Rodríguez Zapatero irrumpió en el funeral catalán como el hombre de los globos de colores. Se cantaban los responsos por la luctuosa pérdida de toda esperanza en un trato justo y equitativo de la Administración central, y él palmeó como si fueran seguidillas, no por desconocimiento del cabreo general, sino porque está muy acostumbrado a vivir de su propio cuento. Si pretendía convertir el funeral en una feria y a los ciudadanos en niños bobalicones, esperemos que haya fracasado. Nadie se ha puesto a saltar a la comba. Los ánimos son tan poco recuperables que sus compañeros y súbditos del PSOE catalán se han limitado a decir que están satisfechos. Por otra parte, a nadie se le escapa que la casi fantasmagórica aparición ha tenido mucho de preelectoral. Se trata, en efecto, de aplacar con promesas que se lleva el viento o de contenido poco o nada creíble.

Supongamos por un momento que los catalanes tuvieran, en vez de sobradas muestras de flagrante incumplimiento, atisbos de confianza en el primer ministro. En tal caso, bastaría un par de consideraciones para que se desmoronaran. La primera, que su mandato se acaba, de manera que no está en situación de comprometer un futuro que desconoce si va a pilotar. Aunque no fuera defenestrado por las urnas - segunda consideración- y volviera a presidir el Gobierno, no puede saber en qué condiciones, con qué pactos y apoyos.

Si tenemos en cuenta que siempre hay borrón y cuenta nueva tras cada convocatoria electoral, ya pueden imaginarse la duración y el grado del cumplimiento de las promesas. Por ejemplo, ¿cuántas veces se va a reunir la famosa y todavía nonata unidad de la Moncloa para el seguimiento de las inversiones en Catalunya? Entre las vacaciones de verano, que hay que nombrar a los miembros - eso suponiendo que llegue a salir en el BOE, porque de lo contrario su valor sería tanto como el de cualquier reunión de fontaneros, y hay varias al día en Presidencia del Gobierno-, coordinar agendas, y que enseguida vienen las elecciones, con una reunión bastará. Si pintan bastos en los sondeos para Catalunya, dos. Para entonces, más o menos en torno a la castanyada,se habrá consultado con los ministerios y las agencias implicados, con el objetivo de preparar un comunicado de prensa que no trasluzca una evidente pérdida de aire de los globitos de colores.

Por lo que respeta a la lluvia de millones, es pueril abstenerse de dar explicaciones sobre el enésimo retraso del AVE a cambio de un supuesto adelanto de las obras de la terminal satélite del aeropuerto. Si tienen teléfono u ordenador con agenda, apunten por favor la fecha del 2012, que es la prometida. Como mucho, observarán que entra en funcionamiento el 2015, que era lo previsto, en vez del 2020, que sería lo normal. No el 2012. Ni hablar. Ni locos. Como lo más probable es que para entonces ya no esté en el poder, pues a pedir cuentas al maestro cocinero de los presupuestos. Desde luego, no a Rodríguez Zapatero.

En lo serio, lo que está en sus manos y Catalunya entera reclama como prioridad es la gestión del aeropuerto, y de eso ni media palabra. ¿Por qué? Porque si tuviera intención de cumplir, tendría tiempo sobrado. Porque ya tuvo ocasión de hacer algo en este sentido con ocasión del Estatut y se negó en redondo, a pesar de que le iba mucho en ello, tanto como tener la fiesta catalana en paz o el inicio de un grave y creciente desapego. Prefirió lo segundo, señal de que eso sí es de veras importante, y de que no hay contemplaciones o términos medios. En cuanto al despliegue del Estatut, se conformó con un ritmo razonable, o sea, con dejarlo medio paralizado, como está. Los globos de colores con cifras pintarrajeadas pueden parecer bonitos, pero son inconsistentes. Por eso se los lleva el aire.