La luna de miel del Banco Central Europeo (BCE) ha terminado. Como los tipos de interés ya no están claramente desconectados de los fundamentos de la economía de la zona del euro, la política monetaria se ha vuelto más compleja.
Además, Francia ha dado un fuerte mandato a su nuevo presidente, Nicolas Sarkozy, que es sin duda el adversario político más formidable con el que el BCE ha tenido que enfrentarse en su corta historia. Sarkozy está al acecho de cualquier error que el organismo pueda cometer en este ambiente de política más difícil.
Como los tipos de interés han aumentado dos puntos desde finales de 2005 y que el euro está cerca de su máximo histórico, Sarkozy quiere que el BCE deje ya de elevarlos. El presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, y el Consejo de Gobierno discrepan firmemente. En la conferencia de prensa del BCE de principios de julio, Trichet sugirió que habría al menos otro aumento de lo tipos en septiembre u octubre. Se sabe que algunos miembros del consejo están a favor de que haya dos incrementos adicionales antes de que termine el año.
Mejoría en Alemania
Lo que hace que la política monetaria sea más complicada en este momento es que la economía alemana -que ha sido la locomotora de Europa en el actual repunte cíclico-puede estar llegando a un punto de inflexión. Las encuestas de confianza de las empresas y los consumidores muestran resultados más débiles -el conocido índice IFO de confianza de las empresas alemanas cayó de 107,0 a 106,4 en julio- y los llamados “datos duros” -producción industrial, ventas al menudeo, etc.- han sido ambiguos. El PIB alemán se ha estancado en el segundo trimestre, después de un primer trimestre sorprendentemente fuerte.
Hay motivos de preocupación. El euro está a un nivel sin precedentes, los precios del petróleo están altos y se espera que el precio del dinero se eleve aún más. La economía de la eurozona -incluyendo la de Alemania- no es absolutamente insensible, aunque los halcones del Consejo de Gobierno a menudo se expresan como si así fuera.
A diferencia del año pasado, cuando dominaba un pesimismo injustificado sobre el crecimiento en Europa, este año hay una euforia tampoco totalmente justificada. Muchos alemanes, en particular, se niegan a creer que el repunte cíclico puede estar llegando a su fin. Si el Consejo de Gobierno no distingue el próximo cambio en la economía europea y sigue aumentando alegremente los tipos, corren el riesgo de actuar con demasiada ligereza.
Las voces que ahora exigen un mayor control político sobre el BCE podrían convertirse en un clamor ensordecedor, y no sólo por parte de Francia. Y el coste político para el banco si comete este tipo de errores sería muy alto. Por eso, deber actuar con mucha prudencia al considerar si debe mantener el ritmo actual de incremento de los tipos -lo que significaría elevar otro cuarto de punto en septiembre- o relajar el paso y esperar hasta octubre o noviembre.
En el ambiente político actual, las amenazas de interferencia política externa para el BCE son mucho mayores si aumenta el precio del dinero demasiado rápido que si lo hace más lentamente. Si va despacio, el BCE se ha ganado la credibilidad suficiente en combatir la inflación como para poder contrarrestar en el futuro cualquier coste económico o político. Pero si va demasiado rápido, el precio a pagar por el error puede ser elevado e irreversible. Los políticos presionarán para obtener mayor control y probablemente lo conseguirán, con o sin Tratado de Maastricht. Esperar a octubre para llevar a cabo el siguiente movimiento es como contratar un seguro contra una pérdida catastrófica.
Pero, ¿lo verá así el BCE? Por cuestión de principios, los halcones o miembros más furos del Consejo, se niegan a considerar los costes políticos de sus actos. En el pasado, cuando no había grandes adversarios y críticos en la arena política, esta actitud resultada inofensiva. Pero es extremadamente peligrosa cuando hay personas como Sarkozy que están dispuestas a exigir al banco y tienen la voluntad y los medios para hacerlo si éste llega a tropezar. Hay más interés y respaldo de lo que parece por las ideas populistas de Sarkozy sobre la intervención en el tipo de cambio del euro y sobre añadir una nueva dimensión a la política monetaria.
El efecto Sarkozy
Los halcones también padecen de lo que podría llamarse el complejo de “verse alcanzados”. Sin importar lo elevados que puedan estar los tipos de interés, ellos sienten que se quedan atrás. Quieren actuar en septiembre para poder volver a hacerlo en diciembre (aun sin conocer los datos) y tampoco se detendrán entonces. Incluso las miembros identificados como palomas, por ser monetariamente más blandos, podrían apoyar un aumento del precio del dinero en septiembre para contrarrestar la acusación de que Sarkozy los está presionando en sentido contrario.
No cabe duda de que los ataques de Sarkozy contra el BCE están teniendo un efecto contraproducente. Pero un incremento de los tipos en septiembre conviene incluso al propio Sarkozy, ya que le daría más argumentos para afirmar que el BCE está fuera de control y que es necesario que se le discipline políticamente. Para protegerse de esas acusaciones, al BCE le conviene esperar a octubre, cuando puedan decirle al público: “Miren lo razonables que hemos sido. Ahora tenemos que elevar los tipos”.
A fin de cuentas, llegue ese incremento en septiembre, octubre o cuando sea, parece probable que será inmediatamente tras la vuelta del verano a la vista de solidez de la economía y pese a que algunos datos apuntanc cierta desaceleración. Esos datos deberían determinar hasta dónde debe llegar el BCE con su política monetaria, si es lo suficientemente astuto como para mantener alejados a los políticos. Pero eso es mucho suponer.
La lucha entre los dos titanes franceses-Trichet y Sarkozy- sigue, y lo que está en juego es el destino del BCE.
Melvyn Krauss. Miembro asociado de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford.

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