Las pocas lecturas de la oposición, de Francisco Bustelo en El País
Llegan las vacaciones estivales y la aburrida política nos sigue asediando. No es que haya problemas graves, que afortunadamente no los hay. Siendo el nuestro un país desarrollado, su estabilidad política, social y económica es grande, y no hay asuntos urgentes que permitan al comentarista hilvanar sesudas reflexiones. Existe, claro está, la doble amenaza terrorista, de la que es difícil, sin embargo, decir algo nuevo. Como parece que el Estado hace todo lo que puede para perseguir a unos y otros fanáticos y evitar sus tropelías, sólo cabe cruzar los dedos y confiar en los gobernantes, los servicios de información, las fuerzas de seguridad y la colaboración internacional.
Hay, con todo, en la vida política española un aspecto que, coyuntural como es, no deja de llamar la atención. Me refiero a las afirmaciones del líder de la oposición de que el presidente del Gobierno es un traidor. O quizá no lo sea, pero entonces que lo demuestre documentalmente. Y si no es traidor, es en todo caso un mentiroso. Y, sobre mentiroso, incapaz; tanto, que sólo sirve el hombre para subsecretario. ¡Pobres subsecretarios que fueron de los gobiernos del Partido Popular, en qué mal lugar les ha dejado su jefe de filas!
Preocupados como están en el PP por la desgracia que abruma a nuestro país, no tienen tiempo para leer prensa extranjera. Si el presidente del Gobierno de España fuera traidor, mentiroso y tonto, ello, por su singularidad, sería noticia de primer plano y se publicaría con titulares en todo el mundo. Ocurre, sin embargo, que ni un solo periódico, sea de izquierdas, de centro o de derechas, de país alguno, ha publicado la tremenda nueva de que un país que figura en el grupo de los que se consideran avanzados tiene un presidente con un déficit ético e intelectual manifiesto. Ni uno, que se sepa, ha recogido las acusaciones, pese a haberse lanzado a bombo y platillo en sede parlamentaria, y cuando hablan de nuestro presidente es para elogiarlo.
Por no leer, en el PP ni siquiera leen las encuestas. El líder de la oposición repite una vez tras otra que una mayoría de españoles ya no confía en el presidente del Gobierno. Las encuestas indican, por el contrario, que en quien no confía esa mayoría es en el líder de la oposición. Éste, vez tras vez, obtiene en las calificaciones otorgadas por los ciudadanos encuestados casi dos puntos menos que el presidente. Una diferencia que, por su cuantía, no suele ser muy común en esas valoraciones.
Por lo demás, aunque es comprensible que cuando en unas elecciones municipales y autonómicas se obtienen buenos resultados se den saltos de alborozo, luego, pasado el primer momento de triunfalismo tan propio de los políticos españoles, deberían leerse los análisis de los expertos del propio partido en temas electorales. Tampoco parece que se lean. Los expertos habrán dicho lo que no pueden por menos de decir. El PP figura detrás del PSOE en intención de voto. Necesita, por tanto, un mayor apoyo, que sólo puede proceder de un sitio: el centro del espectro político. En la derecha no hay competencia que reste votos a los populares, y en la extrema derecha tampoco, ya que sus varios partidos, o más bien grupúsculos, no tienen posibilidad de sacar un solo escaño. Lo cual, todo hay que decirlo, se debe al PP, que ocupa el espacio de la derecha y de la extrema derecha. Pero lo que no ocupa es el centro. Con los dos primeros sectores obtiene millones de votos, que no son suficientes, sin embargo, para gobernar. Sorprende que los populares no se percaten de hecho tan evidente. Tal vez sea porque adolecen de un defecto muy común en los tiempos que corren, y es que prefieren lo audiovisual a lo impreso. No leen ni prensa extranjera, ni encuestas, ni análisis electorales, pero están muy satisfechos porque a sus manifestaciones en la calle van muchos. No se dan cuenta de que a ello contribuye la extrema derecha, a la que siempre ha gustado saltar al ágora, tremolar las banderas e insultar a la izquierda. No advierten que esa satisfacción tiene un coste, que es el de enajenarse el voto del centro.
La falta de lecturas parece estar muy extendida en el PP, donde hay poca discusión interna con las oportunas referencias bibliográficas y donde las discrepancias se zanjan de modo traumático. Tal cosa puede obedecer a otro defecto, que padecen todas o casi todas las fuerzas políticas de nuestro país. Se trata del hiperliderazgo del número uno de cada partido y del seguidismo de los demás. Los partidos se asemejan a bandadas de aves palmípedas que, cuando emigran, lo hacen todas ordenadamente y sin desviarse detrás del guión, que es como se llama, en el caso de los patos, al que va en cabeza. Para que éste no se canse y equivoque el rumbo, los patos tienen la sabia costumbre de sustituirlo de cuando en cuando. En política, en cambio, hay que esperar casi siempre a unas elecciones generales para que, a tenor de los resultados, se confirme o reemplace al pato guión. En marzo de 2008 habrá, pues, confirmaciones y sustituciones, especialmente en el Partido Popular. Quizá ello explique la crispación del líder de la oposición, por lo mucho que se juega. Nada menos que o presidente del Gobierno o ciudadano raso.
Decía antes que España es un país desarrollado con una estabilidad grande. En consecuencia, un cambio de gobierno en unas elecciones generales no puede conducir a modificaciones profundas. No obstante, dentro de unos meses se dirimirá en España una cuestión interesante. ¿Puede triunfar en Europa un partido de derechas que no se sitúe plenamente en el centro-derecha? Aunque parece improbable, por lo difícil que es en esta vida hacer las cosas bien cuando se lee poco, tal cosa podría ocurrir. De ser así, se confirmaría el viejo eslogan franquista de que España es diferente. Seríamos, con Polonia, la excepción europea.
Francisco Bustelo es profesor emérito de Historia Económica de la Universidad Complutense, de la que ha sido rector.
