Acaba de morir el cineasta italiano al que Martin Scorsese definió como «un poeta con la cámara». Si la poesía es concentración-dilatación del sentido, Michelangelo Antonioni fue, decididamente, un poeta, avanzando siempre a través de la niebla de la incertidumbre y de la más irredimible soledad.
Antonioni nació en Ferrara en el año 1912, de modo que bien puede decirse que su vida recorre todo el siglo XX y concluye ya pasados los umbrales del XXI. Y, en efecto, Antonioni es un director bastante genuino del siglo XX, aunque parte de su obra apunte claramente al futuro, lo que lo convierte en un cineasta puente y en un explorador de primer orden.
Suele vincularse la obra de Antonioni a una cierta visión nihilista de la condición humana, representada en su caso por la clase social que más exploró: la nueva burguesía urbana (de identidad abstracta e interiormente vacía). También se le suele vincular, cómo no, al neorrealismo, sobre todo en su primera época, y al marxismo más intelectual y sofisticado.
Sin embargo, vista su obra desde la distancia, lo que parece consustancial al cine de Antonioni es su existencialismo. Su exploración de la incomunicación, del absurdo, del vacío interior, de la falta de identidad, de la angustia como enfermedad del yo, de la depresión y la melancolía, de la nausea derivada del hecho mismo de existir, de la incomunicación, de la vida como cuestión colectiva y como cuestión personal... Toda esa exploración, digo, es de carácter genuinamente existencialista y todos son temas tratados por el existencialismo, que fue la gran escuela ética y estética de posguerra y que ha permanecido más o menos viva hasta nuestros días. Y en esa misma escuela hay que incluir también a Bergman y a tantas y tantos cineastas y escritores de la misma época, todos ellos obsesionados por el retorno a la individualidad como verdadero lugar del drama, una individualidad cada vez más conflictiva y enloquecida, y al mismo tiempo cada vez más vacía de verdaderos contenidos. Todas las películas de Antonioni podrían incluirse dentro de esa visión general de carácter existencialista. Y asombra que algunos de los mundos que configuró en películas como La aventura, La noche y, sobre todo, Desierto rojo, se entiendan ahora mejor que entonces. Porque ese vacío trágico de la nueva clase dominante, esa vida angustiosamente abstracta y hueca de los ejecutivos de entonces que circulan por sus películas, se parece mucho a la nueva casta de ejecutivos y ejecutores, caracterizada por la misma vacuidad y con una gran tendencia a la depresión y al suicidio.
Desde Gente del Po, su primera película, hasta La sguardo di Michelangelo, su penúltimo filme, Antonioni nunca ha dejado de hacerse preguntas fundamentales sobre el sentido y el sinsentido de la vida y de la mirada que proyectamos sobre ella. ¿Un poeta con la cámara? Por supuesto, pero también un narrador meticuloso y ejemplar de un universo siempre difícil de representar, y aún más en cine: la casi incomunicable interioridad humana, oscilando siempre entre la angustia ante el otro y la angustia ante la soledad.
© Mundinteractivos, S.A.

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