UNA VISIÓN OPTIMISTA DE LA REALIDAD CATALANA

Parece que se vive en Catalunya un general estado de mal humor y depresión. Digo parece, porque bien podría ser que solo fueran neuras de los políticos y de su entorno (articulistas o tertulianos) y no del ánimo real de la gente. Por ejemplo, en el último informe del Eurobarómetro realizado por la Comisión Europea, se sitúa a los catalanes entre los más felices de España, mucho más satisfechos, contra todo pronóstico, que los andaluces. Este distanciamiento entre el pesimismo que cultiva el sistema político/mediático y la percepción de la ciudadanía quizá sea un factor que contribuye a la creciente abstención. Ahora bien, el enojo de la derecha catalana, que ya dura tres largos años, no debería haberse contagiado tan fácilmente al resto del sistema polí- tico. Que una fuerza política esté de mal humor no quiere decir que lo esté Catalunya y antes de recurrir al Prozac, hay una alternativa más sana y natural: mirar los datos positivos de la economía catalana y su innegable capacidad para afrontar el embate de la globalización.

Y ES QUE los datos económicos de los últimos años, contrariamente a lo que se argumenta, no demuestran ninguna debacle de nuestra economía. O, como mínimo, algunos datos fundamentales son muy positivos, habida cuenta del cambio que han supuesto la UE y la mundialización. Se dice que Madrid nos está derrotando. Efectivamente, hay un despegue de Madrid, pero en un tipo de economía principalmente administrativa y constructora, no productiva como la nuestra. Y ya veremos qué economía será la más apta para la internacionalización.

Hace dos años la presidenta del Instituto Nacional de Estadística (INE), Carmen Alcaide, compareció en el Senado para analizar la econo- mía española desde la perspectiva de las distintas comunidades autó- nomas, estudio que anualmente publica el INE en el informe Contabilidad Regional de España. De acuerdo con este informe del periodo 1995-2003, Alcalde concluyó que "Catalunya ha sido la comunidad autó- noma que más peso relativo ha perdido en el conjunto de la economía española, pasando de ser el 18,9% del PIB español al 18,3%. A su vez, la comunidad que más ha crecido ha sido Madrid, pasando de representar el 16,8% del PIB al 17,5%".

Visto así, el informe parece dar razón al fatalismo, pero si se estudia en detalle se pueden extraer importantes consideraciones. En primer lugar, la característica diferencial industrial catalana se mantiene en dicho periodo. Si bien es verdad que su peso en relación con España ha descendido ligeramente (del 27% al 26,5%), lo ha hecho de forma relativamente menor que el descenso en el conjunto del PIB. Además, en los últimos dos años hay claros signos de recuperación, y en la dirección que marcan los tiempos.

En segundo lugar, está claro que Catalunya continúa siendo "la fábrica de España", ya que con apenas el 16% de la población casi representa el 27% de la industria. De hecho, su actividad industrial sigue siendo el doble que la de Madrid. A su vez, esta duplica a Catalunya en administración pública. Si el peso de la administración pública de Catalunya en relación con el conjunto del Estado ha disminuido, pasando del 11,9% al 10,9%, Madrid lo ha incrementado: del 20,7% al 21,4%.

Se produce, pues, una simetría muy sugerente: Catalunya es el doble de industrial que Madrid, y esta es el doble de administrativa. Esto es una realidad, aunque quizá sea abusivo sintetizarla en que Madrid manda y Catalunya produce.

A estos datos nada negativos hay que añadir los de los dos últimos años, en que se advierte un nuevo ímpetu industrial y exportador, como revela el informe del pasado junio de la Caixa de Catalunya que destaca la fortaleza de la economía catalana con expectativas francamente positivas de crecimiento del PIB y del empleo. Una nueva expansión que protagonizan la inversión productiva, las exportaciones y la industria. Si a esto le sumamos las conclusiones de las tablas input-ouput de intercambios de bienes y servicios realizadas por el Instituto de Estadística de Catalunya que certifican un gran incremento del grado de apertura al exterior y una menor dependencia del mercado español, tendremos que aceptar que la economía catalana está dando señales de que se está adaptando bien a la mundialización, que es de lo que se trata.

NATURALMENTE que se debe huir de triunfalismos, máxime cuando hay aspectos tan preocupantes como una mayor pérdida de terreno de los salarios en el reparto de la renta que en los países de nuestro entorno. Pero, en general, hay suficientes motivos para tener una visión optimista del futuro de la economía y de la sociedad catalana. La queja sistemática, el victimismo, el complejo de ser siempre los agraviados, quizá sean actitudes conformadas en el catalanismo del siglo pasado, cuando el paradigma era la defensa de la producción catalana dentro del mercado español, pero hoy, en una economía mundializada, debemos dar paso a un catalanismo más competitivo, más desacomplejado, más propositivo.

Carles Bonet. Senador de la Entesa Catalana de Progrés.