No hace falta ser un preciso primoroso prescriptor para recomendarles que dejen a un lado los resquemores acumulados durante los últimos meses y disfruten al máximo de sus muy pero que muy merecidas vacaciones. Imaginen, si les cuesta abandonar las cabòries sobre lo mal que nos trata el proceloso poder central, ya sea público, ya privatizado, que la realidad política es proscriptora (no se levanten a buscar el diccionario porque, a diferencia del prescriptor, que prescribe o recomienda cual docto amigo, el proscriptor condena), y les ha proscrito una pena de exilio veraniego que va a durar todo agosto. Incluso puede, si prometen no pensar en apagones, vejaciones, discriminaciones, estaciones, túneles y dilaciones, y si además de prometerlo lo van consiguiendo, puede que el dorado exilio les dure hasta que se celebre, como si no ocurriera nada, la Diada Nacional de Catalunya.

Por si acaso han tomado ojeriza a tal o cual político, observen a modo de paliativo como, del mismo modo que el ministro, president o conseller que corta la cinta de una obra pública nunca es quien la programó o quien luchó a brazo partido para meterla en los presupuestos - ni siquiera quien procuró que luego el dinero presupuestado no se gastara, a fin de presentar a costa de los catalanes unas asombrosamente disciplinadas y ejemplarizantes cuentas del Estado-; pues de este mismo modo, raras veces el político que acarrea con una desgracia es el responsable de la larga concatenación de causas que la han originado. El múltiple y variopinto chaparrón que nos ha caído encima desde que Montilla tomó posesión de su presidencial cargo no se debe a mala gestión, ni al supuesto, que no comparto por malintencionado, de que sea gafe. Eso le hubiera ocurrido a cualquiera. A Mas, de haberse sabido camelar a los republicanos. A Pujol, de haber defenestrado a su hijo y sus amigos cuando aún estaba a tiempo. Entonces seguiría de president, lo mejor que podía haberle ocurrido. A Maragall, de haber tenido agallas para anunciar que se presentaba, con o sin el apoyo del PSC. A Carod, en caso de que los catalanes hubieran aplicado, a la hora de votar, el españolísimo dicho que reza "a grandes males, grandes remedios" (y no lo escribo con sorna, qué va). A Piqué, si Pujol le hubiera fichado antes de que Aznar se diera cuenta de lo mucho que valía para quemarle en un santiamén. O a Duran, al mismísimo Duran Lleida, si Pujol hubiera resultado ser el criptodemocristiano que los antimeapilas aseguraban. Cualquiera que fuera el president de Catalunya en los últimos meses, se habría topado con todo lo que ha caído. Era impepinable. Lo hubiera sido de cualquier forma y da para más. O sea, que no se acaba aquí. La culpa es que somos, en conjunto, un atajo de timoratos y como lo saben, se aprovechan. Luego, tanto va el cántaro del abuso a la fuente del déficit fiscal, que las infraestructuras revientan por todas sus maltrechas costuras. Bueno, por todas aún no, pero todo se andará. El posicionamiento de la Cambra de Comerç, para mí el más fiable, no es precisamente tranquilizador.

Ha llegado en consecuencia el momento de desearles un veraneo sin sobresaltos en cuanto a los servicios. Unas condiciones meteorológicas apacibles, sin demasiado calor, pero con reluciente sol y vientos propicios. Una tregua en la cadena de fallos, de modo que abran el grifo y salga agua más o menos incolora e inodora (a tanto como pedirla insípida mejor no se atrevan). Y sosiego, mucha paz interior y sosiego en los espíritus. Ahórrense, si les es posible, la molestia de pensar en soluciones, porque no las hay. Ni personajes providenciales, ni puertas mágicas que den a una única salida para los múltiples laberintos en los que andamos metidos. A la vuelta, todo seguirá como antes. Nos han sembrado discriminación y seguiremos cosechando innumerables fallos. Nos han sembrado, nos hemos dejado, nos siguen sembrando y nos seguimos dejando. Si remedio hubiera a la vista - que no lo hay, igual que no quedan continentes por descubrir a los navegantes oceánicos-, los efectos benéficos no asomarían hasta pasados unos años.

Anímense, que tampoco es cuestión de volverse fatalistas. Antes no nos enterábamos de lo que había, porque el catalanismo se colgaba una medalla tras otra, apuntando en el haber lo mucho que iba consiguiendo, pero olvidando por completo de señalar los déficits del debe. Ahora que hemos sufrido los resultados en la propia piel, nada de subirse a la parra. Ni hablar de despecho. Grado cero del desconcierto. Grado sumo en desconfianza hacia los que mandan en los asuntos públicos. Sosiego. Sosiego veraniego. Acompañado de un cierto y difuso orgullo: en comparación, lo que se ha hecho en Catalunya desde Catalunya con medios catalanes y sin interferencias importantes se ha hecho muchísimo mejor que lo proyectado y ejecutado desde los despachos de Madrid.

Después del verano volveremos a reivindicar, se nos volverá a denegar, volveremos a tardar en darnos cuenta.