Los ciudadanos europeos y el 'establishment' político, de Santiago Petschen en El País
En la construcción de la Europa unida, dos son las concepciones que se enfrentan: la de los que desean un conjunto maduro y equilibrado de Estados y de ciudadanos con una alta valoración de los elementos comunes, y la de los que quieren una predominante y casi exclusiva presencia de los Estados, unidos prácticamente sólo en lo imprescindible. La primera concepción tiene su base más sólida en los ciudadanos que viven con más facilidad la persuasión monnetiana de las "inmensas posibilidades de la acción común". Tienen más capacidad, salvo excepciones, de sentirse unidos. En algún momento, según el Eurobarómetro, más del 80% de los europeos de la Unión se mostró favorable a la celebración de una consulta ciudadana. Están más en conexión con la historia de la Unión Europea desde sus comienzos hasta Maastricht. Y gozan del reconocimiento de los grandes pensadores europeos. Jürgen Habermas, Ulrich Beck, Jean Boudrillard, Borislaw Geremek, insisten con fuerza en que para arreglar la situación europea hay que ir a los ciudadanos.
La segunda concepción es la de los representantes del establishment político de los Estados que, desde Maastricht, iniciaron una fortísima resistencia a continuar por el mismo camino. Los representantes de un establishment político, como no hayan sido elegidos directamente por los votos populares y tengan peligro de ser desalojados como efecto de los mismos votos, no muestran ser demasiado generosos con los ciudadanos. Una falta de generosidad, sin embargo, que no se manifiesta abiertamente, sino que se cubre con una fachada de alabanza a la base popular.
El tratado constitucional incluyó a los ciudadanos. Lo hizo, sin embargo, de una manera más retórica que real. En la letra de la Constitución fallida, los ciudadanos fueron situados en posición destacada. Siempre por delante de los Estados. Parecía que iba a hacerse realidad aquella afirmación del periodista catalán Vidal-Folch al formular como necesidad la de "un cambio de chip que coloque a la ciudadanía encima del Estado, igual que el Renacimiento reemplazó a la divinidad por el hombre como epicentro político".
Al bajar a lo concreto, sin embargo, la preeminencia se desvanecía. Lo que se les concedía no era más de lo que les había ofrecido el Tratado de Maastricht. De los once grupos de trabajo que se formaron en la Convención para realizar una preparación completa de todo el texto, ninguno de ellos fue dedicado a la dimensión política de los ciudadanos. Aspectos importantes como el de los referendos o el de los partidos políticos quedaron al margen. La militancia constitucionalista ha insistido en el valor de la Carta de los Derechos Fundamentales. La Carta, sin embargo, poco tiene que ver con las consecuencias políticas del principio fundamental de la legitimidad del poder. Dicha militancia ha ponderado el dato del millón de firmas recogidas en una geografía dispersa para solicitar a la Comisión que inicie una nueva ley. Pero eso no viene a ser, en la práctica, más que un derecho de los que quieran a la sugerencia.
Dos son los aspectos políticos relevantes que la cuestión de los ciudadanos afronta: la de los partidos políticos europeos -únicos capacitados para recoger todos los votos europeos- y la de los referendos sobre cuestiones en relación con Europa. A los partidos políticos europeos, el tratado constitucional les dedica menos texto que a las religiones. A veces, cuando en la Unión Europea examinamos la democracia, nos sentimos retrotraídos al siglo XIX. La práctica del referendo está muy introducida en los Estados europeos. De los 27 países de la Unión Europea, los que en un periodo de dos o tres años han celebrado referendo a propósito de la adhesión y de la ratificación de la Constitución, o han manifestado voluntad de hacerlo, han sido dieciséis. Y algunos de ellos lo establecieron por partida doble. En total, el 60% de los Estados miembros. La práctica de tanto peso por parte de los Estados no fue recogida por la Constitución. Los que no quisieron atenerse al resultado (posiblemente positivo) de un cierto referendo europeo se tuvieron que tragar el resultado negativo del referendo francés como si fuera europeo. Dicha base, en lugar de haber sido rechazada de plano, debería haber servido para construir algo sensato y equilibrado. Todas las unidades políticas, cuando han querido ser duraderas, han tratado de conseguir la adhesión profunda de los grupos humanos que las han compuesto. Y aquí no se hizo. Hay un rechazo por parte de los actuales dirigentes europeos a una modesta construcción del metademos europeo.
Con mucha frecuencia, los representantes del establishment europeo tienen una actitud propia del despotismo ilustrado. Quieren que se explique lo que ellos han elaborado para evitar el desinterés del pueblo. Aquí hay dos cuestiones: desinterés del pueblo y desinterés por el pueblo. Mucho más grave el segundo miembro de la expresión que el primero. Y los ciudadanos no deben conformarse con ser un objeto pasivo. Así aparecen, desgraciadamente, en la declaración de Berlín. Puros beneficiarios: "En beneficio de los ciudadanos y ciudadanas". Un despotismo ilustrado que se mantiene en un Proyecto de Mandato para la CIG que hace temblar: el principio de legitimidad de los ciudadanos queda suprimido. Y en las disposiciones relativas a los principios democráticos, los ciudadanos no destacan. Destacan los parlamentos nacionales utilizados para operar a favor de los Estados. Por primera vez en la historia, la CIG queda sometida a un esquema de texto preciso. El castillo europeo de naipes que se tambaleaba pretende quedar sujeto por los puños fríos y huesudos de Sarkozy y de los líderes del establishment en comunión con él. Pero desde la perspectiva de los ciudadanos es necesario que la CIG se flexibilice para poder insuflar un poco de alma teniendo en cuenta, aunque sea parcialmente, lo que dijo Angela Merkel en su discurso ante el Bundestag el 11 de mayo de 2006: "Tenemos que pensar en cómo transformar la Constitución en un éxito. Tenemos que poner a los ciudadanos primero". Un propósito que -para que los europeístas no se conviertan en euroescépticos- la CIG tiene que introducir, de una u otra forma, en el esquema del próximo Tratado como una muy clara, concreta y nada ambigua cooperación reforzada.
Santiago Petschen es catedrático de Relaciones Internacionales en la UCM.
