¿Por qué ser más pepistas que el PP?, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia
Como se veía venir, el ex alcalde de O Grove ha sido finalmente imputado por la jueza que conoce del asunto de los voluntarios sin saberlo en las listas municipales vascas del PP. Nada impide, en todo caso, que, más allá de las responsabilidades penales que de ese procedimiento judicial pudieran deducirse en su momento, nos preguntemos ya por los motivos que pudieron llevar a Miguel Ángel Pérez a manipular de forma tan burda y tan inicua la voluntad de sus vecinos.
Lo más sencillo -y lo más fácil- es recurrir a la explicación conspirativa, que place siempre al público sectario, decidido partidario de la política de los buenos y los malos. Según tal teoría, la manipulación de O Grove sería una muestra más de la intrínseca maldad del Partido Popular, que otra vez habría demostrado sus prácticas arteras.
Al margen de cual sea la opinión que cada uno tenga del PP, la apuntada explicación choca, sin embargo, con un dato al parecer sobradamente contrastado: que los voluntarios -de verdad- para entrar en las listas populares en solidaridad con la persecución que sufren en el País Vasco y en Navarra los militantes de los partidos no nacionalistas eran muchos más de los que al PP le resultaban electoralmente necesarios.
Siendo así las cosas, la sucia trampa del ex alcalde de O Grove, que manipula y ofrece nombres sin que su partido necesite en absoluto echar mano de una práctica tan ilegal y chapucera, sólo se explica probablemente por la necesidad de agradar a los dirigentes del PP, quedando bien con ellos aun a costa de tener que realizar una operación que sus jefes jamás hubieran aceptado. Para entender bien las razones que explican tal acción, que solemos definir con la expresión «ser más papista que el Papa», no es tanto necesario conocer al Partido Popular como conocer, en general, a los partidos.
Y es que los partidos -todos ellos y por definición- son máquinas que sirven hoy esencialmente para colocar a sus candidatos en cargos públicos, algunos de los cuales constituyen además, sustanciosas canonjías.
Como la elección de un alcalde no depende sólo del electorado, sino también del partido que decide proponerlo -o decide lo contrario-, la tendencia de los políticos a agradar a quien los puede poner o quitar de en medio de un plumazo resulta irrefrenable en demasiadas ocasiones.
Agradar a los dirigentes del PP -a costa de manipular a sus vecinos, y de engañar a su partido, sí, pero agradarles- es posiblemente lo que buscaba el ex alcalde grovense ahora imputado. Si nadie en el PP de Galicia debería tener hacia esa acción la más pequeña comprensión, Núñez Feijoo ha de dejar clara su condena con la rotundidad que la gravedad de los hechos aconseja.
