El cine de Ingmar Bergman llegó a las pantallas comerciales de España con El séptimo sello, a finales de los cincuenta. La película vino aupada por los curas. En un librito publicado, "con las debidas licencias", por el Centro Español de Estudios Cinematográficos, Pascual Cebollada y Carlos Maria Staehlin hablaban del "sorprendente resultado" obtenido por dicha película, que "causa el mismo impacto religioso en los creyentes que en los incrédulos". "Efecto inusitado -decían los dos cinéfilos- que se debe a la impronta profunda y radicalmente humana de su obra".

Y terminaban con esta frase lapidaria: "Sólo quien no sea hombre quedará indiferente ante esa predicación en imágenes". Yo debía de ser una rana o un mosquito, porque la predicación en cuestión me dejó completamente indiferente. Recuerdo que después de ver la película con mi padre en un pase privado, previo al estreno, le dije que por qué no programaban otras películas de Bergman como Juegos de verano o Un verano con Monika, que yo había visto en Francia, y que se me antojaban mucho más agradecidas y mucho más comerciales que El séptimo sello. De comercial, El séptimo sello tenía muy poco. Al menos esto era lo que pensábamos unos cuantos, incluida la familia propietaria del cine Comedia que la había adquirido dentro de un lote de diez películas. Los propietarios del Comedia -me lo contaba hace unos días Antoni de Moragas- habían decidido no estrenarla, convencidos de que sería un fracaso. Pero entonces, un grupo de críticos cinematográficos y de cinéfilos capitaneados por Miquel Porter ofrecieron su apoyo incondicional a los propietarios del Comedia y lograron que la película se estrenase. Y, mira por donde, resultó ser un éxito. La predicación -y el morbo- hizo mella en el público.

En el mes de mayo de 1985 se celebró en Barcelona un Congrès Internacional de Teatre. El día de la inauguración, el 19, estaba anunciada en el teatro Tívoli una representación de El rey Lear por el Kungliga Dramatiska Teatern, el teatro real dramático de Estocolmo, el famoso Dramaten, creado en 1788 por el rey Gustavo III, a imagen de la Comédie Française. Era la primera vez que el Dramaten actuaba en España y, por si ello fuera poco, con un montaje de Ingmar Bergman. Jordi Coca, uno de los organizadores del congreso, me ofreció la posibilidad de entrevistar a Ingmar Bergman, algo insólito, pues era notoria la aversión que éste sentía por las entrevistas y más aún por los críticos teatrales, que es con lo que yo me ganaba la vida por aquellos años (era famoso el puñetazo que Bergman le había propinado a Bengt Jahnsson, el crítico teatral del Dagens Nyheter, por meterse con sus actores. Le condenaron a pagar 5.000 coronas al crítico, cosa que Bergman hizo con sumo placer).

La entrevista quedó fijada para el 12 de abril, a las 15.30 h, en el Residenztheater de Munich, donde Bergman había fijado su residencia después de los problemas que tuvo con la Hacienda de su país. La señora Hagberg, de la embajada de Suecia en Madrid, la señora que nos había conseguido la entrevista, buena amiga de Bergman, nos había advertido: "Procuren llegar a las 15.30 en punto; mejor algo antes. Si llegan un par de minutos más tarde, el pájaro les volará". Así lo hicimos, y a las 15.30 horas en punto apareció -porque aquel hombre era de los que se aparecen- Ingmar Bergman. El 12 de mayo, en la portada del Dominical de El País figuraba una espléndida fotografía de Bergman que Agustí Carbonell le había hecho durante nuestra entrevista, la cual venía publicada en dicho dominical. Era la primera entrevista que Bergman concedía a un diario español.

