No alcanzo a comprender las dimensiones apocalípticas del cambio climático y de la transformación medioambiental que se avecina poniendo en peligro a la Tierra y los terrícolas. El ex presidente norteamericano Al Gore se pasea por el mundo presagiando las catástrofes venideras. Su documental, Una verdad incómoda,me metió el miedo en el cuerpo. Siempre he pensado que la Tierra no ha hecho otra cosa que transmutarse. En la Conca de Tremp, por poner un ejemplo, hubo dinosaurios hace miles de años, de la misma manera que en algunas sierras del país se pueden encontrar piedras redondas, gastadas por el agua que fluye generación tras generación, que en un tiempo descansaban en el lecho de algún río.
Lo que me sorprende y asusta de estas teorías es la idea de que la humanidad está sentada sobre una bomba de tiempo, que es cuestión de años, de un par de siglos a lo más, para destruir el medio ambiente, que en mucho parajes ya está muy deteriorado.
No voy a poner en cuestión lo que dicen los científicos y académicos con sus estudios bien elaborados. Pero no quiero pensar en que nos quedan únicamente diez años para prevenir una enorme catástrofe que podría trastornar el sistema climatológico de nuestro planeta.
A pesar de las inundaciones, sequías, epidemias y olas de calor asesinas que estos días recorren el sur de Europa, y a pesar de que en Inglaterra las aguas llegan a los umbrales de las casas de Oxford con ciudadanos que transitan con katiuskas, me resisto a pensar que la catástrofe sea tan inminente.
Es evidente que las eras geológicas que transformaron la Tierra hace millones de años no respondían a la acción del hombre sino a la desenfrenada dinámica cósmica. Ahora es el hombre el que puede provocar la gran catástrofe. Es cierto, y sólo hay que experimentar los cambios climáticos y medioambientales que se han producido en las grandes ciudades para ratificar esta inquietante realidad.
Pero puestos a dramatizar, me gustaría que se levantaran las mismas señales de alarma por las acciones provocadas por la violencia de los hombres.
Me refiero al trasiego forzado de unos doscientos millones de habitantes del mundo que huyen de sus tierras por la persecución política, por el terrorismo, por las guerras que hacen posible la convivencia entre los humanos.
La crisis de Oriente Medio no tiene una única causa. Pero sí una sola consecuencia en forma del sufrimiento de millones de personas, la muerte de muchos de ellos y, muy especialmente la huida forzada hacia otros países en busca de horizontes de una vida más digna y más tranquila.
La escala del éxodo de refugiados que escapan de la violencia en Iraq cabe calificarla de crisis humana. Más de dos millones de iraquíes han huido a Jordania y Siria. La ONU estima que el ritmo de desplazados en Iraq es de cincuenta mil mensuales. Es la mayor emigración forzosa desde la creación de Pakistán al separarse de India o la de los palestinos que escaparon de su tierra con la creación del Estado de Israel.
Los afganos que han huido del país hacia Irán se cuentan por cientos de miles con el peligro de ser repatriados forzosamente por las autoridades de Teherán.
Los movimientos migratorios forzados en el centro de África son conocidos. Y los cayucos que transportan a subsaharianos hacia Canarias es una de las grandes pesadillas de las autoridades españolas y europeas.
El hombre puede causar impunemente el cambio climático. Pero lo que provoca también el hombre, por acción o por omisión, es un miedo cósmico que obliga a millones de personas a abandonar sus tierras y sus raíces.

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