Es cierto que el dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho. Y también lo es que cada vez cuesta más ganarlo y, sobre todo, más complicado ahorrarlo e invertirlo adecuadamente en un mundo, el financiero, que ha cambiado mucho y muy rápidamente en las últimas décadas. En efecto, los sistemas financieros viven un proceso de progresiva integración que, en Europa, ha sido decididamente impulsado por nuestros Gobiernos.

Son indudables los beneficios de este proceso, ya que contribuye al crecimiento económico y al bienestar social. Pero las incertidumbres que derivan de algunos de sus efectos, como la progresiva transferencia de riesgos desde entidades financieras especializadas hacia otros agentes más vulnerables como las familias e individuos, atrae la atención de gobiernos y reguladores para mitigar los efectos que podría provocar una inadecuada comprensión y asimilación de tales riesgos.

Aunque los ciudadanos siempre han estado expuestos a riesgos financieros, sin duda en los últimos años éstos se han incrementado y son más difíciles de gestionar. Hoy día, la práctica totalidad de las decisiones importantes en la vida de una persona tienen un componente financiero que afecta no sólo al individuo que las toma, sino también a su entorno personal y familiar: desde la búsqueda de financiación para los estudios, casarse, acceder a una vivienda, comprar un coche, realizar un viaje, o contratar un seguro médico, hasta planificar la renta para la jubilación, cada vez desde más temprana edad.

A la vez, el mercado financiero proporciona una amplia y compleja variedad de sofisticados productos de ahorro e inversión que se ofrecen con argumentos comerciales sencillos pero que con frecuencia contienen estructuras con derivados y riesgos, cada vez más complejos y menos evidentes para el inversor.

Aprendizaje

En este ámbito, a diferencia de lo que ocurre cuando consumimos otro tipo de productos no financieros, no podemos confiar en el aprendizaje sólo basado en la experiencia. La dependencia financiera de productos complejos y a largo plazo (como las hipotecas o los planes de pensiones) no concede demasiadas oportunidades para rectificar si nos equivocamos.

Pueden pasar muchos años para que podamos comprobar si los resultados del producto de inversión o ahorro a largo plazo se ajustan o no a nuestros objetivos y expectativas, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, cuando adquirimos un bien de consumo como un coche o un electrodoméstico.

Estudios realizados en diferentes países occidentales ponen de manifiesto las dificultades que la mayor parte de los ciudadanos tienen para gestionar su situación financiera. Estos estudios concluyen también que una gran parte de la población no es capaz de evaluar los riesgos que están asumiendo y que tienen dificultades para comprender y asimilar la información a su alcance.

De la información al conocimiento

En efecto, los mercados de capitales ofrecen en la actualidad una información tan abundante, y en muchas ocasiones tan compleja, que llega a ser inabarcable e inasimilable para los inversores.

La información no es útil si no se comprende y procesa de manera adecuada. Es decir, su efectividad depende de la capacidad de los inversores para comprenderla. Por ello, las medidas de mejora de la calidad de la información y de sus mecanismos de transmisión deben ir necesariamente acompañadas de políticas que favorezcan la formación financiera de los inversores. El objetivo es lograr que esta información se transforme en conocimiento.

La mejora en la educación y capacitación financiera de los consumidores de servicios financieros resulta esencial para equilibrar la oferta y la demanda, es decir, cuanto mejor capacitados estén los demandantes de servicios financieros, mejor será la calidad de los productos ofrecidos y mejor se adecuarán a sus preferencias, perfiles de riesgo y expectativas.

Por ello, esta cuestión se está convirtiendo en un objetivo común de gobiernos, reguladores y supervisres. Los propios consumidores de estos servicios, los menos activos en este campo, deben tomar conciencia de la importancia de mejorar su posición y capacidad para poder realizar un consumo financiero responsable y tomar decisiones fundadas de inversión.

Es curioso cómo el ser humano normalmente se preocupa por formarse y por formar a sus hijos para ganar dinero, pero no siempre se pone el mismo énfasis en formación para saber gastarlo o, más importante, saber ahorrarlo. Hasta ahora la cultura financiera no ha formado parte de lo que comúnmente denominamos cultura. Incluso no faltan los que piensan que hablar de finanzas es una ordinariez.

La RSC como respuesta

También las entidades financieras tienen un papel importante que realizar. Educar al cliente que lo necesita en temas financieros, conocer sus necesidades, verificar que las recomendaciones tanto de activos como de pasivos se adecuan a sus características, a su capacidad de pago y a sus posibilidades de asumir riesgos, son importantes contribuciones que el sector financiero puede realizar.

En la actualidad la responsabilidad social de las empresas está cobrando protagonismo, impulsado tanto por las autoridades económicas europeas como por las propios empresarios, cada vez más convencidos de que el éxito comercial y los beneficios duraderos para sus accionistas no se obtienen únicamente con una maximización de los beneficios a corto plazo, sino con un comportamiento orientado por el mercado, pero responsable y socialmente comprometido.

Por eso, desde la privilegiada posición que se me brinda a través de estas páginas, quiero lanzar la propuesta a todas las entidades financieras de que participen activamente en el proceso de mejora de la educación y capacitación financieras de los consumidores y usuarios de servicios financieros y de inversión. Las entidades de crédito tienen una posición privilegiada a la hora de contribuir a esta educación de los consumidores dado su acceso a una extensa base de pequeños ahorradores a través de una amplia y densa red de distribución.

Esta propuesta encuentra adecuado encaje en el nuevo enfoque de gobierno corporativo que defiende la atención a los grupos de interés, uno de los principales para las entidades de crédito son sus clientes, actuales y potenciales, motor de su crecimiento.

En consecuencia, facilitar su capacitación resulta clave para mantener y mejorar su confianza en el sistema financiero y para favorecer que realicen un consumo financiero responsable, duradero y estable, ajustado a su perfil de riesgo, a su situación patrimonial y financiera y a sus objetivos.

En definitiva, la educación de los consumidores de servicios financieros se convierte en un elemento clave para la sostenibilidad del negocio financiero y, en última instancia, también de la estabilidad del sistema.

En fin, parafraseando la vieja máxima, podemos decir que el conocimiento nos hará más libres y seguros a todos: inversores y entidades financieras. La responsabilidad social corporativa puede ser una respuesta de futuro que contribuya a su consecución.

María José Gómez Yubero. Directora de Inversores de la CNMV. Este artículo recoge la opinión de su autora, sin que necesariamente coincida con la de la CNMV