07/08/2007

La periodista María Teresa Álvarez (Candás, 1945) figurará en la historia de los medios de comunicación como la primera persona que, allá por septiembre de 1974, apareció en la televisión en blanco y negro para decir "Buenas tardes, Asturias", y contar la actualidad del panorama regional, en blanco y negro, en una emisión que apenas llegaba al cuarto de hora, y en la que los pioneros de la cámara traían la actualidad en celuloide remendado, y las noticias de la vaqueirada o de los movimientos de protesta y paradoja se apretaban en una lata de sardinas. El bueno de Juan Carlos Cárdenas se dejaba engañar por aquella avalancha de jóvenes melenudos casi de la quinta de sus hijos, allá cuando palabras palabras como huelga o personajes como Díaz Merchán eran un sospechoso paquete-bomba. A MTA les debemos sus compañeros de entonces su aliento y su complicidad para hacer posible lo más difícil, y había un pacto no escrito en aquella redacción de okupas del Ateneo, en la calle Melquíades Alvarez, de que la periodista candasina era la que mejor vendía las motos a la autoridad competente: tenía credibilidad y, aún no ejerciendo de Mata-Hari ni de agente doble, sus trampas iban a misa.

Había sido telefonista en Candás, fue la primer cronista deportiva de la radio asturiana, se consolidó en su oficio en la por entonces televisión regional única, y pronto se la llevaron a Madrid, donde primero hizo una sustitución veraniega y después se asentó en la información cultural, antes de especializarse en programas históricos de divulgación donde lo mismo abordaba el primer viaje de Cristóbal Colón que la relación de Mozart con España o los 500 años de la expulsión de los judíos. Cuando publicó su primera novela, la reacción de algunos fue la esperada: otra periodista (como Rosa Montero, Angeles Caso o Maruja Torres) que se mete a literata valiéndose de su popularidad y amparada en el gremialismo macho y paternalista... Pero se demostró que no era cierto.

La actual condesa de Latores, por matrimonio con el general Sabino Fernández Campo, a quien conoció cuando acudió como representante sindical a visitar al entonces subsecretario de Información y Turismo para normalizar la caótica situación de sus compañeros mal pagados y sin Seguridad Social, se ha convertido, contra su voluntad, en una inquilina respetada en las revistas del corazón, y lo soporta estoicamente. Está destinada a ser la depositaria de los secretos del militar que, al lado del Rey don Juan Carlos, paró el golpe del 23-F, algo que le da un poder por el que pasa de puntillas.