TRIBUNA

Cada vez son más visibles los amplios cambios de escenario y reglas del juego que comporta la globalización. Son complejas las formas en que las nuevas realidades globales redistribuyen el poder económico y político, como lo son sus efectos distributivos entre países y en el interior de los países: el Banco Mundial habla de una emergente "clase media mundial", pero otros analistas especialmente en países avanzados se refieren al "empobrecimiento de las clases medias". La efusión con que se saludaban los bajos precios de artículos procedentes de economías emergentes como forma de mantener controlada la inflación mundial dan paso a la preocupación acerca de cómo el consumo intensivo de energía y materias primas puede estar provocando un impulso inflacionista que obligará a los bancos centrales a emplearse más a fondo.

El optimismo con que algunos saludaron a los biocombustibles se tiñe de preocupación (que algunos atizan mediáticamente) acerca de los efectos inducidos sobre los precios de los alimentos y sus consecuencias sociales. Todo ello contrasta en buena medida con el habitual maniqueísmo empobrecedor de los más fervientes partidarios - o cheerleaders como les denomina Dani Rodrik en un reciente artículo- y de los más acérrimos detractores.

Un aspecto muy importante en estas complejas dinámicas son las relaciones entre apertura (comercial y financiera), liberalización y efectos de la globalización. Frente a la ortodoxia cheerleader que vincula globalización y progreso con políticas de apertura y liberalización, bastantes evidencias apuntan a que a menudo los beneficiarios de las nuevas realidades globales no son los países o sectores que más se han abierto o liberalizado, o no lo han hecho de forma indiscriminada, entre ellos China, India o antes Corea del Sur. A nivel empresarial o sectorial, el vínculo entre liberalización y progreso se asocia a la mayor competencia y sus efectos beneficiosos, lo que contrasta de forma creciente con la constatación de cómo bajo la cobertura de la "liberalización" se producen procesos de concentración que limitan o laminan la competencia efectiva.

En los últimos tiempos - y en los próximos- se polemiza acerca del papel de "actores" que no están sujetos a las reglas del "mercado por el control", desde los sovereign funds,que canalizan los enormes recursos de algunos gobiernos emergentes, hasta las presencias (¿ingerencias?) de organismos públicos también de países avanzados en procesos de opas recientes. Las teorías de Galbraith acerca de los "poderes compensadores" reaparecen en la dialéctica entre multinacionales y organismos controladas por los gobiernos… como, a una escala más próxima, en los debates en que las cajas de ahorros responden a la crítica de estar cerradas al "mercado por el control" apelando a su papel de contrapeso en un sistema bancario cada vez más oligopolizado.

Estas complejas nuevas realidades mueven a reflexión. ¿Sigue siendo el principal déficit de la economía global el de procesos de apertura y liberalización, o más bien de calidad en las políticas y en el funcionamiento de las instituciones, con respeto democrático a los valores de las sociedades? Ciertamente en un pasado no muy lejano en España y otros muchos lugares los excesos del proteccionismo y del sector público generaron ineficiencias que fueron caldo de cultivo - económico e ideológico- para reacciones en sentido opuesto. Pero sería igualmente inadecuado aceptar resignadamente el retroceso de políticas públicas de calidad y efectividad… que no sean mera cobertura o seguidismo de los lobbies poderosos emergidos en las nuevas circunstancias.

JUAN TUGORES QUES, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.