DESNUDOS

Huyendo de los tábanos navarros, los hematófagos nacionalistas, los nerones de todas las taifas, Zapatero hace sus maletas para Doñana, donde se va a enfrentar, entre agosto y el mar, con el anisakis, el fuego, la agonía de los cautivos de cayuco y, tal vez, las bombas. Rodeado de pavos reales en la jaula del palacio, después de los atardeceres resplandecientes, que no se olvide de los mosquitos. Los soldados de Napoleón temían más a los zancudos trompeteros de las marismas que a los guerrilleros de Sierra Morena.

A ZP le espera en esta esquina todo el tráiler del cambio climático. Así podrá estudiar en su propio cuerpo el efecto invernadero, uno de los ejes de su segunda legislatura. Que no tema al anisakis. Me ha dicho Paco Naranjo, del hotel Río Real, el mejor cocinero de la Costa del Sol, que el ruin parásito sólo ataca en los océanos fríos y lejanos, donde las merluzas y los besugos comen las heces de las ballenas. Diga a sus cocineros que adquieran el pescado sin vísceras, que lo cocinen a más de 60 grados o que lo congelen si lo van a comer crudo.

Cuidado con los mosquitos tigres con sirenas nocturnas de hoja de afeitar; se esconcen en las alas de las garzas. Procedían de Asia, luego se extendieron por Africa y ahora llegan en pateras por Doñana al ritmo de los versos del Corán. Se bañan en los floreros y por la noche rejonean en el sueño a las niñas de boca de rosa, aunque diga el poeta del Guadalquivir de las estrellas que el mosquito está lejos de la despreciable sabiduría del gato y de la popularidad ficticia de los búhos.

Estudie el cambio climático que trae el terral repleto de renacuajos como en las plagas de Egipto. Tal vez un día, cuando deje de ser presidente, aunque no se marche entre aplausos, pueda anunciar unas pastillas de las multinacionales contra el dengue, como Gorbachov anuncia bolsos de Vuitton en el Muro de Berlín.

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