Cuando asistimos a una boda, interpelan nuestra conciencia con una fórmula que sólo da por válidos los dos extremos de la respuesta, mientras rechaza de plano la asquerosa tibieza que siempre nos tienta: «Si cualquiera de los presentes conoce algún impedimento para la realización de este matrimonio, que hable ahora [solución caliente], o calle para siempre [solución fría]». Lo único que no vale, ni en buena ley, ni en sólida moral, ni en pura educación cívica, es callarse durante la ceremonia y empezar a largar en el banquete nupcial.

Pero, por lo que yo deduzco, los miembros del Consello de Contas no asisten a las bodas, y por eso se enfrentan al peliagudo tema de la Cidade da Cultura con esa maldita fórmula intermedia que nada arregla y todo lo emponzoña: mientras estaba Fraga, calladitos como muertos; y ahora que ya no está, cuando se supone que la Xunta no muerde, a largar como comadres, para que todo el mundo se vaya enterando de que Peter Eisenman cobró lo que no hizo, que Pérez Varela pactaba honorarios al margen de todo procedimiento, y que los gallegos estamos pagando las consecuencias de una actuación que, más que ser desarreglada en sus aspectos técnicos y jurídicos, constituye una monumental paletada colectiva.

Como viene siendo habitual, al Consello de Contas le sobrarán argumentos formales para justificar que los hechos acaecidos desde 1999 se fiscalicen ahora, y para tratar de explicarnos por qué estas graves denuncias se quedan siempre en agua de borrajas y por qué no se da cuenta a la fiscalía de lo que siempre fue un secreto a voces y ahora acaba de corroborar el propio Consello. Pero en términos políticos, poniéndome en la piel del ciudadano que paga sus impuestos, en modo alguno estoy dispuesto a aceptar que el formalismo de esas disculpas me impida tildar de pura ineficiencia o cobardía esta denuncia tardía y llena de propósitos tibios.

Si estamos, como parece, ante un proyecto mal estudiado y peor evaluado, adjudicado con un procedimiento laxo, con honorarios excesivos y con claro incumplimiento de contrato, tendrá que pasar algo. Si Eisenman no es más que el padre putativo del Gaiás, que en realidad se está diseñando en Madrid, alguien tendrá que parar la fraudulenta información que pregona lo contrario. Y, si todo está manga por hombro, también hay que saber por qué el Gobierno bipartito se empeña en convalidar el proyecto y su gestión, asumiendo como propias las chapuzas y paletadas del anterior Ejecutivo. Porque mucho me temo que la Cidade da Cultura -mausoleo para Fraga e icono para Touriño- acabe finalmente en el juzgado de guardia. Y no creo que Eisenman, el neoyorquino, sea allí el chivo expiatorio.