Recientemente la Unión Europea anunciaba la posibilidad de prohibir los subsidios a aquellas producciones de biocombustibles que dañasen el medioambiente.
A pesar de que la Comisión Europea basa parte de su estrategia energética en el empleo de biocombustibles, ha acabado por reconocer que el apoyo incondicional a este tipo de alternativa energética puede acabar por acelerar el cambio climático a la vez que destruye y amenaza la biodiversidad, el medio ambiente y las comunidades locales más desfavorecidas.
Numerosas organizaciones, asociaciones e incluso dirigentes de diferentes gobiernos llevaban tiempo alertando sobre los riesgos que suponía un despegue descontrolado de la producción de biomasa. Parece que sus numerosas denuncias han acabado por hacer eco en las altas instancias de organismos y gobiernos europeos y estos han comenzado a tomar cartas en el asunto.
Para entender el por qué de esta decisión de la Comisión Europea conviene citar las principales amenazas y problemas que se han dado desde el nacimiento, de manera intensiva, de esta nueva fuente de energía.
A pesar de presentarse como una alternativa para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, lo cierto es que existe gran disparidad de opiniones entre la comunidad científica sobre el balance real de emisiones. Estudios recientes que incluyen el efecto de la deforestación y la producción de fertilizantes en el balance de emisiones, han concluido que la producción intensiva de biomasa, más allá de reducir el cambio climático, acelera su aparición.
Otro problema latente son los efectos sobre la biodiversidad y el agua. Los monocultivos basados en la deforestación de grandes extensiones de terrenos y el empleo de fertilizantes y herbicidas afectan muy negativamente a la biodiversidad de la zona y a la calidad y cantidad disponible de agua.
Otra consecuencia que está comenzando a darse y que tuvo su mayor repercusión mediática en México, es la competencia entre los biocombustibles y los alimentos destinados al consumo humano y animal. Aunque a día de hoy, la demanda de los alimentos sea infinitamente superior a la de los biocombustibles, sea por diversas razones como las especulativas, lo cierto es que en situaciones concretas como la de México, el precio de algunos productos como el maíz, ha aumentado de tal manera que la población más pobre ha tenido verdaderos problemas para acceder a este alimento básico.
Otros aspectos no menos importante son los efectos sobre la generación de riqueza y empleo en las zonas donde se ubican y las consecuencias del uso de semillas genéticamente modificadas o microorganismos genéticamente modificados para la producción de los biocombustibles de segunda generación.
A la vista está que no es oro todo lo que reluce, pero también es cierto, que a pesar de todos estos problemas e incertidumbres, no debemos de perder la perspectiva de oportunidad real que se abre para el desarrollo económico y social, principalmente, de los países del sur. Se torna como una oportunidad que gestionada de manera correcta supone, sin lugar a dudas, una luz de esperanza para todos estos países y una herramienta muy válida en la lucha contra el cambio climático. Para que el aprovechamiento de esta gran oportunidad no se realice a costa de dañar a las comunidades locales y el medioambiente en general, el gobierno holandés ha encargado un proyecto donde se definen una serie de criterios e indicadores para el testeo de la producción de biomasa tratando de aunar intereses económicos, medioambientales y sociales.
El grupo de proyecto define la sostenibilidad en las producciones a gran escala estudiando seis aspectos concretos: La emisión de gases de efecto invernadero, la competición con los alimentos, el impacto sobre la biodiversidad, la afección al medioambiente, la generación de prosperidad y el nivel de bienestar social que genera.
Se han desarrollado criterios e indicadores para medir cada uno de los seis aspectos. Por ejemplo, en la emisión de gases invernadero, el cálculo del balance de emisiones se extiende no solamente a la fase de producción sino que abarca también ámbitos como la producción de los fertilizantes necesarios, los pretratamientos necesarios para los diferentes usos o el transporte hasta los puntos de consumo.
Holanda no es el único país que ha tomado la iniciativa para desarrollar este tipo de certificaciones. Otros países como Alemania, Reino Unido e incluso la industria tratan de desarrollar sus propios certificados que en más de una ocasión chocan contra los impedimentos legales interpuestos por la OMC.
De momento queda esperar y aportar, en la medida de las posibilidades de cada uno, para que esta y todas las iniciativas puestas en marcha no queden en simple declaración de intenciones y comprometan a los principales países consumidores a impulsar una producción más responsable en origen que sea efectiva en la lucha contra la pobreza y el cambio climático.

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