La Coctelera

Reggio

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3 Agosto 2007

Placeres delicados: Comer, de Javier Castañeda en Los Blogs de La Vanguardia

Placeres delicados. Bajo este sugerente epígrafe les invito a degustar, paladear, sestear, abrazar y gozar del modo en que a cada uno mejor se le antoje, para que este caluroso mes de agosto, con vacaciones incluidas para muchos, no se les haga muy cuesta arriba. A través de este breve recorrido agosteño por algunos de los más suculentos y demandados "placeres delicados", como son comer, beber, dormir, amar y vivir; pasearemos con fruición por el lado más novedoso y terrenal de tan divinos placeres. Pasen y disfruten.

Para muchos comer es considerado "el placer" por excelencia y con mayúsculas: un manjar, nunca mejor dicho. Desde hace siglos el arte del buen yantar ha sido tradición asequible a tan sólo unos pocos bolsillos y, por tanto, un placer deseado y envidiado por muchos otros: ese otro gran número de hipotéticos comensales que se quedaban, literalmente, excluidos. El elevado coste de acceder a una buena pitanza operaba como una suerte de darwinismo económico, tan eficaz como ese cristal de pastelería que se encargaba de mantener alejada la nariz de los niños de los jugosos y suculentos dulces. Era simplemente una cuestión de precio, aunque también de estatus. Ahora en cambio, la comida como parte del lujo se ha democratizado. Y dejando a salvo algunos exclusivísimos restaurantes o ciertas viandas cuyos precios son prohibitivos, casi todos los placeres gastronómicos pueden estar al alcance de muchos.

Pero pese a ser una tradición de siglos ya asequible –aunque sea en ocasiones especiales- a muchos bolsillos, la comida y todo lo que rodea a tan exquisito placer, ha sufrido severas mutaciones en las últimas décadas. En casi cuestión de segundos, si pensamos en toda la Historia, ha pasado de ser un placer a convertirse en un pecado mortal. Y no, no les hablo de la gula. Para empezar, me refiero a esa termita insaciable que es el tiempo –o la precaria medida que actualmente hacemos de él- y cómo ha provocado que ese "placer de sentarse a la mesa" se transforme con frecuencia en un repostar similar al de un piloto de F-1 cuando entra en boxes. La vida to take away choca frontalmente con la idea de placer, porque el disfrute no entiende de prisas.

Además, por si esto fuera poco, desde que la gordura ya no es sinónimo de salud, cualquier atisbo de copiosidad se antoja enfermizo. Tal y como están las cosas, si nuestro cuerpo pudiera expresarse, al ser sometido a según qué dispendio hipercalórico, iría directo a una comisaría a denunciarnos por malos tratos. Aunque viendo los agigantados pasos de la obesidad infantil, la verdad sea dicha, igual no está de más un poco de cultura preventiva contra la ingesta. Para colmo, muchos son los que ven en la comida un mero lexatin para calmar la ansiedad. Dicen que somos comida. Y nuestras desequilibradas existencias, demandan esos ínfimos placeres para soportar todo el estrés y la penumbra que se encarga de oxidar a diario la armonía natural del ser. Desde este plano la comida se presenta como el mejor antídoto, ya que, por cuatro perras y en breves instantes, un simple plato de comida basura, unas patatas fritas o un helado, puede hacer sentir esa placentera sensación de saciedad que provoca un estómago lleno.

Puede que a los cinco minutos nos arrepintamos de haber engullido como leones, o puede que nuestro estómago nos recuerde durante horas el precio de una imposible digestión. Pero esos segundos de gloria que tarda en derretirse ese delicioso brownie en la boca, hace a la gente olvidar que el exceso de calorías permanecerá toda la vida en la cadera. ¿A quién puede importarle la salud si, por unos instantes, ese bendito alimento nos hace olvidarnos del mundo? Pues para empezar, a todos los médicos sensatos, que asustados comprueban como sus pacientes saltan de talla con la misma alegría con la que un conejo salta por el campo. Y eso sin mencionar la guerra de las tallas en la industria de la moda, la anorexia, la bulimia y otros trastornos gastronómicos asociados de enorme calado en la sociedad.

Por otro lado, cabría preguntarse a qué punto de individualismo hemos llegado para que a alguien se le ocurra que las personas con sobrepeso han de pagar más que el resto. Para que la típica longevidad asociada a la dieta mediterránea se vea amenazada por los malos hábitos alimenticios propios de una sociedad fast-food, que poco a poco muestra la otra cara de la sociedad de la opulencia. En qué punto sin retorno estaremos si, pese a nuestro menú veraniego típicamente mediterráneo de gazpacho, paella y cerveza, uno de cada dos españoles tiene sobrepeso. Mientras tanto, la CE elogia a Mc Donald"s y Coca-Cola por su lucha contra la obesidad. Pese a lo que diga el refrán, a estas alturas poco importa que algo sea inmoral, e incluso ilegal. Eso sí, que engorde es imperdonable en la insulsa cultura de lo light… El mundo al revés. Como receta, si su cuerpo y su médico se lo permiten, durante el estío les sugiero recuperar el tiempo y la calma como antesala de la alimentación y, en vez de deglutir, intentar recordar que "comer es un placer y un agradable ritual que forma parte de la vida, más allá de un puro engullir". Y si no, que se lo pregunten a Pere Tapias. ¡Buen provecho!

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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