Un amor imposible, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Descubrí el jazz en los años 70 al escuchar a Tete Montoliu en el San Juan Evangelista, donde yo vivía. El colegio tenía una buena discoteca y una sala de música desde la que se veía ponerse el sol por la Casa de Campo. Fue allí donde oí por primera vez la trompeta de Miles Davis.
Su modulación del sonido, su intenso toque lírico y la originalidad de sus creaciones me subyugaron desde entonces. Luego escuché a Charlie Parker, a John Coltrane, a Chet Baker, a Bill Evans, todos ellos soberbios músicos de jazz, pero nunca volví a sentir la emoción del descubrimiento de aquella trompeta mágica.
A punto de acabar la carrera, tuve la suerte de ver tocar a Miles Davis en París, en una sala en la que Georges Marchais, líder del PCF, solía dar sus mítines. Davis tuvo un éxito apoteósico. Había muchos representantes de la inteligencia parisina, pero me fijé especialmente en Juliette Gréco, la amiga de Boris Vian y musa del existencialismo. Era el centro de todas las miradas.
Lo que no sabía yo entonces era que Miles Davis y Juliette Gréco habían vivido una apasionada historia de amor en 1957, cuando el músico tocó por primera vez en París. Se habían conocido en una cena multitudinaria, en la que surgió un flechazo que duró toda la vida de ambos.
«Me pareció muy joven. También yo lo era. Fuimos a cenar con un montón de gente que yo no conocía. Él no hablaba francés y yo no hablaba inglés. No sé como logramos comunicarnos. Fue sin duda el milagro del amor», contó Gréco 40 años más tarde.
Fue el comienzo de una relación intermitente. Gréco cuenta cómo en una ocasión Jean Paul Sartre le espetó a Miles: «¿Por qué no os habéis casado?». El trompetista respondió: «Porque la quiero demasiado para hacerla infeliz».
Y es que Miles Davis sabía que, en los años 60, la sociedad americana no habría aceptado el matrimonio entre un famoso músico negro y una cantante blanca francesa. Juliette Gréco relata cómo una noche, Miles había reservado una suite en el Waldorf-Astoria de Nueva York, donde la invitó a una cena suntuosa. Las malas caras y los comentarios irónicos de los camareros estropearon aquella velada, en la que el músico acabó llorando.
«No quiero verte más. Una relación como la nuestra es imposible en este país», le dijo aquella madrugada Miles Davis a Juliette Gréco, que confesó más tarde que jamás podría olvidar la horrible sensación de humillación que sintió el trompetista.
La última vez que se vieron en París, un par de meses antes de la muerte de Davis, Juliette le preguntó si se arrepentía de haberla dejado. Miles se rió y contestó: «No importa el día o el rincón del mundo donde yo estuviera. Allí estabas tú».
Así era Miles Davis.
© Mundinteractivos, S.A.

Olvido A. dijo
Sólo quería decirte que me has emocionado con este post. Así que, cuanto menos, sentía la necesidad de darte las gracias.
Un abrazo
6 Agosto 2007 | 12:36 AM