Tras medio siglo de flirteo cinematográfico con la angustia y el sentimiento trágico de la vida, el autor de 'Fresas salvajes' y 'El séptimo sello' falleció ayer en su refugio de la isla sueca de Farö.

La vieja de la guadaña, que sabe latín, no supo pillar a Ingmar Bergman de improviso, ni se le pudo aparecer como a aquellos pobres diablos atemorizados de los cuadros de El Bosco, donde todo era bestialidad, culpa eterna y pavor en medio del fuego. El último de los directores de cine poseedores del rango de clásico se encontró ayer, por fin, con La Muerte, escrita así, con mayúsculas, porque era uno de sus personajes predilectos. Pero lo hizo, según su hermana Eva, «de forma «pacífica y tranquila». Normal. El propio autor de El séptimo sello, aquella obra maestra en la que un caballero cruzado juega al ajedrez con La Parca mientras aplaza lo inevitable, ya había dejado caer en una de las escasísimas entrevistas concedidas en los últimos lustros su idea del último adiós: «La verdad es que cuando era joven tenía un miedo horrible a morir, pero ahora creo que es un arreglo muy acertado. Es como una vela que se apaga. No hay mucho más que discutir».

La angustia ante la vida, la serenidad ante la muerte y la necesidad imperiosa de una fe inquebrantable como modo de avanzar entre ambas -tres ideas mamadas directamente de la filosofía de Kierkegaard- marcaron el itinerario del hombre y del cineasta al que Woody Allen calificó un día como «el mayor artista cinematográfico desde la invención de la cámara» (Bergman fue, de hecho, la influencia crucial en Interiores, la primera gran obra dramática del director neoyorquino).

Ingmar Bergman tenía 89 años y una salud que en los últimos años se había ido deteriorando poco a poco, así que no podían esperarse grandes milagros en su relación con La Muerte. Su encuentro con ella se produjo ni más ni menos que donde tenía que producirse: en su casa-refugio de la isla sueca de Farö, a donde se retiró hace años con la inaudita intención de alejarse del mundanal ruido. Ni siquiera el homenaje que sus más ilustres colegas le rindieron en el Festival de Cannes de 1997 le hizo moverse de delante de la chimenea. En su nombre, el homenajeado envió a la Costa Azul a su gran amiga y ex amante Liv Ullmann.

Su última gran irrupción pública llegó hace cuatro años de la mano de la periodista Marie Nyrerödde, autora de un documental en el que se podía ver al autor de Gritos y susurros en su retiro de Farö (Isla de los Corderos), el inhóspito lugar del que se quedó prendado en los años 60 y que utilizó para rodar algunas de sus películas. Desde entonces, silencio sepulcral.

Desde Farö llegó ayer la noticia de su muerte y desde todo el mundo llegaron las más inauditas muestras de consternación y de admiración. El primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt, llegó a declarar que la obra de Bergman era «inmortal». En España, personalidades del mundo del cine como Elías Querejeta y Carlos Saurarevelaron a este diario su «admiración» por el director de Uppsala, y su consternación por su muerte. Pero pocas reacciones tan personales e intransferibles como la del director José Luis Guerín, quien, de viaje en Italia, dijo que se iba a buscar una iglesia medieval «para rezar una oración, porque aunque yo no soy creyente, sé que Bergman sí lo era»..

Un capítulo escabroso.

Pero la dimensión del personaje de Ingmar Bergman estuvo a la altura de la del cineasta. El realizador, guionista, novelista, dramaturgo y director teatral no sólo deja detrás una lista de películas capitales en la rama más introspectiva y espiritual del cine europeo -Sonata de otoño, Escenas de la vida conyugal, El manantial de la doncella o Persona, además de las ya mencionadas-, sino también ciertos capítulos escabrosos de su vida real.

El más dramático fue, sin duda, el relacionado con la acusación dirigida contra él en 1976 por el Gobierno sueco por supuesto fraude fiscal en relación a las actividades de su productora Personafilm. Bergman se encontraba en Estocolmo dirigiendo los ensayos de la pieza teatral El baile de la muerte, de Strindberg, cuando dos policías irrumpieron en la sala y le detuvieron.

Profundamente deprimido ante los ataques de la prensa sueca contra su persona (llegó a pasar tres semanas internado en un hospital psiquiátrico), el cineasta acabó exiliándose en Alemania, concretamente en Múnich, donde permaneció por espacio de nueve años en compañía de su esposa Ingrid von Rosen.

Bergman volvió a Suecia en 1981, pero sólo de manera temporal, con motivo del rodaje de su penúltima película, Fanny y Alexander, con la que lograría cuatro Premios Oscar (Mejor película de habla no inglesa, Fotografía, Vestuario y Dirección artística). Finalmente, y después de que las autoridades fiscales de su país lo amnistiaran, se instaló de nuevo en Suecia en 1988. Pero las relaciones entre él y su país de nacimiento ya nunca serían las mismas.

En su libro de memorias titulado Linterna mágica, Bergman escribe este terrible relato de sus días en el hospital: «No leo periódicos, no oigo las noticias de la radio ni veo telediarios. Lenta e imperceptiblemente desaparece el más fiel compañero de mi vida, es decir mi inquietud, heredada de mi padre y de mi madre, instalada en el centro de mi identidad, mi demonio, pero también mi estímulo y amigo. No sólo se difuminan el dolor, la angustia y la sensación de humillación irreparable, sino que también se oscurecen y desdibujan mis impulsos de creatividad».

No es Linterna mágica una autobiografía al uso. Bergman relata descarnadamente los problemas físicos y mentales que le acercaron al desequilibrio psíquico: su diarrea crónica, su terrible insomnio y los ataques de odio infantiles que le llevaron a intentar matar a sus hermanos. Por si fuera poco, evoca también los problemas del parto, que a punto estuvieron de provocar que el futuro genio del cine naciera muerto.

La Muerte, de nuevo, y desde el principio, marcando su vida. La Muerte que ayer, en los confines de una isla a la que el ermitaño de Uppsala no dejaba acercarse más que a sus familiares y amigos íntimos, y con reticencias, le rindió visita. Quién sabe si para jugar con él la última partida de ajedrez....

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