helena. Pero lo esencial sigue siendo lo que treinta años atrás: el descubrimiento constante, la fascinación por la vida, un tenue robinsonianismo, si se me permite el neologismo. Gracias al trabajo de los jovencísimos monitores - cuyo talante, por suerte, todavía no abandonó del todo esa cierta locura aparejada a la niñez-, nuestros hijos puede que este verano hayan vivido alguna situación que se les va a quedar grabada para siempre en la memoria. Los meses de estío acostumbran a ser, para los niños, anchos como el mundo. En ese lapso de tiempo, las colonias brillan con la luz de las revelaciones auténticas: se participa en ellas cuando uno todavía no es consciente de que el tiempo se agota y el verano, año tras año, se acorta más y más por las obligaciones tediosas. Cuanto más envejecemos, menos colonizamos el tiempo y el verano. Menos nos aburrimos. Menos tiempo dedicamos a mirar las estrellas o a cortar una ramita de hinojo para que nos perfume los labios.

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