Cantos de sirenas, como los que tentaban a Ulises y sus marinos, que me embelesan, con tal poder de atracción que estoy dudando de mi capacidad de discernimiento. Por una parte están, como cataloga la patronal de la construcción, esa «pléyade de instituciones y pretendidos sabios» (ya saben, ecologistas malintencionados y demás raleas) susurrándome al oído que la costa asturiana se va al carajo si prospera el proyecto de construir, en un primer envite, alrededor de 60.000 viviendas y 20 campos de golf, y por el otro esa aseveración que nos inculca el Gobierno asturiano cada dos por tres de que la costa asturiana es la mejor conservada del litoral español. ¿Qué quiere decir esto último? ¿Que la costa asturiana tiene capacidad sobrada para marbellizarse (fonema horribile) o que, por el contrario, Administración y ayuntamientos serán capaces de cotizar al alza el valor Asturias Paraíso Natural?
En ésas andaba cuando la Confederación Asturiana de la Construcción saca a la luz el dato de que sólo el 0,4 por ciento de los diez primeros kilómetros de la costa asturiana está urbanizado. Conste que no dudo lo que estos señores me cuentan, aunque me pregunto si los proyectos constructivos se van a realizar en primera, segunda, tercera, cuarta o quinta línea de costa. Veamos: primer y segundo segmento del litoral; a 500 y 1.000 metros los solares más caros (adquiridos ya por grandes empresas constructoras madrileñas y vascas) y las viviendas más apetecibles. Tercer espacio alejado del mar entre 1.000 y 5.000 metros; parcelas en las que el número de viviendas será mucho menor a no ser que las construyan encaramadas por los montes. Cuarta y quinta línea entre 5.000 y 10.000 metros; pura utopía creer que alguien va a comprar una casa de playa en Boal, Salas, Morcín o Cabrales. Un ejemplo claro: todos ustedes saben lo que es un campo de fútbol, construyan torres o adosados en su perímetro. ¿Cuál es el resultado? Que el terreno urbanizado, en proporción y tanto por ciento, será el mismo que la CAC dice tener la costa asturiana. No existe ninguna diferencia: los dos, terreno de juego y litoral, quedarán ahogados por el hormigón porque los miles de viviendas anunciados tan sólo echarán raíces con la humedad del salitre.
Es una frase hecha pero es tan elocuente que no queda más remedio que repetirla: no hay peor ciego que aquel que no quiere ver y, aunque me tachen de «verter demagogia a raudales», les invito a dar un paseo por el concejo de Llanes, preclaro espejo de Marbella; o por Ribadesella, modelo inimitable por su horror. En las escuelas de arquitectura lo citan como estilo a no copiar jamás. Prosigan por Villaviciosa, Gijón, Luanco, Avilés... y, sin perder la rasa costera, oteando a izquierda y derecha, viajen hasta la ría del Eo, verán lo que no desean. Por favor, cuiden su salud mental y no se acerquen a Barreiros, ya en la provincia de Lugo, porque el caos urbanístico de este municipio puede ser un reflejo de lo que, en escasos años, será la costa asturiana. Aunque sería primordial que las consejeras de Administraciones Públicas y Medio Ambiente (no soy capaz de aparear esta última con Medio Rural, porque son antagónicas) lo hagan. Por supuesto, acompañadas por responsables del PP, que, como es habitual, escurren el bulto para no irritar a los que de verdad mandan en este país, que son los grandes constructores.

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