Los niños se van de colonias, de Xavier Marcé en El Mundo de Cataluña
RUTINAS DE VERANO
Es sabido por todos que el verano de la familia actual tiene muchos tipos de vacaciones. Unas empiezan justo antes de San Juan, que es cuando sueltan a los niños del colegio para alegría juvenil y desasosiego de los adultos; otras empiezan cuando nos las dan en el trabajo y son más o menos completas si logramos que coincidan con las de la pareja; las terceras vendrán si tenemos donde caernos muertos o la pasta llega para salir de viaje. Pero entre las unas y las otras están las más deseadas, que son aquellas en las que mandamos a los niños de colonias.
Organizadas por ayuntamientos, centros infantiles y juveniles de todo tipo y confesión religiosa o laica, casi todas las parejas con hijos tienen la posibilidad de reinventar, por unos días, un noviazgo lejano e imaginar que todo sigue siendo tal como lo dejaron antes de que esos pequeños canallas modificaran su vida hasta límites insospechados. Esa semana (si es la sufridora madre la que decide) o esos 15 días (si se impuso el padre) a menudo compensan la bronca de todo un año. Reconozco que la primera vez cuesta un poco, que siempre salta una lagrimita cuando arranca el autocar, que existe la tentación de llamar por teléfono hora sí y hora no y que esperas aterrorizado recibir la llamada del monitor diciendo que ya no puede más con el nene añorado. Con el paso de los días uno se va relajando. Incluso las madres acaban haciéndose a la idea de que el niño, con suerte, se duchará una vez cada cuatro días, que igual pilla piojos, que no comerá de nada y que perderá la mitad de aquella ropa que amorosamente marcamos con su nombre y apellido.
Hay niños horripilantes que no quieren ni oír hablar de las colonias, perritos falderos mimados y consentidos tras una madre que se añora más que el hijo y un padre indeciso al que le falta ese impulso que, de natural, emanciparía a los hijos a partir de los tres años. Por eso deberían hacerse cursillos para los progenitores, cursos intensivos de fortaleza moral con terapias radicales tipo Naranja Mecánica donde quedara claro que esos bomboncitos se convierten en las colonias en auténticas alimañas y que no se merecen ni pena ni añoranza.
Los padres sensatos saben que no hay que sufrir, que las mejores colonias son espartanas: ni móvil ni visita el primer fin de semana. Si los críos no llaman es que se lo pasan bien; o, en todo caso, se endurecen, que la vida es complicada y al final todos se adaptan. Con un par de colonias de verano, el niño estará preparado para experiencias igual de placenteras, como las colonias de Semana Santa, unos días en Navidad y, si la cartera aguanta, la mejor de todas, enviarlos un mes entero a estudiar inglés a Irlanda o desprenderse del miedo a todo tipo de tropelías y desmanes y dejarlos solos en casa a partir de los 15 años.Al fin y al cabo, con inglés y autonomía se le asegura a los hijos el porvenir debido al que nos obliga el juez o el sacramento, según sea el caso, porque de la universidad conviene no fiarse si a uno todavía le importa tener un hijo economista que trabaja por las noches de taxista.
Debemos señalar, como aviso de navegante para padres inexpertos, que en esos días de descanso filial, la pareja asume riesgos inesperados y se expone a terribles consecuencias. Aunque las colonias se montan para los hijos y venden paz para los padres, hay que estar preparados para disfrutarlas y no son pocos los que se las prometen felices y luego no salen de casa. O mucho peor: uno de los dos sale y después no vuelve. Hay que poner toda la carne en el asador y reinventarse a sí mismos, evitar la pereza de sentirse todavía enamorado y jugar con las múltiples posibilidades que nos ofrece el verano. A los padres principiantes les duele tanto salir de noche como si se fugaran con un amante y se sienten observados como si les pillaran en un acto de pura traición. Por eso conviene tener amigos con hijos mayores, expertos pasotas en soltarlos de colonias y olvidarse hasta de su nombre.Ellos nos introducirán con vaselina en el noble arte de reconstruir la vida, cenar en terrazas hasta altas horas de la noche y practicar el sexo más de un día por semana.
Hay largas listas de separados después de haberlo intentado y es que, en realidad, 10 o 12 años después de habernos enamorado no siempre resulta fácil mirarnos a la cara sin la protección de un hijo pequeño y encontrarnos todavía guapos. Por eso hay que tener preparada la retaguardia y, para los que intuyan el fracaso y les atenace el miedo o el aburrimiento de gozar de nuevo con el pariente o la parienta, siempre existe la excusa de la añoranza, esperar en Babia a que el niño regrese para devolverse a la serena normalidad y esperar al año siguiente para probar suerte de nuevo, con la misma u otra pareja.
EL LUNES: Las vacaciones de riesgo
HAY MUCHOS TIPOS DE VACACIONES PERO, SIN DUDA, LAS MAS ESPERADAS SON AQUELLAS EN LAS QUE MANDAMOS A LOS NIÑOS DE COLONIAS, PORQUE AUNQUE LOS PADRES ECHEN alguna que otra LAGRIMITA EN LA DESPEDIDA CON EL PASO DEL TIEMPO VAN RELAJANDOSE
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