Dicen que después de este verano se divorciarán 26.000 parejas, como si se tratara de una plaga de termitas. Siempre me pregunto por el momento en que uno toma una decisión como ésta".

Hay días en que me miro al espejo como si fuera otra persona. Me pregunto qué vería. Si sentiría indiferencia o me detendría en este rostro, cómo leería sus rasgos. Giro la cara a un lado y a otro. Nunca he sabido cuál es mi mejor perfil; hay días en que diría que es el izquierdo y otros el derecho pero en la mayoría de las ocasiones me parecen iguales. Dicen que somos asimétricos, o que tenemos una pierna más larga que la otra, y puede que no lo sepamos. A veces lo hago al revés, miro a la gente como si fuera yo. Me resulta muy útil cuando persigo algún misterio, por ejemplo por qué aquel hombre sentado frente a la puerta de embarque mueve compulsivamente la pierna y de vez en cuando se pasa la mano por el pelo. En general, cuando observo así a los otros siento una gran admiración. Me parecen heroínas y héroes que siguen subiéndose a un avión a pesar de sus pequeñas o grandes desgracias, del peso de su conciencia, una enfermedad, de los conflictos familiares. Los felicitaría. Quien más o quien menos, casi todo el mundo convive con un punto negro, o con varios. Algunos incluso consiguen hacerse amigos de él invitándolo a bailar o a jugar al golf. Yo me lo llevo de viaje a una isla.

El aire acondicionado se ha estropeado y el finger no se diferencia mucho de una cámara de tortura. A veces las vacaciones empiezan y terminan en un aeropuerto. Es tal la huella que deja que algunas parejas inician su separación después de perder sus maletas. Parece bastante razonable, un detonante así es capaz de hacer explosionar lo que desde hace un tiempo habría implosionado en los propios sentimientos. La pérdida. Dicen que al final del verano se divorciarán 26.000 parejas, como si se tratara de una plaga de termitas. Siempre me pregunto por el momento en que uno toma una decisión como ésta. Cuánto pesan la experiencia y el cálculo por un lado, la intuición y el impulso por otro. En ocasiones, la gente quiere cambiar de vida, pero, a pesar de su urgencia, no puede. Ocurre lo mismo con los recuerdos; a menudo, por mucho que te empeñes en recordar algo, no atinas, y entonces te resignas a pensar que hay cosas para ser tan sólo vividas, y otras que además de vivirse se recuerdan. Pero cuando menos te lo esperas, por una tontería - un perfume, una magdalena, The year of the cat-,el recuerdo resucita esculpiendo con nitidez sus secuencias. La piel de gallina.

Mi recuerdo de Mr. Wrong al inicio fue acuoso y por tanto difuso, sin esquinas donde recostarse. A medida que iban llegando sus e-mails el recuerdo iba tomando forma de hombre, como un dibujo de Da Vinci en busca de la proporción perfecta. El año pasado, cuando terminó el verano, él se fue a vivir a la isla. La había descubierto muchos años atrás, cuando tan sólo había cien coches y cincuenta teléfonos. Me envió fotos: casas criollas con los colores de las tartas de cumpleaños, una hamaca en el porche. La arena blanca a veinte pasos contados. No recuerdo el día en que empezamos a coquetear, aunque debió de ser la primera vez que nos vimos, cuando recuperó mi libro de Calvino bajo una montaña de arena. Me cayó demasiado mal. Así empiezan estas cosas, cuando rechazas a alguien sin saber por qué, lo acabas admirando. Hace poco me dijo: "Ven a San Bartolomeo". Al despegar rumbo a las Antillas, releí la última carta que me envió una y cien veces hasta que logré dormirme con la cabeza llena de aguas turquesa, y de Mr. Wrong.