DIARIO

No quiero abrir los ojos, pero soy incapaz de seguir durmiendo. El murmullo del mar me agita por dentro. Siento una presión en el pecho. Al levantarme, mi muslo topa contra el canto de la cama y maldigo en silencio. Siempre igual, estrenando el día con un morado. De adolescente, cuando me alisté en el club del dr. Hassle -un suizo que publicitaba un método inefable para adiestrar la memoria y de cuya correspondencia lo que más deseaba eran los diminutos sellos que llegaban de Zurich-, me enteré de que una de las ventajas de las que gozamos las mujeres, por tener el hemisferio izquierdo del cerebro más desarrollado, es la de ver a oscuras. Debió de ser por eso, además de ese mantra que rezaba cada día mi madre - "niños, no os dejéis la luz del pasillo encendida"- por lo que, cuando me despierto de madrugada, nunca abro el interruptor. Me desplazo a tientas, calculando los centímetros que me separan de la puerta o palpando la pared como si una fuerza extraña me impidiera abrir los ojos. De día nunca abro el interruptor cuando voy al baño. Así me concentro más, e impongo a la estética del retrete un aire de penumbra.

A tientas encuentro las zapatillas, la derecha en el pie izquierdo, la izquierda en el derecho. Abro el armario evitando el menor crujido, palpo la ropa y cazo un jersey de algodón. Busco a ciegas la etiqueta mientras pienso qué gran papel tienen las etiquetas en mi vida, reverso y anverso, anverso y reverso, siempre rozando el equívoco. La percha me araña la mejilla, y quiero decir ay, pero las sábanas hacen frou-frou. Mr. Wrong se mueve y ocupa la cama al bies. Primero pienso que el bies es un corte estupendo que inventó Madame Vionnet, eclipsada por la carismática Coco Chanel. Después pienso que no sé qué hago aquí.

Creía que no había venido a buscarme al aeropuerto. Una descortesía propia de una mente torturada. Pero allí estaba, escondido detrás de una columna, con un ramo de frangipanis. Ahora descansa su cabeza sobre mi almohada. La intimidad que compartimos es tan próxima como la seda quirúrgica que sutura una herida. Mr. Wrong es un hombre que no me conviene. Errante, como aquellos primeros novios que leían a Rilke y a Keats mientras me seducían, y una vez seducida nunca más citaban a Rilke o a Keats.

Uno de ellos se sinceró una noche y me confesó que el único libro de poesía que había leído en su vida era Veinte poemas de amor y una canción desesperada.Mr. Wrong es especialista en Nabokov, pero agotó su curiosidad por el autor de Lolita.Un accidente de tráfico acabó con la vida de su familia y con buena parte de la suya. Durante dos años se dedicó a respirar, y poco más. Olvidó su cátedra en Harvard, el río helado y el restaurante donde los Kennedy pedían langosta. También olvidó comer, leer, recordar. La primera vez que lo vi pensé que era un pordiosero, y hoy duerme a mi lado mientras me visto a oscuras porque no quiero interrumpir su sueño.

Nuestro bungalow está a veinte metros del mar. Cuando sus olas rugen contra la orilla logro aislar sus consonantes y vocales; primero la r, luego la f, la s, lo o y la u. "¿Por qué no abres las cortinas?". Su voz me sobresalta mientras intento abrocharme el sujetador. No estoy acostumbrada a que alguien me invite a abrir las cortinas cuando amanece. Parece feliz de haber abierto los ojos. Agosto en las aguas turquesa de San Bartolomé. Una historia que se inicia mientras 26.000 no llegarán a fin de mes.