En 1985, Bergman era para mí sólo cine. De su teatro me había hablado mucho, hasta la saciedad, Randgi, mi primera mujer, noruega, estudiante como yo en el Institut d´Études Téâtrales de la Sorbona, pero no había visto nada de él, salvo un Misántropo que vimos en Bergen, con Max von Sydow, que me dejó un tanto indiferente ( "Molière es intraducible", me dijo Bergman; y tenía razón, al menos al sueco). En aquella entrevista, que se desarrolló con toda cordialidad, Bergman me habló mucho de Shakespeare, pero todavía más de Strindberg. Nos dijo que en nuestro viaje a Estocolmo -fuimos a ver ese rey Lear que debía representarse en Barcelona- no dejásemos de visitar la torre azul, en Drottinggatan 85, el apartamento donde murió Strindberg. También me habló de Calderón. Dijo que no pensaba morirse sin antes dirigir La vida es sueño. Le encantaba Calderón. Me dijo que había encargado tres traducciones al sueco de La vida es sueño, pero que no le habían convencido. "¿Lee usted el español?", le pregunté. "No, pero se que esas traducciones no le hacen ningún honor a Calderón", me dijo.

Le mandé el dominical de El País , y él me mandó unas líneas de agradecimiento, y poco después coincidí con él en el Dramaten. Había ido a ver su montaje de La señorita Julia, de Strindberg, el mismo montaje que luego volvería a ver en Madrid, con Marie Göranzon y Peter Stormare, en el Español, la misma noche en que asesinaron a Olof Palme. Después de la función, Bergman me invitó a cenar en el restaurante del Dramaten. Se le veía feliz, de muy buen humor. Nos zampamos un riquísimo salmón y nos bebimos dos botellas de Riesling. Aquella noche Bergman me habló de su primer viaje a París, en 1949. Me habló de Jouvet, al que definió como el último gran director clásico y al mismo tiempo un gran innovador (coincidiendo con lo que me había dicho Antoine Vitez unos años antes). Me habló del Misántropo que había visto en la Comédie con Jean Meyer en el personaje de Alceste. Me habló del ritmo de Molière, de los alejandrinos de Molière, un ritmo prácticamente imposible de lograr en otra lengua, y de la crueldad, del gran sentido del humor, negro, de ciertos intérpretes franceses de Molière. Me habló de una Arlésienne extraordinaria que había visto en el Odéon, y, sobre todo, de algo increíble, fascinante: un Feydeau por los socios de la Comédie. Me dijo que cuando fuese viejo le agradaría dirigir una obra de Feydeau. "¿Por qué cuando sea viejo?", le pregunté. "Porque para montar un Feydeau se ha de ser sumamente sabio, se han de conocer todos los trucos", me respondió.

También habló aquella noche de Stanislavsky, del que me dijo que fue muy beneficioso para el teatro ruso, pero que era muy menospreciado por Lee Strasberg y los chicos del Actor´s Studio. Me dijo que Bibi Andersson había pasado un par de semanas en Nueva York trabajando con Lee Strasberg y había vuelto diciendo que era "the biggest bluff in the world". Al terminar la cena me preguntó a qué hora salía mi avión de regreso a Barcelona. Le dije que muy pronto. "Entonces -me dijo- no tendrá usted inconveniente en pasar lo que le queda de la noche con Strindberg. Se lo pasará la mar de bien, se lo aseguro". Y me llevó al Dramaten. Subimos al archivo y le dijo al encargado: "Póngale al señor Sagarra unas viejas cintas de las grandes intérpretes de Strindberg que han pisado este escenario". Dicho esto, me dio un abrazo y me entregó un papel con su dirección y su teléfono en la isla de Farö, y yo me quedé en el Dramaten hasta las cinco de la mañana, escuchando las voces de las grandes intérpretes de Strindberg...

No volví a coincidir con él nunca más. Cuando Flotats me negó, ingenuamente, el acceso a su teatro y mi vida de crítico teatral se tambaleaba, recibí a través de una tercera persona un mensaje suyo: "¿Puedo hacer algo por usted?". No fue necesario. Yo seguí viendo sus montajes, sus películas y leyendo sus libros. El día 14 del mes pasado cumplió 89 años y dieciséis días después se moría de viejo en su casa de la isla de Farö. Como escribía, shakespearianamente, mi sobrino Marcos Ordóñez en El País (31 de julio): "El resto es silencio ".

P. S. Bergman falleció sin haber dirigido La vida es sueño, pero es posible que sí hubiese dirigido algún que otro Feydeau. Siempre fue un niño muy sabio, que se sabía todos los trucos.