Dubai, la torre del mundo, de Tomás Alcoverro en La Vanguardia
Hace tiempo que no he vuelto a Dubai, la ciudad Estado a orillas del golfo Pérsico. Ante las costas de Irán, cabe el reino saudí, cerca de Kuwait y de Iraq, su aeropuerto se convierte en una privilegiada plataforma regional y más tarde mundial, con su eficiente y ambiciosa línea comercial Emirates, la compañía aérea de éxito abrumador. A menudo atravesaba esta ciudad alegre y confiada del mar Esmeralda, en mis escalas hacia Teherán. Durante los días del No Ruz - el año nuevo del calendario persa del tiempo de Zoroastro que siguen festejando los iraníes- miles de turistas de la república islámica de Irán llegaban a Dubai para comprar y solazarse, como ahora, en este amable ambiente liberal de relajadas costumbres. En muy pocos años se ha hecho difícil reconocer la ciudad, por ejemplo la carretera del aeropuerto.
Con su brazo de mar a cuyas orillas aún se amarran tradicionales embarcaciones o dhoves de antaño, que ya no mueven velas, sino motores, Dubai es la ciudad Estado más cosmopolita de los Emiratos Árabes. Antiguos viajeros la llamaron por esta suerte la Venecia del Golfo,distinguiéndola de las demás poblaciones que aún apenas eran embrionarios centros urbanos, hace tres décadas.
Dubai presume de contar con rascacielos, con ostentosos edificios quehan cambiado en menos de diez años su paisaje, impulsando hacia el cielo una ciudad de millón y medio de habitantes, de ciento cuarenta y siete nacionalidades distintas, de múltiples identidades, sin carácter ni pasado, que ambiciona más alto de todo el mundo. Cuando concluyan sus obras planeadas por la empresa arquitectónica estadounidense Skidmore, Ownings y Mermil, construidas por el consorcio surcoreano Samsung en las que trabaja una dócil mano de obra asiática, sobre todo indios, contendrá apartamentos, oficinas, centros comerciales, salas de explosiones, restaurantes, un hotel Giorgio Armani...
Desde su colosal altura se contemplan los artificiales archipiélagos de diminutas islas de Palm Island - en forma de palmera- o World, con la configuración de los continentes de la Tierra, en las que se construyen villas, mansiones de los nuevos propietarios venidos de todo el mundo. Pero tras este emporio de lujo, de noche Los Ángeles y de día Singapur, viven decenas de miles de obreros en miserables bloques de casas, donde antes había un cementerio, sometidos a leyes discriminatorias y despiadadas.
El éxito de Dubai ha sido el hábil gobierno del Emir Mohamad Maktum, que ha sabido aprovechar todas las guerras, los conflictos y las crisis de una región tan insegura y peligrosa. Mientras Bagdad, otras ciudades iraquíes y la mediterránea Beirut se destruyen y se hunden en una decadencia sin fin, Dubai ha logrado consolidarse en una epoca pospetrolera, mercantil, industrial y global.Con un estilo de vida tolerante pero con una estricta vigilancia policiaca, es la otra cara del mundo árabe. Pero su fragilidad está a flor de piel. Sólo el 15% de sus habitantes son nacidos en Dubai, los demás son orientales asiáticos, iraníes, europeos. Ningún desorden social, ningún atentado ni acto de violencia ha perturbado su marcha floreciente hacia el futuro. Sus altivos rascacielos, como los de Jumeinah, Burj el Arab o del Banco Nacional han ocultado los viejos barrios populares de Deira, de Bastakiya, en la orilla de su peculiar paisaje del brazo de mar, que tanto atrajo a los antiguos viajeros.
