WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL
La intervención anglo-norteamericana en Iraq ha sido uno de estos fracasos que hacen época. Después de más de cuatro años las perspectivas de una salida medianamente honrosa tienen poca viabilidad. Y el caso es que llegar a una solución apremia. Para Bush es el anuncio casi seguro de un final de mandato con el mayor descrédito. Creía colocar a Estados Unidos en el cenit de su poder, con la posibilidad de imponer su autoridad en todo el Oriente Medio y así asegurarse su papel de superpotencia mundial. Y está en camino de conseguir todo lo contrario. Las elecciones parlamentarias del pasado noviembre le quitaron la mayoría en las dos cámaras del Congreso y las encuestas de popularidad descienden a mínimos.
El presidente resiste como un gato panza arriba a estas contrariedades que parecen insalvables. Se vale de que en el Senado no disponen de la mayoría suficiente los demócratas y algunos republicanos, unidos en el propósito de superar el veto presidencial al rechazo del presupuesto necesario para la guerra iraquí. Y en consecuencia Bush se agarra a la ilusión de que dispone aún de tiempo y recursos para darle la vuelta a la desastrosa situación o, cuando menos, encarrilarla hacia la posibilidad de no abandonar Iraq al caos y la postración humanitaria, a una posible guerra civil desintegradora y al crecimiento de la influencia de Al Qaeda, Irán, Siria y las fuerzas fundamentalistas en Líbano y Palestina.
Por eso envió al combate a 25.000 soldados más y entregó el mando de las tropas norteamericanas en Iraq al general David Petraeus con la esperanza de que fuera posible, cuando menos, crear determinadas zonas limpias de terrorismo y medianamente normalizadas. Era una manera de ganar tiempo, de obtener un respiro político hasta el 15 de septiembre, plazo fijado para que el citado general Petraeus acuda a Washington y presente al presidente y al Congreso un informe sobre la situación militar y política en Iraq. En definitiva, sobre si queda algún resquicio para la esperanza.
Petraeus ya adelantó en la emisora BBC que "la lucha contra los insurgentes requiere un esfuerzo de larga duración". Pero esta larga duración no tiene posibilidades para la Casa Blanca, el Congreso ni la opinión norteamericana. Y, difícilmente sobre el terreno, en Iraq.
En los últimos días se han hecho públicos algunos informes indicativos de que todo se agrava y deteriora hasta extremos difíciles de aguantar. Uno de Oxfam y NCCI, coordinadora de más de 200 ONG, da cifras escalofriantes de una población iraquí víctima del desastre. Cuatro millones que padecen desnutrición, dos millones de desplazados en el interior del país y la misma cifra de gente que ha buscado refugio en los estados vecinos o próximos. Porcentajes escandalosos de carencia de lo más elemental como es disponer de asistencia médica, agua, luz. Y la violencia que diezma a una población sumida en la pobreza en casi un 50 por ciento.
En contraste con este panorama desolador, recientes informaciones denuncian cómo se ha multiplicado en Iraq la corrupción. Mientras la mayoría del país padece las miserias referidas, grandes compañías norteamericanas engordan sus beneficios allí con procedimientos totalmente ilegales. Son empresas de mucho nombre. También compañías pakistaníes, kuwaitíes. La gran merienda.
¿La guerra se hace para esto? ¿Para esto han muerto un número nunca aclarado de iraquíes, pero que pueden alcanzar centenares de miles. Y cerca ya de 4.000 soldados norteamericanos a los que hay que añadir los heridos que superan los 25.000?
Junto a este escándalo, las noticias de que el Gobierno estadounidense prepara un amplio plan de rearme multimillonario que habría de favorecer a varios estados de Oriente Medio. Decenas de miles de millones de dólares para Israel, Egipto, Jordania, Arabia Saudí, los emiratos del golfo Pérsico, Omán. ¿Se trata de ofrecer así seguridad a estos estados, algunos de ellos inmensamente ricos, pero militarmente poco capacitados, en previsión de la retirada anglo-norteamericana de Iraq, que caería en el caos y reforzaría como potencia regional a Irán, subsidiariamente a Siria y alentaría a Al Qaeda?
En la Casa Blanca parece dominar una mezcla peligrosa de miedo al precipicio y desorientación. El 10 de julio The New York Times escribía: "Ha llegado la hora del retorno". Una enunciación que en la presidencia y su entorno debe provocar vértigo. ¿Retornar, pero cómo?
Y es que lo que se hunde es toda la teoría política de Bush y sus consejeros. Una manera de entender el mundo actual. Es el fin de la visión estrábica del coloso norteamericano que le ha engañado sobre sus propias fuerzas y el convencimiento de tener la misión de imponer un orden - su orden- en el panorama internacional. La secretaria de Estado Condoleezza Rice dijo a propósito de las grandes sumas destinadas a armar a varios países de Oriente Medio: "Se trata de mejorar la capacidad de asegurar la paz y la estabilidad en la zona del Golfo".
Tales objetivos seguramente podían haberse alcanzado mediante un éxito claro y ejemplarizante en Iraq. No siendo así, es una quimera pensar que conseguirlo esté en la mano de los países a los que se arma. Empezando porque otra sería actualmente la actitud de Irán, Siria, Hizbulah y hasta el Hamas palestino si el ejército y la Administración estadounidenses hubieran impuesto su ley en Iraq. Pero en las circunstancias actuales, incluso hay dudas respecto al comportamiento, siempre sinuoso, del reino saudí.
Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero en cierto modo es un gigante atado. Tiene una desmesurada deuda pública que está en manos de países extranjeros, entre ellos China, Singapur y algunos de los reinos del Golfo. En estas condiciones repartir atributos de estados canallas y ejes del mal,asumir empresas unilaterales de castigo y guerras preventivas no es realista.
La misma China del comunismo capitalista o del capitalismo comunista se rige por los principios de quien la puso en este camino, Deng Xiaoping, del cual es aquella famosa recomendación de que no importa que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones. En las relaciones internacionales de China no se interfieren cuestiones de principio. Tal vez Sarkozy se ha atenido a este consejo en su reciente gestión cerca del dictador libio Muamar el Gadafi. Una operación pragmática de la que ha obtenido beneficios con el añadido de positivos efectos humanitarios. ¿Debe ser éste el modelo europeo? Otro ejemplo es cómo la gestión multilateral ha inducido a Corea del Norte a renunciar al arma nuclear.
Bush recibió en los días 29 y 30 de julio al nuevo premier británico, Gordon Brown, en Camp David. El presidente dijo que los dos aliados están juntos en la "lucha ideológica entre los que creemos en la libertad, la justicia y la dignidad humana y los asesinos a sangre fría que matan inocentes para conseguir sus fines". El jefe del Gobierno británico halagó el oído de su interlocutor aceptándole que combaten la misma lucha. Pero al descender a lo concreto todo fueron matices. Habló de ir paso a paso en el traspaso del control a las autoridades iraquíes. "Hemos pasado de las tareas de combate a las de supervisión", dijo. Un lenguaje que insinúa más que dice. Aunque no engaña sobre el sentido final. A buen entendedor...

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