Ahora se quiere apelar a la sensibilidad del presidente del Gobierno para resolver los problemas de Catalunya. Mala noticia.
Cuando se invoca la sensibilidad del que debe resolver, se está reconociendo una escasa confianza en los argumentos que apoyan una reclamación. Suele decirse: "... en todo caso, apelamos a la sensibilidad de jueces o autoridades para que, más allá del derecho de los afectados, sepan atender las necesidades de éstos". Con la sensibilidad se apela a la generosidad, a la piedad.
Y no se trata de esto. No estamos ante una situación que necesite de generosidad; basta con justicia. Los argumentos son potentes y convincentes; pueden estar bien fundamentados. Se está reclamando lo que corresponde y nada más que lo que corresponde. Aquí la sensibilidad sobra o, en todo caso, no es ni puede ser la razón de ser de lo que se reclama. Existen déficits demostrados -calamitosamente demostrados- que deben ser atendidos con urgencia. La sensibilidad, si se da, que sea bienvenida; pero no se apela a ella, sino al Derecho.
Si no se está convencido de ello, mal puede afrontarse este periodo histórico. Si lo que se pretende superar es la imagen de la Catalunya quejica, que no se la sustituya por la de una Catalunya que ruega o suplica. No ganamos en el cambio. Si en vez de quejarnos, rogamos, aún vamos a peor. Rogar, suplicar, es expresión de pobreza argumental. La razón no descansa en el ruego, sino en la necesidad de su reconocimiento.
Se dice que los ciudadanos pasan, pero también pasan factura de su desconfianza. Una cosa es la indiferencia, que es muy mala; pero todavía es peor que el pasotismo descanse en el convencimiento de que no hay capacidad para resolver los problemas. Si lo que ocurre es que no se confía en que los que pueden y deben no van a saber resolver, el distanciamiento entre política y sociedad afecta a la autoestima y al orgullo del país. Y, en este caso, la situación es de una profunda gravedad.
La sociedad quiere ser defendida y percibir que se está reclamando en su nombre desde la razón que anima su reivindicación. No quiere confiar en la sensibilidad de nadie, sino en la eficacia y contundencia de la reclamación. No se quiere deber nada más a nadie más; ¡no más deudas! Ahora es el momento de reclamar lo que toca. Y ganarlo. ¡Así de claro!
Sensibilidad, ¡no!

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