TESTIGO IMPERTINENTE

Harald de Noruega pasa tan desapercibido que los periodistas, en vez de importunarlo, lo atropellan (o casi)

Con los años, me he vuelto tan plebeya que ya no soporto las tiaras en la cabeza de Paloma Segrelles

La Bordiú frecuenta el Ikea local; su ex, Rossi, se deja ver en el súper.

No soy monárquica, pero sí fetichista. Cuando era una tierna infanta (no como Leonor, sino como Carmencita Calamidad), jugaba con tiaras de cartón y los niños me ayudaban a bajar la acera haciendo una leve reverencia («Dadme la mano, princesa, y saltaréis con presteza»). Luego coleccioné recortables de Sirikit de Tailandia y fotos de Carolina de Mónaco, me aficioné a las faldas escocesas (como Carlos de Inglaterra) y devoré tantas bodas reales como Jaime Peñafiel. Con el tiempo, las monarquías han cambiado y yo también. Ahora soy escandalosamente plebeya y no soporto una tiara ni en la cabeza de Palomita Segrelles, que sólo es la reina de su casa. Además, puesta a elegir, prefiero a Marta Luisa de Noruega antes que a Paris Hilton.

Acudo regularmente a las regatas de Palma de Mallorca y estoy acostumbrada a ver pasar títulos. No les hago el plongeon a los Reyes porque me aburren las reverencias, pero sigo sus pasos con el gozo de quien ha sido tocada por la suerte en una rifa. Me fijo en el chaleco náutico de Don Juan Carlos (este año, aún no se lo he visto), en las joyitas de Doña Sofía (muchas, pero pequeñas) y en la sonrisa del Príncipe, más transparente de lo que la gente cree. Me gusta cotillear las cosas que unen a los Reyes con el resto de los mortales. Las otras no están a mi alcance. El día que necesite escribir sobre ellas, acudiré a Anasagasti (si es que para entonces aún se sigue tocando el txistu en el Senado, como diría Incitatus).

La participación del Rey y sus hijos en las regatas también ha hecho que me interese por el deporte de la vela. Todo hay que decirlo: con pésimos resultados, porque soy de secano. Llevo media vida asistiendo al trasiego de los veleros en la bahía palmesana y nunca he sabido cómo funciona la competición. Hasta ayer. Ahora puedo decirlo sin temor a equivocarme: gana el que llega primero. Parece una perogrullada, pero no lo es.

Este año, la Copa del Rey forma parte de un circuito de regatas llamado Med Cup (Copa Mediterránea, alternativa de la Copa América), en el que están incluidas cuatro regatas más: Alicante, Algarve, Costa Azul y Breitling. Los barcos compiten por tamaños: los grandes pertenecen a la clase TP 52 y los pequeños, a la IMS, la GP 42, la X 35, etcétera. Aquí donde me ven, parezco una experta, pero me ha costado un huevo aprender todos los nombres.

En el muelle de las golondrinas se alinean los TP 52, entre los que están el CAM y el Bribón, embarcaciones en las que navegan el Príncipe y el Rey. No tienen pérdida. Frente a ellas se forma diariamente un ejército de fotógrafos y cámaras de televisión que apuntan sus armas sin bajar la guardia. El sol pesa como un castigo bíblico y los reporteros parecen estatuas bañadas en sudor. No corre el aire ni corren las palabras.

A la izquierda del CAM y el Bribón está el Fram XVI, un velero que participa habitualmente en la Copa del Rey. En cubierta, faena un hombre alto y rudo, negro de sol y opaco de salitre. Un lobo de mar. Todos los años lleva la misma gorra y se diría que también los mismos calcetines. Las prendas más cómodas son las que, con el tiempo, adquieren la forma del molde que las ocupa. Eso decía Manuel Fraga para justificar que el bañador de Palomares le durase casi 20 años.

El patrón del Fram XVI es Harald de Noruega, un rey sin claqué. Él no tiene que hacer esfuerzos para pasar inadvertido. Sólo de vez en cuando, un reportero vikingo se detiene ante su embarcación y le dispara una foto y un saludo, gesto al que Harald corresponde con una naturalidad más propia de barman que de monarca. En Mallorca se cuentan divertidas anécdotas del rey nórdico. Es cervecero (su tripa este año le delata), solitario, trabajador. Vive en un barco de nombre extranjero (el yate Norge) y hace largas caminatas por el paseo marítimo con la compañía de su guardaespaldas. De pronto, se detiene en un bar, pide una cerveza, la toma de dos largos tragos y continúa el camino. El otro día, un colega estuvo a punto de cometer un regicidio al saltarse un paso de cebra por donde cruzaba un peatón que resultó ser el mismísimo Harald de Noruega.(Notas en la moleskine: el juego de la dispersión hace que la estancia en Palma resulte un poco menos monotemática de lo que prometen las regatas. Cunden las mises, los toreros, los ricos jugando al escondite. A Carmen Martínez-Bordiú la puedes encontrar en Ikea y a Jean Marie Rossi, en el súper).

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