Un poco más de quietud, por favor. La quietud es una forma de movimiento. Eso nos dice Aristóteles. No es ni pasividad ni inmovilidad. Responde, no a la ausencia de fuerzas, sino a que éstas actúan contraponiéndose y compensándose hasta ofrecer ese equilibrio sostenido que es más que aparente calma. En ella no se arrinconan ni adormilan las fuerzas, antes bien, activas, se entregan en todo su poder. Unas se encuentran con la eficacia de las restantes, con el adecuado trabajo de las demás. Se contrapesan y el efecto es de sosiego y de tranquilidad. No es cuestión, por tanto, de proponerse tareas, ni de dejar de hacerlas. Es un tiempo de reposo, no de letargo, de cuidado quehacer, no de imperiosa celeridad, de placentera diligencia, no de compulsiva velocidad, de gozoso dinamismo, no de incontenida laboriosidad.
Ahora bien, no es que no pase nada, ni que se produzca una parálisis, es que lo que acaece no se deja anunciar, ni alcanza notoriedad alguna. Lo que ocurre, nos ocurre, sucede también en nosotros, con nosotros. En la quietud, la noticia no es ni siquiera la manida ausencia de noticias. No hay crónica, ni mucho que contar. Nos deja disfrutar. Ella es lo que permite flotar, no el bamboleo de lo que flota.
Semejante quietud pone en evidencia la ansiedad. Cuando ésta nos domina, nos empeñamos en producir inmediatos efectos, en que se modifique con celeridad la situación, tal vez para no afrontar acción alguna, sólo la actividad, delirante e infecunda, la de un ir y venir, vaivén que es reposo y no modificación. El ansioso no se entrega a la situación, es desconsiderado para con ella, y su descuido, aunque aparenta intensidad, es una coartada para eludir la ocupación. Desea cambiar para continuar en el juego de empezar una y otra vez. Su inquietud es una impaciente y quizá frívola desatención. La precipitación, la acelerada sensación de que se ha de proceder inminentemente, no siempre se corresponde con urgencia alguna, es la prisa que, supuestamente, agiliza pero que no pocas veces impide una intervención efectiva. Inquietos, mucho, pero ocupados, poco.
En ocasiones confundimos la quietud con la inoperancia o con un simple no hacer nada, como suele decirse, que es tanto como resignarse a que unas fuerzas se impongan sobre otras. Esta indiferencia olvida que la quietud exige dedicación y conocimiento. Yno siempre hemos de buscar desequilibrar la situación. Sí, en ocasiones. Pero a veces la maravillosa consideración para con el estado de cosas en un lugar o en un momento requiere saber vivir serenamente la quietud. No nos referimos a detenernos, sino a sostenernos, soportarnos, a hacernos cargo de lo que ocurre. Y, sin duda, ello procura una auténtica transformación, una modificación, una alteración.
Reivindicar la quietud en un mundo frenético empeñado, no ya en las necesarias tareas, sino en hacer de nuestras vidas una convulsión permanente, no en que seamos fructíferos, sino útiles, es reconocer que no es sólo el tan necesario equilibrio de la templanza o de la mesura, es el equilibrio del equilibrista, del trapecista, del malabarista, y no del prestidigitador. Es más la labor del encantador que la del domador. Esa quietud se abre como una atmósfera fecunda, convierte el tiempo en espacio, y en ese ámbito podemos hacer tres tiendas, o leer un libro o dar un abrazo, o conversar, o reponer las fuerzas y las razones. O callar. O, mejor, escuchar. En la quietud habitan sonidos y voces silenciados por el ruido del ajetreo de lo que no cesamos de tratar que resulte, tras mucha dedicación, inalterable, inmovilizado, fijado, clausurado. La inquietud no es melodiosa y puede acabar desacompasadamente. Da la nota. No pocas veces, la misma.
La quietud puede ofrecérsenos al declinar la jornada, o al amanecer, con una armonía más contundente que la del poderoso mediodía. No es la media aritmética, ni la mitad, es el justo medio. Y ahí, la casa es casa, el pan, pan y el vino, vino. Es posible el ocio y la recreación, que hace que todo vuelva a ser. Y así, la quietud es motivo, emoción, otro modo del movimiento. Tal vez, entonces, quepa encontrarse con algo diferente, que no se reduzca a una accidental coincidencia. O con alguien.
No está mal que nos detengamos, que el descanso consista en la acción de dejar por una vez que suceda, nos suceda, algo, como ocurre, y sólo ocurre, en la quietud. Ensayar otras posibilidades de vida u otras modalidades de nuestra existencia exige situarse en un espacio que no esté todo poblado de deberes, encargos, ocupaciones, tareas, horarios y agendas, que tantas veces impiden, pero a veces ayudan a desviarnos de la más preciada de la labores, el cuidado de nosotros mismos y de los demás. Después de todo, salir a flote es interesante pero habitar la superficie no siempre es lo más superficial. Cabe navegar. Ya no es la calma. Es la quietud.
ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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