Tras cincuenta años de pésimas relaciones, la cultura abandona el monumento a su suerte, esta vez por autismo

Mala pata tiene la cultura con la Sagrada Família. Primero, que si debían parar las obras, y hasta derruir lo que se había alzado después de la muerte de Gaudí. Si aún no se han explicado los motivos de entonces - no las justificaciones de ahora- para tal barrabasada, es porque su relación con un postrer y extemporáneo ataque del racionalismo a la religión. Ya es curioso que el racionalismo de la segunda mitad del siglo XX se hubiera encandilado con el romanticismo, sin parar mientes en que el Holocausto es consistente con los predicados románticos, empezando por el de la supremacía de la voluntad. Pero seguir por aquí nos llevaría a destapar lo romántico subyacente en la no menos sanguinaria aventura comunista. La excusa para la progresía fue que el monumento era un símbolo franquista, pero en el fondo había más, mucho más. En cualquier caso, convendría contrición, como mínimo por la ausencia de lucidez; y por el desprecio a Gaudí, que era y es un genio universal; y por no entender, empezando por los arquitectos, que (fijaos en las pirámides, que de tener menos altura serían consideradas el colmo de la banalidad) jamás se ha considerado feo, o sea no sublime, un monumento arquitectónico de grandes dimensiones, pues el desafío superlativo a la gravedad que proclaman victoriosos pasa por encima de cualquier otra consideración.

La historia de las relaciones de la cultura con la Sagrada Família sigue con un episodio que sería mejor pero poco honesto olvidar: el bochornoso ataque público y multitudinario al escultor Subirachs como artista, no por su evolución estética sino por haber aceptado colaborar en el monumento. Claro que entonces adelantaba a tan buen ritmo, y más aceleraría, que la demolición o la simple parálisis habían devenido quiméricas. Ahora ya no lo son tanto, pues nadie asegura que el muro protector subterráneo de los cimientos, que se ha impuesto como seguro de mantenimiento no pueda tener efectos indeseados en cuanto a la alteración en el drenaje del terreno, como tampoco está claro que el hormigón mantenga sus características durante más de siglo o siglo y medio, pues no hay experiencia en tal sentido. Los argumentos técnicos están empatados, por lo que una curva elegante hacia el sur habría sido lo prudente. Pero los ingenieros ferroviarios del poder central decidieron que no, con el apoyo de sus jefes políticos y la sumisión de los nuestros en el momento de tomarse las decisiones.

Ahí es donde nos quería ver, culturalistas. Estamos tan acostumbrados a merodear lejos del ágora que jamás se nos ocurriría lanzar mensaje alguno o cuestionar consensos políticos desde la propia esfera cultural. Se ha firmado un manifiesto, podrías responderme, en el que además figuras (me enteré por la prensa, pero tampoco iba a quejarme). Respuesta: a buena hora, pues el consenso ya estaba roto. Respuesta: insuficiente, tímido, forzado desde la dirección de las obras, insignificante. Lo de nuestros partidos y el túnel da como mínimo para un sainete, aunque lo normal sería una cruelísima y demoledora sátira, pues la materia supera con creces el fiasco del Estatut, pero no verá la luz, y no sólo porque la cultura esté en el punto clave de la obra magna de Gaudí tan en falso como la política. Tampoco solamente porque la cultura siga sometida a la política, ahora ya por complejo de Estocolmo. Las razones últimas o de más peso, como he apuntado, tienen que ver con la falta de costumbre, la interrupción de la tradición, la ausencia de engranajes mentales, la inexistencia de conexiones empresariales o con las fuentes de financiación.

Con lo bonito que sería, pues en este asunto, todos los partidos han sido pillados en flagrante y múltiple contradicción. Hoy mismo, si Hereu no se hubiera mostrado tan prepotente con Portabella, en el Consistorio barcelonés seguiría habiendo mayoría a favor del trazado actual. Al fin, el túnel enlaza con el espíritu demoledor iniciado por la progresía