04/08/2007

Tiene algo de cardenal con guayabera, como sacado de un relato de Graham Greene y, a un mes de cumplir 94 años, Rafael Fernández (Oviedo, 1913) vive de nuevo en el exilio, interior en este caso, desde la terraza de su casa que mira al monte Naranco, Rafael pasea cada mediodía su estoicismo y su decepción ("si sé en qué iba a acabar todo esto, me hubiese quedado en México, con mi familia" me dijo alguna vez) por el Parque de Invierno, dejando que el tiempo se deslice por sus manos de piel muy blanca, al lado de Belén, su esposa y su mejor amiga. Gracias a Rafael los asturianos nos queremos más, o nos odiamos menos, puesto que él sembró, tras la muerte de Franco, una semilla de reconciliación que maduró en su corazón inquieto en las cuatro décadas de la larga noche de piedra, vividas en México, donde ejerció los oficios más humildes, donde le sangraron esas manos de pianista de lavar tantos platos, y donde su casa, al calor de Pura Tomás, era un puerto de acogida y un santuario laico para antifranquistas, Felipe González entre ellos.

Quien fuera primer presidente autonómico de Asturias, defenestrado por Fernández Villa y por Pedro de Silva (se llegó a argumentar que por entonces, 1993, estaba gravemente enfermo y necesitaba reposo), hizo de su derrota una estética, y de la trampa que le tendieron un punto de partida para reencontrarse con el hombre, a secas, descarnadamente, sin tapujos; para ahondar en el ciudadano que se huye de lisonjas y de halagos como gato escaldado. A los 23 años ya había sido consejero de Hacienda del gobierno de Asturias y León que presidía su suegro, Belarmino Tomás, y tras la victoria de Franco se marchó en la pobreza más absoluta rumbo al exilio, y eran tales las estrecheces de aquella caravana de la desesperación que uno de sus hijos se murió de frío y de hambre en Francia durante la travesía. Es de humor negro, por tanto, la leyenda que algunos fomentaron de que este ovetense, licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y diplomado en Política Económica en Bruselas, se había llevado en sus maletas una parte de aquel famoso oro de Moscú.

Prudente, culto, machadianamente bueno, irónico y gentil, de trémula papada parlamentaria y acompañado hasta hace poco de una pipa cuyo humo dibujaba una deliciosa conversación, hoy Rafael es una pieza viviente de la historia de la Asturias de los abrazos, aparcado voluntariamente en el garaje de su melancolía, al lado de Belén y de su hijo Pín, minusválido, testigos de su soledad de mármol.