¿No será la muerte el silencio de Dios?, de Luis María Anson en El Mundo
CANELA FINA
Quise presentar a Ingmar Bergman al Premio Príncipe de Asturias de las Artes. No aceptó. Admiraba la labor de la Monarquía española, conocía el prestigio internacional del galardón y le inquietaba España, pero estaba ya por encima del bien y del mal, al margen de oros y oropeles, reacio a los fuegos artificiales, hostil a pasear por la feria de las vanidades. No quería salir de su madriguera de la isla de Farö. Sus trabajos y sus días se habían convertido en una tremenda meditación galopante sobre la muerte. La aguardaba, con parsimonia, desde la serenidad absoluta y el silencio. La encontró finalmente abrazado a Liv Ullman.
No es verdad que Ingmar Bergman fuera ateo. He leído estos días docenas de artículos necrológicos en periódicos españoles y extranjeros. El ateísmo flota sobre lo que se ha escrito acerca de él en la zozobra de la muerte que sorprendió al gran artista cuando rozaba los 80 años. Pero Ingmar Bergman creía en Dios. Creía que Dios existe. De lo que no estaba seguro es de la inmortalidad del alma, de la vida después de la vida. El último Laín Entralgo, en ¿Qué es el hombre?, había llegado a una posición parecida a la de Bergman. Dios existe pero, para el hombre, después de la vida no hay nada. Somos igual que el mosquito o el elefante. Nos convertiremos en polvo y nada más que en polvo. Charles Moeller, en Literatura del siglo XX y cristianismo, espléndida traducción de Valentín García Yebra, lo explica muy certeramente.
Al glosar la obra de Bergman suele olvidarse, cuando se citan sus películas grandes, mencionar la trilogía Como en un espejo, Los comulgantes y El silencio. El pensamiento bergmaniano sobre Dios, la muerte, la vida humana, la trascen-dencia, está condensado sobre todo en El silencio. El artista se siente instalado en el seol del Antiguo Testamento, en el reino de los muertos; en «la tierra del olvido», «la tierra del silencio», al decir de los Salmos. Saúl combatió a los invocadores de los muertos después de que Manasés los restableciera. Según el Deuteronomio, Yavéh abominaba de la invocación a los muertos.
Bergman se acerca a las brumas y los cementerios en busca de la confirmación de la no-vida trascendente. En Como un espejo se afirma: Dios es el amor. «Luces de invierno -explica Bergman- hace la crítica a esta idea y termina vislumbrando un dios sin nombre, un dios sin formulismos, una religión viva y natural». «El silencio -añade- es el tumulto que se lleva en el alma y en el cuerpo cuando Dios está ausente». En Luces de invierno se escucha una frase reveladora: «Mi indiferencia ante el Evangelio, mi hastío celoso de Cristo». Jos Burvenich ha escrito agudamente: «En esta impotencia para comprender el sentido de la Encarnación se encuentra el límite de la búsqueda bergmaniana. El silencio de Dios es lo que precede a la Redención». Tal vez. Pero hay que ir más lejos: lo que Bergman plantea en su obra cinematográfica puede condensarse en esta pregunta: «¿No será la muerte el silencio de Dios?». Ahí reside la clave para entender el pensamiento del gran creador desaparecido, casi a la vez que Michelangelo Antonioni, que dio voz al silencio en la vanguardia de la imagen.
Jean Paul Sartre atrae y se repele en la obra de Bergman. Dios existe pero tal vez es cierto que nos ha creado para la nada, que para el hombre no hay más allá. Ingmar Bergman, el pensador solitario de la isla de Farö, sabe ya la respuesta al interrogante que asoló su vida entera, la personal y la artística, pero no nos lo puede contar. Para sus admiradores sigue vigente el verso de Rubén, colgado siempre en las imágenes bergmanianas: «No saber adónde vamos, ni de dónde venimos».
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española
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