RUTINAS DE VERANO

EN VERANO NO SE PUEDE REHUIR DE LA FIESTA MAYOR. INEVITABLEMENTE COINCIDIRA CON ALGUNA, MAL QUE LE PESE A LA MAYORIA. TOMBOLAS, CHOCOLATADAS INDIGESTAS Y ORQUESTAS DE BAILE SON SOLO ALGUNOS DE LOS ELEMENTOS TIPICOS DE ESTAS FIESTAS

Cualquiera que no huya al extranjero, se enjaule en un crucero o se quede marchito en su piso, coincidirá en verano con alguna Fiesta Mayor. Las hay en cada pueblo y si es grande en cada barrio, de tal modo que uno puede colocar en su agenda una variada cantidad de bailes, conciertos y por supuesto pirotecnia. Las Fiestas Mayores de verano son un poco artificiales, algo así como una especie de circo que discurre de pueblo en pueblo sin apenas variaciones más allá de aquellas que determina el presupuesto y su duración. El elemento central de la Fiesta es la feria, una modalidad de parque de atracciones portátil concebido para instalarse en la zona con más polvo de cada ciudad y que llegadas las lluvias anticipadas de finales de agosto la convierten en un barrizal intransitable.

Los feriantes montan en cualquier descampado atracciones inverosímiles asustan a mayores y enloquecen a los jóvenes. Se trata de enormes norias, autos de choque, simulacros de Dragon Khan que cada año desmerecen menos al original y por supuesto tómbolas, muchas tómbolas. En atracciones salvajes como la del pulpo gigante o cualquier otra donde el vértigo y la adrenalina funcionen a tope es de rigor escuchar un griterío adolescente que mezcla el sinsabor que supondría la presencia cercana de Jack el destripador con los alegres vaivenes de un orgasmo inusual. A tono con ese ruido ensordecedor, los feriantes tienen su propia banda sonora liderada por la incombustible «chochona» junto con alguna canción de fondo que recuerda las imperecederas melodías del Fary.

La tómbola es un sucedáneo del tragaperras adictivo, el primo urbano del bingo rural. El suelo que las rodea está lleno de papelinas abiertas, constantemente revueltas por algún ingenuo que busca la figura que le falta para hacer el pleno. Hay que ser muy iluso para imaginar qué tamaña casta de comerciantes le darán a uno la oportunidad de pillarles una moto o ese microondas de novedad del que no se sabe ni la marca ni la nacionalidad. Al final uno se deja varios billetes diarios sabiendo que el único premio posible es el mismo peluche que le tocó el año pasado.

Las tardes son patrimonio de los niños, chocolatadas indigestas que apenas nos ahorran la merienda, fiestas de espuma y si la masa social del pueblo es culta y exigente, alguna función de títeres. De vez en cuando hay circo, pero como existen pocos y está de moda prohibir los animales, tenerlo es un lujo que sólo se alcanza cada ciertos años. Una buena Fiesta Mayor siempre tiene orquestas de baile. Las más clásicas se abonan al repertorio de éxitos de los 70 con variadas mezclas de rápidos y agarrados y el inevitable baile del farolillo a la luz de la luna de medianoche. Las más modernas se dedican a la salsa e incluyen alguna pieza de composición propia porque mola y además genera derechos de autor. Generalmente las orquestas se alternan con conciertos de rock y en caso de tradición enraizada algún cantautor, aunque éstos últimamente estén en crisis, sustituyéndose por propuestas más entonadas como el flamenco urbano u otras variedades de mestizaje musical.

Las fiestas mayores también tienen su particular gastronomía.Restaurantes móviles que son el complemento perfecto de las atracciones, especializados en pinchos morunos, enormes rebanadas de pan de payés untadas en tomate que se presentan apiladas y salchichería variada. La utilería, como los jamones colgantes, son similares a las motos o los enormes peluches de las tómbolas: adheridos al estante en un diseño funcional para ver y no tocar. El ultimo día hay fuegos artificiales precedidos inevitablemente de una sesión de habaneras aunque la Fiesta se celebre en las lejanas comarcas del interior. Las habaneras son canciones de nostalgia y emigración y la gente se coge por la espalda para mover de derecha a izquierda las caderas lentamente, mientras se bebe un vasito de ron quemado y tararea una vez tras otra la misma tonada.

Antes las Fiestas Mayores se pagaban a escote, los comercios del barrio aportaban pequeñas cantidades a cambio de salir en el programa de mano y todo el mundo compraba abonos para el entoldado.Las calles se engalanaban y la gente sacaba las mesas para cenar al fresco y alargar la noche con la música de baile. Allí te dabas cuenta que los niños crecían y que los años no pasan en balde. Salvo escasas excepciones ahora las paga el Ayuntamiento, los conciertos son gratuitos y ya nadie se preocupa de invitar a los vecinos. Por eso mucha gente ni sale a la calle y lo que es peor, esperan a que llegue para coger el coche y marchar de puente.

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