Primera: Me cuenta el director de una sucursal bancaria de tamaño mediano que, en tres meses, han pasado de tramitar y firmar doce o catorce hipotecas al mes a gestionar sólo dos o tres. El bajón es serio y es un dato objetivo que indica hasta qué punto el mercado de la vivienda está frenándose. La gente ha dejado de comprar al ritmo que lo ha venido haciendo estos últimos años. Los pisos esperan dueño y, tal vez, esperarán mucho.
Segunda: Me cuenta un promotor inmobiliario que, ante la caída de la demanda, ha decidido no empezar algunos proyectos ya planificados. Dado que este promotor cuenta con alta capacidad de resistencia financiera y maneja magnitudes importantes, ha optado por adquirir algunas promociones ya terminadas de otros promotores más pequeños. Éstos, ante la falta de compradores, las traspasan a toda prisa a un promotor más sólido porque no pueden permitirse mantenerlas en el mercado mucho tiempo sin vender, quedarían enganchados sin poder responder económicamente. Su sistema de funcionamiento ha sido, durante estos años, engordar la pelota.
Tercera: Me cuenta un posible comprador de segunda residencia que ya no quiere buscar más. En lugar de invertir, ha cambiado de chip y se dedicará a descubrir hotelitos con encanto. No tendrá segunda residencia, pero será más feliz, dice. Cambió de enfoque al saber el precio de un pequeñísimo y discreto apartamento frente a la playa (cuatro paredes y poco más) por el que le piden casi 100 millones de las antiguas pesetas. No está en una localidad de las más solicitadas turísticamente ni en un paisaje de belleza singular. Mi amigo, comprador frustrado, recuerda que, cuando se construyeron esos inmuebles, hace más de tres décadas, apenas costaron un millón de pesetas cada uno. Y está seguro de algo: los que pueden pagar tanto por un apartamento normalito frente al mar aspiran a cosas mejores y, además, pueden ofrecer el doble o el triple. Hay ofertas que, fruto de la aceleración de estos años, han quedado en tierra de nadie: inalcanzables para muchos y poco interesantes para algunos que las podrían adquirir.
Cuarta: Me cuenta un cargo político local lo poco que le gustan las casas adosadas o similares y lo mucho que batalla para que no se hagan más promociones de este tipo en su municipio. "Hay que volver a los pisos, es lo sensato para una ciudad", me dice muy convencido. Este edil no cree que Catalunya pueda ni deba ser como muchas zonas de Estados Unidos, un mundo con casitas y jardín. Su problema - me confiesa- es que la mayoría de los jefes de su partido habitan precisamente en bonitas viviendas unifamiliares y, además, tienen segundas residencias.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados