Obituario: INGMAR BERGMAN

La obra cinematográfica de Ingmar Bergman, a pesar de que hacía películas desde 1944, fue casi desconocida fuera de Suecia hasta que en 1955 recibió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes por su película Sonrisas de una noche de verano. Cumplía entonces 38 años y llevaba realizadas 17 películas. Cuatro años antes, el director sueco había enviado a la Mostra veneciana Juegos de verano y había pasado desapercibida. Tampoco el estreno en París de Un verano con Monika, en 1954, llamó en absoluto la atención. Pero tras el triunfo en Cannes, la Filmoteca Francesa exhibió una retrospectiva del autor para compensar el retraso del descubrimiento.

En España todavía tardamos más en descubrir al genial cineasta. Lo hicimos de la mano del jesuita Carlos Staehlin, traductor inicial -un tanto piadoso- de los diálogos de sus películas. Nuestro primer encuentro con la filmografía de Bergman no tuvo lugar hasta 1960, en la entonces llamada Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores Humanos de Valladolid -germen de la Seminci-, en la que uno de sus filmes más emblemáticos, El séptimo sello, obtuvo el Lábaro de Oro. A partir de entonces, la semana vallisoletana permanecería fiel a Bergman durante años. El público reconoció enseguida la personalidad del autor y cabe decir que pocos países como el nuestro le dispensaron tan favorable acogida. Eran los tiempos de las salas de Arte y Ensayo y del cineclubismo. Y el universo fílmico del genial director se prestaba a las mil maravillas para alimentar entusiastas discusiones cinéfilas en acaloradas e inacabables sesiones de cineforo..

Culpa y redención.

Bergman nació en Uppsala, en 1918, en el seno de una familia luterana muy estricta, retratada luego a menudo en sus películas. Un rigurosísimo ambiente religioso, plagado de sentimientos de culpa y de necesidad de redención, fue el decorado moral de su infancia y adolescencia. No es extraño, pues, que desde niño buscara un escape a tanto rigor en el mundo de lo imaginario. Una Nochebuena, una tía suya adinerada les regaló, a él y a su hermana Margareta, un cinematógrafo de juguete. Con 10 años, el pequeño Bergman se entretenía proyectando una y otra vez una brevísima película en la que una niña que dormía en un prado se despertaba y se iba. Juntos construyeron también un teatro de marionetas. Recuerdos de infancia recuperados luego en Gritos y susurros o en Fanny y Alexander.

Su pasión cinéfila inicial la mantuvo hasta su muerte, ocurrida ayer de forma «dulce y tranquila», según comunicó la familia. Poseía una colección privada con más de 400 películas en celuluoide y una videoteca con 4.500 títulos. En virtud de un acuerdo con la Filmoteca Sueca, cada mes de junio le hacían llegar a su retiro de la isla de Farö un camión con 150 filmes de los archivos, con los que confeccionaba programas semanales a los que invitaba a sus hijos y nietos. A lo largo de su vida, Bergman se casó cinco veces y tuvo nueve hijos, una con Liv Ullmann, que se convirtió no sólo en su actriz fetiche, sino también en una de las compañeras sentimentales que más le marcaron.

Curiosamente, Bergman jamás mostró aprecio por las películas de Orson Welles. Tampoco Antonioni ni Godard le cautivaban lo más mínimo. Sentía, sin embargo, una especial predilección por Fellini, con quien estuvo a punto de hacer un filme junto con Akira Kurosawa, uno de sus maestros reconocidos al lado de Victor Sjöström y Marcel Carné.

En 1937 ingresó en la Facultad de Letras e Historia del Arte de la Universidad de Estocolmo y empezó a frecuentar las tertulias exitencialistas del barrio de Gamla Stan. En los primeros tiempos de la II Guerra Mundial hubo en ese barrio bohemio -lo comparaban al de Saint Germain de Près parisino- varios suicidios que impresionaron mucho al joven Bergman. El más notorio de todos fue el del poeta y autor dramático Stig Dagerman; suceso que, al parecer, tuvo tanta importancia para Bergman como el suicidio de Cesare Pavese lo tuvo para Antonioni.

Distanciado ya de su familia, publicó cuentos y novelas cortas en varias revistas universitarias y escribió algunas obras teatrales. En 1940 comenzó su carrera teatral como ayudante de dirección en el Teatro de la Opera Real de Estocolmo, puesto en el que permaneció durante dos temporadas. Poco después, pasó a formar parte del equipo de guionistas de la Svensk Filmindustri, una productora veterana que proporcionó a la cinematografía sueca sus mayores éxitos. Para ella escribió su primer guión de cine, el de Tortura, inspirado en el recuerdo del terror que le había provocado uno de sus profesores, y que dirigió «un joven director de espléndido porvenir», Alf Sjöberg. Bergman encontraba en el cine y el teatro los medios más idóneos para expresar su complejo mundo interior.

Bergman fue director sucesivamente de los teatros municipales de Helsinborg y Göteborg, para el que montó, entre otras obras, Calígula, de Camus, y Divinas palabras, de Valle-Inclán. De 1954 a 1960 ocupó el mismo puesto en el Teatro Municipal de Malmoe, uno de los mejores de Europa. Asumió también la dirección del Teatro Real de Estocolmo.

Durante su larga carrera, se atrevió incluso a subir al escenario algunas piezas propias como La muerte de Gaspar (1942) o Pintura sobre madera (1955). También con la televisión, destino original de Secretos de un matrimonio (1973), mantuvo una relación fluida como realizador y escritor. La adaptación al medio de La flauta mágica (1974) y el montaje de Tormenta (1960), de Strindberg, fueron quizá sus éxitos más sonados en la pequeña pantalla.

En 1997, un nutrido grupo de cineastas de reconocido prestigio internacional eligió a Ingmar Bergman como el director más importante del siglo XX y recibió en Cannes el premio especial Palma de las Palmas de Oro. Como era previsible, por lo habitual, el cineasta no acudió a la ceremonia de entrega. Ganó hasta en tres ocasiones el Oscar a la mejor película extranjera con El manantial de la doncella, en la edición de 1961, con Como en un espejo, al año siguiente, y con Fanny y Alexander, en 1984, a modo de despedida al cineasta que no cesaba de anunciar su retirada definitiva del cine. Pero pese a estar nominado en tres ocasiones, Hollywood nunca premió su faceta de director.

Su primera película, Kris (1945), es un fiel reflejo de los temores y aspiraciones de Bergman. Tras una indagación inicial en las relaciones y en la pasión destructiva (Juegos de verano, 1950, y Un verano con Monika, 1952), dos temas se entrecruzan con más frecuencia en su abundantísima filmografía: el problema de un mundo que se interroga angustiado, apelando a Dios y constatando su ausencia, sobre el sentido de la vida, y una dicotomía sutil, a menudo cáustica, sobre la incomunicación en el seno de la pareja.

La obtención del Premio Especial del Jurado en Cannes, con Sonrisas de una noche de verano (1955) le proporcionó una posición de privilegio que le permitió abordar proyectos muy personales y acariciados desde tiempo atrás. El séptimo sello (1957), El manantial de la doncella (1960), Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962) o El silencio (1963), bucean en el misterio de Dios, afrontando con sinceridad el riesgo de no encontrarlo, y en la falta de respuesta a las preguntas metafísicas. Con Fresas salvajes (1957) irrumpió agónicamente en su temática la muerte -ya presente en El séptimo sello- como enigma traumático e irreversible (La hora del lobo, 1968), y paradójica donante de significado a la vida en Gritos y susurros (1972), una de sus obras maestras..

Creador de estilo.

Persona (1966), una obra profundamente marcada por la influencia de Jung y el psicoanálisis, supuso un giro en la evolución del lenguaje fílmico moderno y en el estilo mismo de Bergman. En los años siguientes escribió y dirigió una serie de dramas de especial crudeza sobre el absurdo y la monstruosidad que puede alcanzar la crueldad humana, tales como La vergüenza (1968), Pasión (1970) o El huevo de la serpiente (1977).

Los fantasmas de la niñez y adolescencia y la aceptación estéril de un mundo sin amor serán los ejes de un filme considerado injustamente menor, Cara a cara, al desnudo (1976). En Sonata de otoño (1978) el autor repasó, en una auténtica recreación otoñal, temas que nunca abandonaría: la muerte, la vida, la incomunicación, el odio, el amor y la búsqueda. En 1982 nos ofreció una obra de fuertes connotaciones autobiográficas, Fanny y Alexander. La historia de una familia de Uppsala, a principios del siglo XX, vista a través de los ojos de un niño de 12 años, al que podemos llamar, sin equívoco, Ingmar Bergman.

El cineasta dirigió su última película en 2003: Saraband, ya considerado como el testamento fílmico del enorme y complejo creador, que falleció ayer en su hogar de la isla de Farö, donde vivía, dicen, prácticamente inconsolable desde que murió su última esposa hace más de una década.

No cabe duda de que él ha sido una de las personalidades más prestigiosas e interesantes del cine contemporáneo. Autor complejo y multiforme, profundamente arraigado en la cultura del pueblo nórdico, encontró en el teatro y, sobre todo, en el cine, el lenguaje más apropiado para dar salida a sus nada comunes dotes artísticas y buscar con dolor una respuesta a los interrogantes que la vida no cesaba de proponerle a su espíritu. Preguntas, al cabo, que a todos nos alcanzan..

Ingmar Bergman, cineasta, nació en Uppsala (Suecia) en 1918 y falleció en la isla de Farö (Suecia) el 30 de julio de 2007.

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