«Vivió en una época de oscurantismo y de absolutismo, y en una corte depravada por los vicios, y desde los altos puestos que ocupó empezó con sus actos y disposiciones a implantar un sistema más liberal, y a atender al obrero y al labrador para que fueran hombres y no esclavos, (...) mereciendo por ello el destierro y grandes penalidades que duraron hasta que la nación se alzó como un solo hombre para arrojar de su suelo al invasor (...). Liberal en sus actos y en sus hechos, cuando el serlo era un crimen, hay que considerarle como uno de los primeros españoles que implantaron este sistema para después librarnos del servilismo y esclavitud en que vivíamos».
En estos términos se expresaba el semanario El Grito del Pueblo en 1888. Naturalmente, las benevolentes palabras vertidas en este periódico republicano de Gijón se referían a Gaspar Melchor de Jovellanos. Y precisamente estos días, en concreto el 6 de agosto, todo jovellanista consecuente procura honrar la memoria de este ilustrado y solemnizar, con una ofrenda floral depositada a los pies de su estatua, el desenlace de una de esas «grandes penalidades» a las que se refiere la cita; porque tal día como ese, en 1811, Jovellanos volvía a entrar en su villa natal tras varios años de prisión y doloroso destierro en Palma de Mallorca.
La reivindicación de la figura de Jovellanos y la admiración que despertaba entre muchos de sus convecinos nunca fue patrimonio exclusivo de una facción política o de una clase social; pero los republicanos gijoneses siempre alegaron sus particulares motivos para tenerlo en alta estima y considerarse el último eslabón de una cadena de luchas por la libertad de la que también habría formado parte el insigne Don Gaspar. No en vano, el republicanismo español hundía sus raíces en las propuestas del racionalismo ilustrado, y con él entroncaban algunas claves de su visión cultural, su fe en las luces de la razón y en la ciencia, su defensa del progreso, su confianza en la armonía social, su convencimiento del poder regenerador de la educación y de la necesidad de extenderla a toda la población, su creencia en la posibilidad de constituir un orden representativo de la voluntad del conjunto, etcétera.
El compromiso jovellanista del republicanismo gijonés no se limitó a verter ocasionalmente en la prensa bienintencionadas palabras que evocaran la memoria del ilustre patricio; también se aprecia en mítines y discursos, como los que se oyeron en el Círculo de Instrucción y Recreo a principios de la década de 1880. Este centro cultural, presidido durante sus cinco años de vida por el médico republicano Octavio Bellmunt, organizó un par de veladas jovellanistas en las que peroraron algunos de sus más reputados correligionarios: Manuel de la Cerra lamentó que todavía no se hubiera colocado una lápida en su casa natal conmemorando el acontecimiento; Genaro Junquera y Plá alegó que Gijón le debía «cuanto es, cuanto vale y cuanto pueda valer», porque gracias a él la villa se había dotado «de puerto, de consulado, de instituto, de plantíos, de aguas potables, de fuentes públicas, de monumentos y toda clase de obras de utilidad»; en fin, el propio Bellmunt, recordó al ilustrado como «una de las primeras figuras de aquel foco activo del pensamiento moderno que se reunía bajo las bóvedas del templo de San Felipe Neri, en la invicta Cádiz».
Asimismo, conviene recordar que la estatua de bronce que desde 1891 preside la Plaza del 6 de agosto, sin menoscabo de las gestiones realizadas por el diputado Andrés de Capua hacia 1865 para su ejecución, estaba en la agenda de los concejales no monárquicos del Ayuntamiento de la I República. Estos, aquel año de 1873, proyectaron erigirla no en bronce, sino en mármol, y precisamente para «perpetuar la memoria de la proclamación de la república», tal y como se recoge en el correspondiente Libro de Actas del Consistorio. Por añadidura, pretendían ubicarla en un lugar más emblemático de la villa: en la Plaza Mayor, que aspiraban a llamar «de la República»; es decir, al lado del lugar de reunión de los que a escala municipal eran representantes y depositarios de la soberanía popular: por aquel entonces, un médico Eladio Carreño, un librero Eduardo Guilmain, un ingeniero Justo del Castillo, un marino Francisco Pérez Carreño, un abogado Manuel de la Cerra
Luego, el ecuestre asalto al Congreso de los Diputados protagonizado por el general Pavía -disparos al aire incluidos- terminó con aquella efímera República, y en la década de 1880 se recuperó la idea de la estatua y se inició la suscripción popular que financiaría la que hoy se alza frente al Mercado del Sur. Naturalmente, contribuyeron a aquella cuestación gijoneses y gijonesas de diverso pelaje social, político y religioso. Pero la significación del óbolo que aportó un sinfín de republicanos de la villa difería de la de otros y, en el fondo, colisionaba con la del donativo de los que encabezaban aquella colecta: Alfonso XII y consorte, encumbrados a la jefatura del Estado porque lo decidió y proclamó, por sí y para sí, el general Martínez Campos, blandiendo sus desafiantes bayonetas en los campos de Sagunto días antes de que el republicanismo español fuera arrojado, por enésima vez, a las tinieblas del exilio, la cárcel y la clandestinidad (arrojado, en suma, a las mismas «grandes penalidades» que Jovellanos y sus compañeros de filas; y por las mismas razones).
Los republicanos gijoneses contemplaron a los ilustrados y a la primera hornada de liberales españoles como predecesores de su misma causa. En consecuencia, los esfuerzos de aquellos hijos de la patria encarnaban, a su juicio, los prolegómenos de su propia lucha, y siempre los tuvieron a todos ellos como referentes humanos ineludibles. Por eso en la cuidada escenografía que acompañaba los banquetes con los que conmemoraban la proclamación de la República de 1873, cada 11 de febrero, no sólo había efigies de un Pi y Margall, un Orense o un Zorrilla; también era legítimo y consecuente exhibir el retrato de un Argüelles, un Riego o un Jovellanos.
Sirva de broche a este esbozo de la faceta jovellanista del republicanismo gijonés la elocuente confesión que, allá por el año 1882 y en vísperas de elecciones, le hizo el renombrado jovellanista Julio Somoza a su amigo Braulio Vigón (éste, por cierto, otrora miembro de la Juventud Republicana de la villa y redactor, bajo la dirección de Eladio Carreño, del periódico La República Española): «como el partido republicano opte por la lucha, y no por el retraimiento, se me figura que va a salir lo inesperado. Mi voto será para el candidato republicano si lo hay».

Interesante también el pedagógico texto central de Pedro López Arriba en los 'Cuadernos Republicanos' (primavera/verano -2007) del C.I.E.R.E: "EL REPUBLICANISMO EN EL SIGLO XXI". Recomendable, de verdad. Mientras nos lo pasan -del papel- a la Red, esperemos que pronto, podrían 'abrirse bocas' con algún otro artículo previo de no menor actualidad presente que antes ya publicara este autor (ex-director de la revista 'Política' que fundó Manuel Azaña; además de candidato al Ayuntamiento y secretario general en Madrid por Izquierda Republicana durante su etapa dentro de IU, antes de haber constituido el actual Club Republicano por la Tercera Española)=
www.ciere.org/CUADERNOS/Art%2049/origen.htm